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Archive for the ‘Relato de sabiduría’ Category

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DESDE LA UNIDAD

Sin hacer, sin logros, careciendo de metas, la radical espontaneidad del ACTO como condición inherente del Ser.

Convertido en orden, quien a ese estado llega es un atractor generador de Cosmos en el seno del Caos.

Terminada la ilusión de la dualidad y recuperada la Unidad, deja de haber separación, ya no hay fuera ni dentro, todo es lo mismo.

El siguiente escrito anónimo recogido en internet, resume de manera muy acertada un asunto sutil pero esencial en el avance de la comprensión espiritual: la enseñanza de la no acción, el Wu Wei.

                                                                                                                                  Idafe

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WU WEI: EL ARTE DE HACER DESDE LA NO-ACCIÓN

***

A propósito de la presencia

Desde tiempos inmemoriales, algunos antiguos sabios chinos acuñaron un concepto cuya sola enunciación representa un inmenso logro en la historia del conocimiento filosófico a la par que la expresión del método de conducta más sutil y poderoso que existe.

Frente a los habituales y manidos valores del voluntarismo, la acción desbordante, la energía frenética, o el dinamismo de la excitación, la propuesta de este paradójico hacer sin acción, se revela tan seductora como inaprensible si se trata de comprender desde una perspectiva limitada o reduccionista. Es evidente que nuestra educación occidental ha sido cimentada precisamente en la exaltación de esos principios, y hemos sido formados en la cultura de que por encima de los medios está la consecución de los objetivos, y que son los logros los que determinan ese apreciado valor social llamado éxito, que a veces de manera lastimosa tratamos de alcanzar incluso a costa de las conductas más destructoras tanto con uno mismo como con los demás. Tal vez por ello, el Wu Wei sea para nosotros, los occidentales, más difícil de comprender que para los pueblos de Oriente aunque, en realidad, el factor educacional es mucho menos condicionante que el deseo sincero que cada persona tenga de orientar su vida hacia la conquista de la paz interior.

Pero, ¿es este concepto algo más que una reflexión ingeniosa fruto de alguna mente extravagante? Y, lo que es más importante: ¿es susceptible de ser aplicado en el ámbito de lo concreto, en el mundo de lo práctico?, ¿cómo es posible hacer desde el no-hacer?, ¿no son ambas ideas antagónicas? Veamos ahora las tres pautas principales sobre las que es posible desarrollar el Wu Wei y cuyo aprendizaje crea un modelo de escenario idóneo donde el arte del no-hacer puede manifestarse.

La tranquilidad

Si la definimos como la virtud de no desasosegarse con facilidad y el dominio en la eliminación de los movimientos –tanto físicos, como emocionales y mentales-, la brusquedad y la violencia, con su obtención lograremos un elemento imprescindible para la acción correcta en todos los órdenes de la vida.

Si bien es cierto que la tranquilidad es un fruto que crece a la luz de la madurez y la experiencia, no es menos cierto que se trata de una actitud asumible y adaptable a nuestra conducta a través de un aprendizaje consciente.

La ligereza

Dentro de la enseñanza taoísta, podemos definir la ligereza como la virtud de no cargar de contenidos densos el significado de los sucesos en los que somos

protagonistas –tanto si son felices como si son funestos-, así como el dominio de discernir adecuadamente entre aquello que es importante y lo que no lo es o, dicho en palabras de los antiguos sabios, separar lo fundamental de lo accesorio.

Es obvio que esta separación, realizada desde un cierto nivel de consciencia, invita necesariamente a ser liviano ya que, en realidad, aquello que es realmente importante “un hombre de verdad es capaz de llevarlo dentro de sí mismo”.

La sencillez

Aplicando una somera observación a la conducta humana, se evidencia de inmediato la enorme tendencia que tiene el hombre a complicar las cosas, lo cual está íntimamente ligado a su asombrosa capacidad para perjudicarse a sí mismo.

Si definimos la sencillez como la virtud de gestionar la vida con la menor inversión de tiempo, esfuerzo, energía y medios posibles, podremos observar que el beneficio se multiplica en proporción directa a la reducción de la complejidad.

Además, si en la virtud de la sencillez está presente la calidad intrínseca a la falta de artificio y la carencia de ostentación, encontraremos en esta conducta ante la vida una de las más queridas por los aspirantes a la maestría del Wu Wei.

Antes de continuar debemos aclarar que el Wu Wei no tiene nada que ver, ni con la pasividad, ni mucho menos con la inactividad. Muy al contrario, siendo como es el arte de “permitir que las cosas sucedan siguiendo el flujo natural de la existencia”, podemos afirmar que el no-hacer es la máxima expresión de la acción. Y, en este mismo orden de definiciones, podemos citar a Blofeld cuando habla de “escapar de la acción artificiosa, calculada e interesada” y de la “acción siempre espontánea y de acuerdo al momento presente”. A estas afortunadas expresiones podemos añadir la falta de ansiedad, tensión, cálculo y, sobre todo, de interés respecto a los resultados. Es decir, una acción auténtica y que brota de lo más profundo del ser, dejando al margen todas las artificiosas necesidades del ego.

Dentro de los factores que envuelven al Wu Wei, lo que se define como la “acción libre de objetivos” representa su eje nuclear. Hemos dicho que todos los elementos de previsión, deseo, necesidad, cálculo y manipulación parten directamente del ego, y toda la catarata de intenciones y objetivos que éste convoca tiene como misión el dar respuesta al complejo e irreal mundo que habita.

Los antiguos maestros se dieron cuenta de que si se le sustraía al ego la posibilidad de “hacer”, esa inactividad iba debilitándolo paulatinamente.

Asimismo, siendo conscientes de que la inactividad es nociva en sí misma por la nula capacidad de aprendizaje que supone y por las secuelas que produce la

paralización de la energía, desarrollaron la estrategia de la “acción libre de objetivos”, cuya clave es que la energía no esté al servicio del ego para disfrazar sus carencias, satisfacer sus necesidades o proteger de sus miedos, sino ponerla al servicio del ser. Y es en este momento cuando es posible que se establezca el tránsito mágico que va desde el hacer al no-hacer, pues el ser no hace, es.

Ni que decir tiene que en esa identificación total del ser humano con la vida ya no existen ataduras. Además, representa una conquista monumental, la posibilidad de transformarse en una manifestación profunda del poder superior, cuyos actos, por su propia naturaleza, estarán ya siempre al servicio del diseño divino.

Otro aspecto importante a considerar asociado al Wu Wei es el de la no-excitación.

Habitualmente, la excitación es el punto de partida de la mayoría de nuestros actos: excitación sensorial, sexual, emocional, mental, intelectual, etcétera. De hecho, una de las causas principales de la infelicidad humana reside, según los antiguos maestros, en la búsqueda incesante de nuevas fuentes de excitación, es decir, de estímulos exteriores susceptibles de crear reacciones en nosotros. Pero esta facultad reactiva, si bien supone una enorme fuente de aprendizaje necesaria, es capaz de convertirse, incorrectamente utilizada, en la mayor responsable de nuestra falta de libertad. Recuerdo una ocasión en la cual, un maestro Zen que estaba de visita en España ilustró esta enseñanza señalando al toro bravo, perennemente “excitado” por la muleta del torero, como símbolo de la enorme capacidad de manipulación que la excitación es capaz de provocar en el ser humano.

Los mejores argumentos y herramientas que podemos manejar para huir de la terrible servidumbre que supone la excitación son la indiferencia y desafectación frente a lo superfluo, lo estúpido o las múltiples y variadas “muletas” que la vida diaria nos presenta como excitantes engaños que nos conducen de un lado a otro, creyendo además que ejercemos nuestra voluntad, cuando en realidad sólo respondemos mecánicamente a un juego de reacciones que nos abocarán la mayoría de las veces hacia el dolor.

Este breve cuento hindú puede ilustrar este punto, principalmente en lo que se refiere a las servidumbres emocionales:

Un buscador espiritual con una fuerte tendencia a dejarse manipular por factores externos fue a visitar a un maestro para plantearle el siguiente problema:

-Maestro, no soy capaz de encontrar la paz interior.

-¿Cuál es el motivo?- interrogó el maestro.

-Lo ignoro. Por eso estoy aquí, buscando tu sabiduría y consejo.

El maestro quedo pensativo unos instantes y dijo:

-Vas a ir ahora mismo al cementerio. Allí te sentarás en medio de las tumbas y pasarás la mañana elevando toda suerte de elogios a los muertos.

El discípulo obedeció y, una vez que hubo cumplido la tarea, regresó.

-¿Has hecho lo que te dije?- preguntó el maestro.

-Así lo he hecho- respondió el estudiante.

-Bien; pues ahora volverás al cementerio y pasarás la tarde vertiendo insultos e injurias a los muertos.

El discípulo volvió a cumplir la orden del maestro.

Llegada la noche, regresó de nuevo.

-Maestro, durante la mañana he ensalzado las virtudes de los muertos con toda clase de elogios, pero por la tarde he ofendido gravemente a esos mismos muertos con grandes insultos. ¿Puedes decirme ahora el objetivo de tus mandatos?

-¿Qué te contestaron los muertos?- preguntó a su vez el maestro- ¿No se mostraron satisfechos y se vanagloriaron con tus alabanzas?, ¿tal vez se volvieron indignados y coléricos con tus insultos?

-Pero maestro, eso no es posible. ¿Cómo van a reaccionar si están muertos?

-Pues eso es exactamente lo que has de esperar de ti mismo: la ausencia de reacciones, tanto ante las ofensas como ante las alabanzas. Si alguien te insulta y enciende tu cólera, ¿no ves el poder que tiene sobre ti? Si alguien te alaba e inflama tu vanidad, ¿no ves el poder que tiene sobre ti? Tu paz interior la tienes ahora en manos de los demás o en poder de los acontecimientos que te rodean.

Ve y rompe esas cadenas, recupera tu libertad y entonces encontrarás la paz interior.

Volvamos al Wu Wei. Posiblemente no sea mala propuesta el ejercitarse en el aprendizaje de esta acción sin-hacer, y aunque si bien la aspiración que nos deja la frase de Chuang-Tse “La alegría y la felicidad perfectas sólo pueden encontrarse en la no-acción” sea un poco elevada, si que podremos reencontrarnos, aunque sea en un tono más modesto, con algunos valores un tanto olvidados como los mencionados de la sencillez, tranquilidad, ligereza y anonimato.

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CUANDO LA SOCIEDAD ESTÁ A PUNTO

DE PERDER SU VIDA ESENCIAL

El Wen-tzu, conocido también con el título honorífico de Comprender los misterios, es uno de los grandes libros básicos del taoísmo, escrito hace más de dos mil años. Siguiendo la tradición de Lao Tse, Chuang-tzu y los Maestros de Huainan, el Wen-tzu abarca toda la gama del pensamiento y de la práctica taoísta. Olvidado durante mucho tiempo por todo el mundo excepto por los iniciados.

El Wen-tzu presenta una visión del taoísmo que es muy diferente de la proyectada por los eruditos occidentales y que está más de acuerdo con las concepciones taoístas. Su compilación se atribuye a un discípulo de Lao Tse, el famoso autor del clásico Tao Te King, y la mayor parte de su contenido se atribuye al mismo Lao Tse. La atribución de autoría en el antiguo taoísmo era generalmente simbólica más que histórica. Los nombres pueden referirse no sólo a supuestas personas individuales, sino también a escuelas y a tradiciones asociadas a los individuos o a sus círculos.

Según la tradición taoísta, el antiguo sabio Lao Tse no era un individuo aislado, sino que era miembro de un círculo esotérico. Se cree que tuvo varios discípulos, a cada uno de los cuales transmitió una serie de antiguas enseñanzas taoístas. El libro conocido como el Wen-tzu constituye una de estas series, una elaboración de las enseñanzas del Tao Te King en un conjunto de discursos atribuidos al antiguo maestro Lao Tse.

FUENTE: Extractado de la Introducción a la versión publicada en español, escrita por Thomas Cleary

 

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Del Wen-tzu traemos aquí uno de los comentarios o enseñanzas atribuidas a Lao Tse. Leed con detenimiento y el que sea capaz de ver, que vea. Mirad a vuestro alrededor, mirad vuestro interior, mirad sobre las cosas y los sucesos desde el silencio, mirad el sentido de los aconteceres del día a día. Comprended dónde estamos y hacia donde vamos y actuad en consecuencia según el grado de responsabilidad que podáis asumir: un tiempo muere, un nuevo tiempo asoma por el horizonte, pero entre medio todo se desmonta, pues siendo el solar el mismo, la vieja casa se derrumba necesariamente y será convertida en escombros para poder edificar allí mismo un nuevo hogar.

                                                                                                  Idafe

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Retrato idealizado de Lao Tse

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Lao Tse dijo:

Cuando la sociedad está a punto de perder su vida esencial, es como la emergencia de la energía negativa: el liderazgo es ignorante, se descuida el Camino, muere la virtud. Se emprenden proyectos que no están en armonía con la Naturaleza, se dan órdenes que constituyen una violación de las cuatro estaciones. El verano y el otoño disminuyen su armonía, el cielo y la tierra son exprimidos de su virtud. Los gobernantes en sus tronos están incómodos, los grandes se ocultan y no hablan, los ministros promueven las ideas de los que están arriba incluso en detrimento de la normalidad. La gente extraña a sus parientes, pero recibe a los villanos, utiliza el halago para estratagemas secretas; se compite por mantener gobernantes corruptos, acompañándolos en su caos para llegar a sus propias metas.

En consecuencia, gobernantes y gobernados están reñidos y mantienen relaciones amistosas cuando se aparta a los familiares y éstos no permanecen juntos. En los campos no hay brotes erguidos, en las calles no hay paseantes. Se extraen las arenas auríferas, se cogen las piedras preciosas, se capturan las tortugas por sus conchas y se les saca las entrañas. Se practica la adivinación cada día; el mundo entero está desunido. Los gobernantes locales establecen leyes que difieren entre sí, y cultivan costumbres antagónicas.

Sacan la raíz y abandonan la base, elaborando códigos penales para endurecerlos y hacerlos rigurosos, luchando con armas, exterminando al pueblo llano, asesinando a su mayor parte. Levantan ejércitos y causan problemas, atacando las ciudades y matando al azar, derribando lo elevado y poniendo en peligro lo seguro. Fabrican grandes vehículos de asalto y fortalezas reforzadas para repeler tropas de combate, y hacen que sus batallones vayan a misiones mortales. Contra un formidable enemigo, de cien que van, sólo uno regresa; quienes llegan a hacerse una reputación para sí mismos tal vez consigan parte del territorio anexionado, pero esto cuesta cien mil muertos en combate, además de innumerables adultos y niños que mueren de hambre y frío.

Después de esto, el mundo nunca puede estar en paz en su vida esencial y disfrutar sus maneras de actuar habituales. Así, las personas conscientes y los sabios se elevan y la mantienen con la virtud del Camino, y la ayudan con humanidad y justicia. Quienes están cerca promueven su sabiduría, mientras quienes están a distancia toman su virtud a pecho. El mundo se funde en uno, y los descendientes se ayudan unos a otros generación tras generación para liberarse de los comienzos de la traición, detener la persuasión ilógica, eliminar las leyes crueles, liberarse de los deberes que causan problemas y arduos deberes, detener los efectos del rumor y de la murmuración, cerrar las puertas al partidismo, minar los cocientes de inteligencia para adaptarse a la normalidad general, ignorar el cuerpo y disminuir el intelecto para comulgar ampliamente con lo desconocido y diferenciado, al igual que cada cosa retorna a su raíz.

Incluso los sabios no pueden crear un tiempo; lo que hacen es evitar perder el tiempo cuando éste llega. Esta es la razón por la que no mueren.

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ENSEÑANZAS DE LOS EGIPCIOS SOBRE LA INMORTALIDAD DEL ESPÍRITU HUMANO Y LA REENCARNACIÓN: EL «PAPIRO DE ANANA»

El Papiro de Anana (o Ananas), como otros muchos, se encuentra en el Museo del Hermitage en San Petersburgo, Rusia. Anana, fue jefe de los Escribas del Faraón SETI II (siglo XIV a. de C.), durante Imperio Nuevo.

El documento contiene algunas de las enseñanzas egipcias sobre la inmortalidad del espíritu humano y la reencarnación. Se dirige a un tiempo futuro, a gentes como nosotros, quienes más de 3.500 años después podemos asombrarnos de los altos vuelos de la mente y de la conciencia en tiempos tan antiguos.

Y es que solemos, los humanos, albergar durante mucho tiempo la infantil sensación de que aquello que vamos descubriendo es una novedad en el Cosmos. Pero quienes avanzan en el camino del desarrollo de la conciencia, se dan cuenta pronto de la fútil pretensión de ser propietarios de las ideas, de los principios, y hasta de nuestros pensamientos, los cuales nosotros ni inventamos ni creamos, sino que más bien alcanzamos cuando nuestra conciencia se sitúa en ámbitos donde, en justa correspondencia al grado de comprensión logrado, vibran los tipos mentales que lo representan. Es decir, la conciencia es algo totalmente impersonal, y si nosotros llegamos ahí, otros mucho antes que nosotros también llegaron y otros (en realidad todos, más pronto o más tarde) llegarán también.

Los humanos somos seres desmemoriados, nos hemos olvidado de nosotros mismos. Por eso Gurdjieff hacía hincapié en la necesidad de “recordarse de sí”, y Mademoiselle Bertin (modista de María Antonieta), en una frase memorable, decía que no hay nada nuevo salvo lo que se ha olvidado”. Las doctrinas de la antigua India enseñaban que la aventura en la que estamos embarcados consiste, esencialmente, en ser conscientes de lo que ya somos.



TRADUCCIÓN DEL “PAPIRO DE ANANA”

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Mirad, ¿no está escrito en este rollo? Leed, vosotros que lo descubriréis en los tiempos futuros. Si vuestros dioses os han dado la facultad de leer, leed. ¡oh niños del porvenir! Y aprended los secretos del pasado, que para vosotros es lejano, pero que en verdad está próximo”.

Los hombres no viven solamente una vez, para desaparecer luego para siempre; viven varias vidas en lugares diferentes, pero no siempre en este mundo”.

Y entre cada vida existe un velo de tinieblas. Las puertas se abrirán al fin y veremos todas las salas que nuestros pies han hollado desde el comienzo de los tiempos”.

Nuestra religión nos enseña que viviremos eternamente, por tanto la eternidad ni teniendo principio ni teniendo fin, es un círculo; en consecuencia, si lo uno es verdad, saber que vivimos eternamente, lo otro debe ser verdad asimismo, saber que hemos vivido siempre”.

A los ojos de los hombres, Dios tiene numerosos rostros y cada uno jura que el que él ve, es el único y verdadero Dios. Y sin embargo, todos se equivocan, porque todos los rostros son el mismo Dios”.

Nuestro “Ka”, que es nuestro “Yo” espiritual, nos lo muestra de diferentes formas. Extrayendo de los pozos sin fondo de la sabiduría que se oculta en la esencia de cada hombre, nos apercibimos de los restos de la verdad, que nos dan a nosotros que somos instruidos el poder de realizar estas maravillas”.

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“El espíritu nunca debe juzgarse por el cuerpo, ni Dios por su casa…”.

“Entre los Egipcios, el Escarabajo no es un Dios, sino el símbolo del Creador, pues lleva rodando entre las patas una bola de tierra donde deposita sus huevos, del mismo modo que el Creador hace que el Mundo gire y les hace producir vida”.

“Todos los Dioses envían a esta tierra sus regalos de amor, sin los cuales dejaríamos de ser. Quizá mi fe me enseña muchas más cosas que la vuestra, me indica que la vida no termina con la muerte, y que el amor, que es el Alma de la vida, debe existir Eternamente” “Las fuerzas del vinculo invisible atara dos almas entre sí, aún mucho después de la muerte del Mundo…”

“Los espíritus, o almas, de una Encarnación, tal vez se encuentren en otra Encarnación y será como si fueran atraídos por un amante, sin que pueda comprender el porqué…”

“El hombre revive varias veces, pero sin saber nada de sus vidas pasadas, salvo, tal vez, en un sueño, cuando el pensamiento le transporta hasta una circunstancia o un acontecimiento de una Encarnación precedente, pero lo ignora, no sabe dónde ni como se produjo ese acontecimiento. Experimenta sencillamente una sensación familiar, sin embargo, al final, todos sus distintos pasados se revelaran ante él…”

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INTRODUCCIÓN

¿Cuántas veces nos inmoviliza la incapacidad para tomar una decisión? ¿Cómo podemos tomar una determinación que nos conduzca con seguridad a una finalidad constructiva? ¿Cómo “saber” lo que debo hacer? ¿Verdad que todos nos hemos encontrado alguna vez ante este dilema?

Mario Rodríguez Cobos o Silo ( 1938 – 2010) nos da en esta conferencia una clave para disolver nuestras dudas ante una disyuntiva vital. La herramienta que nos describe, sondear el registro interno, nos puede ayudar mucho en las decisiones claves de nuestra vida. No dejemos en manos de otro nuestra responsabilidad y, sobre todo, no nos hagamos responsables de las decisiones que otros deben tomar libremente; en caso contrario, si los resultados no son los esperados, nos veremos inmersos en una maraña de reproches y justificaciones inmovilizadores.

                                                                                                 Idafe


¿QUÉ ES LO QUE DEBO HACER?(1)

LA ACCIÓN VÁLIDA

Charla ofrecida por Mario Rodríguez Cobos (Silo) ante un Grupo de Estudios en Las Palmas de Gran Canaria, el 29 de septiembre de 1978.

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¿Cuál es la acción válida? A esta pregunta se ha respondido, o se ha tratado de responder, de distintos modos y casi siempre teniendo en cuenta la bondad o la maldad de la acción. Se ha tratado de responder a lo válido de la acción. Es decir, se han dado respuestas a lo que desde antiguo ha sido conocido como lo ético o lo moral. Durante muchos años nos preocupamos por consultar acerca de qué era lo moral, qué era lo inmoral, lo bueno y lo malo. Pero, básicamente, nos interesó saber qué era lo válido en la acción. Nos fueron respondiendo de distinto modo. Hubo respuestas religiosas, hubo respuestas jurídicas, hubo respuestas ideológicas. En todas esas respuestas, se nos decía que las personas debían hacer las cosas de un modo y también evitar hacer las cosas de otro modo. Para nosotros era muy importante obtener una clara respuesta sobre este punto. Era de mucha importancia por cuanto el quehacer humano, según tenga una dirección o tenga otra, desarrolla también una forma de vida distinta. Todo se acomoda en la vida humana según la dirección. Si mi dirección al futuro es de un tipo, mi presente se acomoda también a él. De manera que estas preguntas en torno a lo válido, lo inválido, lo bueno, lo malo, afectan no solo al futuro del ser humano, sino que afectan su presente. Afectan no solo al individuo, afectan a los conjuntos humanos, afectan a los pueblos.

Diferentes posturas religiosas daban su solución. Así pues, para los creyentes de determinadas religiones había que cumplir con ciertas leyes, con ciertos preceptos, inspirados por Dios. Eso era válido para los creyentes de esas religiones. Es más: distintas religiones daban distintos preceptos. Algunas indicaban que no debía realizarse determinadas acciones, para evitar cierta vuelta de los acontecimientos; otras religiones lo indicaban para evitar un infierno. Y a veces no coincidían tampoco estas religiones, que en principio eran universales, no coincidían en sus preceptos y en sus mandatos. Pero lo más preocupante de todo esto consistía en que ocurría en áreas del mundo donde muchísimos de esos habitantes no podían cumplir, aun queriendo de muy buena fe, no podían cumplir con esos preceptos, con esos mandamientos, porque no los sentían. De manera que los no creyentes – que también para las religiones son hijos de Dios –, no podían cumplir esos mandatos, como si estuvieran dejados de esa mano de Dios. Una religión, si es universal, debe serlo no porque ocupe geográficamente el mundo. Básicamente debe ser universal porque ocupe el corazón del ser humano, independientemente de su condición, independientemente de su latitud. Así pues, las religiones, en su respuesta ética, nos presentaban ciertas dificultades.

Consultamos entonces a otros formadores de conducta: los sistemas jurídicos. Éstos son formadores, son moldeadores de conducta. Los sistemas jurídicos establecen, de algún modo, aquello que debe hacerse o debe evitarse en el comportamiento de relación, en el comportamiento social. Existen códigos de todo tipo para reglar las relaciones. Hay hasta códigos penales, que prevén la punición para determinados delitos, es decir, para comportamientos considerados no sociales, o asociales, o antisociales. Los sistemas jurídicos también han tratado de dar su respuesta a la conducta humana, en lo que hace al buen o mal comportamiento. Y así como las religiones han dado su respuesta, y está bien, y está bien para sus creyentes, también los sistemas jurídicos han dado su respuesta, y está bien para un momento histórico dado, está bien para un tipo de organización social dado, pero nada dice al individuo que debe cumplir con una determinada conducta. Porque la gente razonable, sin duda advierte que es interesante que exista una regulación de la conducta social, a fin de evitar un caos total. Pero ésta es una técnica de organización social, no es una justificación de la moral. Y por cierto que según su desarrollo y según su concepción, las distintas comunidades humanas tienen normas de conducta jurídicamente regladas, que a veces se oponen. Los sistemas jurídicos no tienen validez universal. Sirven para un momento, para un tipo de estructura, pero no sirven para todos los seres humanos, ni sirven para todos los momentos y todas las latitudes; y lo más importante de todo, nada dicen al individuo acerca de lo bueno y lo malo.

También consultamos a las ideologías. Las ideologías son más amigas de los desarrollos y bastante más vistosas en sus explicaciones que los chatos sistemas legales, o tal vez que los preceptos o las leyes traídas desde las alturas. Algunas doctrinas explicaban que el ser humano es una suerte de animal rapaz, es un ser que se desarrolla a costa de todo y que debe abrirse paso a pesar de todo, a pesar inclusive de los otros seres humanos. Una suerte de voluntad de poderío es la que está detrás de esa moral. De algún modo esa moral que puede parecer romántica, es sin embargo exitista, y nada dice al individuo en cuanto a que las cosas le salgan mal en sus pretensiones de voluntad de poderío.

Hay otro tipo de ideología que nos dice: por cuanto todo en la naturaleza está en evolución, y el ser humano mismo es producto de esta evolución, y el ser humano es el reflejo de las condiciones que se dan en un momento dado, su comportamiento va a mostrar el tipo de sociedad en que vive. Así pues, una clase va a tener un tipo de moral y otra va a tener otro tipo de moral. De esta manera, la moral está determinada por las condiciones objetivas, por las relaciones sociales y por el modo de producción. No hay que preocuparse mucho, por cuanto uno hace lo que mecánicamente está impulsado a hacer aunque, por razones publicitarias, se hable de la moral de una clase o la moral de otra. Limitándonos al desarrollo mecánico, yo hago lo que hago porque estoy impulsado en tal sentido. ¿Dónde está el bueno y dónde está el malo? Hay solamente un choque mecánico de partículas en marcha.

Otras singulares ideologías nos decían cosas como éstas: la moral es una presión social que sirve para contener la fuerza de los impulsos y esta contención que efectúa es una suerte de súper-yo, esta comprensión que hace en el caldero de la conciencia permite que aquellos impulsos básicos se vayan sublimando, vayan tomando cierta dirección…

De modo que nuestro pobre amigo, que ve pasar a unos y a otros con sus ideologías, se sienta de pronto en la acera y dice: “qué es lo que yo debo hacer, porque acá me presiona un conjunto social, yo tengo impulsos y parece que éstos se pueden sublimar, siempre que yo sea artista. De otro modo, o me tiendo en el sofá del psicoanalista o terminaré en la neurosis”. Así pues, la moral en realidad es una forma de control de estas presiones que, sin embargo, a veces desbordan el caldero.

Otras ideologías, también psicológicas, explicaron lo bueno y lo malo según la adaptación. Una moral conductual adaptativa, algo que permite encajar en un conjunto y en la medida en que uno desencaja de ese conjunto, se segrega de ese conjunto, tiene problemas. Así que más vale andar “derechito”, y encajar bien en el conjunto. La moral, entonces, nos dice qué es lo bueno y qué es lo malo, de acuerdo con la adaptación que debe establecer el individuo, de acuerdo con el encaje que el individuo tenga en su medio. Y está bien… es otra ideología.

Pero en las épocas de las grandes fatigas culturales, como sucedió ya repetidamente en otras civilizaciones, surgen las respuestas cortas, inmediatas, acerca de lo que se debe hacer y de lo que no se debe hacer. Me estoy refiriendo a las llamadas “escuelas morales de decadencia”. En distintas culturas (ya en su ocaso), surgen suertes de moralistas que muy rápidamente tratan de acomodar sus comportamientos como buenamente pueden, a fin de dar una dirección a su vida. Están algunos que dicen más o menos esto: “La vida no tiene ningún sentido, y como no tiene ningún sentido, puedo hacer cuanto me plazca… si puedo”. Otros dicen: “Como la vida no tiene mucho sentido, debo hacer aquellas cosas que me satisfacen, que me hacen sentir bien, a costa de todo lo otro”. Algunos más afirman: “Ya que estoy en una mala situación y hasta la misma vida es sufrimiento, debo hacer las cosas guardando ciertas formas. Debo hacer las cosas como un estoico”. Así se llaman esas escuelas de la decadencia: las escuelas estoicas.

Detrás de estas escuelas, aunque sean respuestas de emergencia, hay también ideología. Está, parece, la ideología básica de que todo ha perdido sentido, y se responde de urgencia a esa pérdida de sentido. Actualmente, por ejemplo, se pretende justificar la acción con una teoría del absurdo, en donde aparece de contrabando el “compromiso”. Sucede que estoy comprometido con eso, y por tanto debo cumplir. Se trata de una especie de coacción bancaria. Es difícil comprender que pueda establecer un compromiso si el mundo en que vivo es absurdo y termina en la nada. Por otra parte, esto no otorga ninguna convicción al que declama tal postura.

Así pues, las religiones, los sistemas jurídicos, los sistemas ideológicos, las escuelas morales de la decadencia, han trabajado para dar respuesta a este serio problema de la conducta, para establecer una moral, para establecer una ética, porque todos ellos han advertido la importancia que tiene la justificación o no justificación de un acto.

¿Cuál es la base de la acción válida? La base de la acción válida no está dada por las ideologías, ni por los mandatos religiosos, ni por las creencias, ni por la regulación social. Aún cuando todas estas cosas sean de mucha importancia, la base de la acción válida no está dada por ninguna de ellas, sino que está dada por el registro interno de la acción. Hay una diferencia fundamental entre la valoración que parece provenir del exterior, y esta valoración que se hace de la acción por el registro que el ser humano tiene de lo que precisamente hace.

¿Y cuál es el registro de la acción válida? El registro de la acción válida es aquel que se experimenta como unitivo; es aquel que da al mismo tiempo sensación de crecimiento interno, y es por último aquél que se desea repetir porque tiene “sabor” de continuidad en el tiempo. Examinaremos estos aspectos de modo separado.

El registro de unidad interna, por una parte, y la continuidad en el tiempo, por otra parte.

Frente a una situación difícil, puedo yo responder de un modo o de otro. Si soy hostigado, por ejemplo, puedo responder violentamente y frente a esa irritación que me produce el estímulo externo, y esta tensión que me provoca, puedo distenderme, puedo reaccionar violentamente y al hacerlo experimentar una sensación de alivio. Me distiendo. Así pues, y aparentemente, se ha cumplido la primera condición de la acción válida: frente a un estímulo irritante, lo saco de enfrente y al hacerlo me distiendo y al distenderme tengo un registro unitivo.

La acción válida no puede justificarse simplemente por la distensión en ese instante, porque no se continúa en el tiempo sino que produce lo contrario. En el momento A produzco la distensión al reaccionar del modo comentado; en el momento B, no estoy para nada de acuerdo con lo que hice. Esto me produce contradicción. Esa distensión no es unitiva por cuanto el momento posterior contradice al primero. Es necesario que cumpla, además, con el requisito de la unidad en el tiempo, sin presentar fisuras, sin presentar contradicción. Podríamos presentar numerosos ejemplos en donde esto de la acción válida para un instante no lo es para el siguiente y el sujeto no puede, cabalmente, tratar de prolongar ese tipo de actitud porque no registra unidad sino contradicción.

Pero hay otro punto: el del registro de una suerte de sensación de crecimiento interno. Hay numerosas acciones que todos efectuamos durante el día, determinadas tensiones que aliviamos distendiendo. Estas no son acciones que tengan que ver con lo moral. Las realizamos y nos distendemos y nos provoca un cierto placer, pero ahí quedan. Y si nuevamente surgiera una tensión, nuevamente la descargaríamos con esa suerte de efecto de condensador, en donde sube una carga y al llegar a ciertos límites se la descarga. Y así, con este efecto condensador de cargar y descargar, nos da la impresión de que estuviéramos metidos en una eterna rueda de repeticiones de actos, en donde en el momento en que se produce esa descarga de tensión, la sensación resulta placentera, pero nos deja un extraño sabor percibir que si la vida fuera simplemente eso – una rueda de repeticiones, de placeres y dolores – la vida, claro, no pasaría del absurdo. Y hoy, frente a esta tensión, provoco esta descarga. Y mañana del mismo modo… sucediéndose la rueda de las acciones, como el día y la noche, continuamente, independientemente de toda intención humana, independiente toda elección humana.

Hay acciones, sin embargo, que tal vez muy pocas veces hayamos realizado en nuestras vidas. Son acciones que nos dan gran unidad en el momento. Son acciones que nos dan, además, registro de que algo ha mejorado en nosotros, cuando hemos hecho eso. Y son acciones que nos dan una propuesta a futuro, en el sentido de que si pudiéramos repetirlas, algo iría creciendo, algo iría mejorando. Son acciones que nos dan unidad, sensación de crecimiento interno, y continuidad en el tiempo. Esos son los registros de la acción válida.

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Nosotros nunca hemos dicho que esto sea mejor o peor, o deba coercitivamente hacerse: hemos dado más bien las propuestas y los sistemas de registros que corresponden a esas propuestas. Hemos hablado de las acciones que crean unidad, o crean contradicción. Y, por último, hemos hablado del perfeccionamiento de la acción válida, por la repetición de esos actos. Como para cerrar un sistema de registros de acciones válidas, hemos dicho: “Si repites tus actos de unidad interna, ya nada podrá detenerte”. Esto último habla no sólo del registro de unidad, de la sensación de crecimiento, de la continuidad en el tiempo. Eso habla del mejoramiento de la acción válida. Porque, es claro, no todas las cosas nos salen bien en los intentos. Muchas veces tratamos de hacer cosas interesantes y no salen tan bien. Nos damos cuenta que esas cosas pueden mejorar. También la acción válida puede perfeccionarse. La repetición de aquellos actos que dan unidad y crecimiento y continuidad en el tiempo, constituyen el mejoramiento de la misma acción válida. Esto es posible.

Nosotros, en principios muy generales, hemos dado los registros de la acción válida. Hay un principio mayor, conocido como La Regla de Oro. Este principio dice así: “Trata a los demás como quieres que te traten a ti”. Este principio no es cosa nueva, tiene milenios. Ha aguantado el paso del tiempo en distintas regiones, en distintas culturas. Es un principio universalmente válido. Se ha formulado de distintas maneras; se lo ha considerado por el aspecto negativo, diciendo algo así como: “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”. Es otro enfoque de la misma idea. O bien, se ha dicho: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Es otro enfoque. Claro que, no es exactamente lo mismo que decir “trata a los demás como quieres que te traten”. Y está bien, y desde antiguo se ha hablado de este principio. Es el más grande de los principios morales. Es el más grande de los principios de la acción válida. Pero, ¿cómo quiero que me traten a mí? Porque se da por sentado que será bueno tratar a los demás como uno quisiera que lo trataran a uno mismo. ¿Y cómo quiero que me traten? Tendré que responder a eso diciendo que si me tratan de un modo me hacen mal y si me tratan de otro me hacen bien. Tendré que responder acerca de lo bueno y de lo malo. Tendré que volver a la eterna rueda de definir la acción válida, según una u otra teoría, según una u otra religión. Para mi será buena una cosa, para otra persona no será lo mismo. Y no faltará alguno que tratará muy mal a otro, aplicando el mismo principio; porque sucede que a él le gustará que lo traten mal.

Está muy bien este Principio que habla así del tratamiento del otro, según lo bueno para uno, pero estará mejor saber qué es lo bueno para uno. Así las cosas, nos interesa ir a la base de la acción válida y la base de la acción válida está en el registro que se obtiene de ella.

Si digo: “debo tratar a los demás como quiero que me traten”, inmediatamente me pregunto: “¿por qué?”. Habrá algún proceso en uno, habrá alguna forma en el funcionamiento de la mente, que crea problemas en uno cuando uno trata mal a los otros. Y, ¿cómo puede ser ese funcionamiento? Si yo veo a alguien en muy mala condición, o veo a alguien de pronto que sufre un corte, o una herida, algo resuena en mí. ¿Cómo puede resonar en mí algo que le está sucediendo al otro? ¡Es casi mágico! Sucede que alguien sufre un accidente y experimento casi físicamente el registro del accidente en otro. Ustedes son estudiosos de estos fenómenos, saben bien que a toda percepción corresponde una imagen, y comprenden que algunas imágenes pueden tensar ciertos puntos así como otras pueden distenderlos. Si a toda percepción va correspondiendo una representación y de esa representación se tiene a su vez registro, es decir, una nueva sensación, entonces no es tan difícil entender cómo al percibir un fenómeno, y al corresponderse la imagen interna con ese fenómeno (al movilizarse esta imagen), tenga a su vez sensación en distintas partes de mi cuerpo o de mi intracuerpo, que se han modificado por acción de la imagen anterior. Me siento identificado cuando alguien sufre un corte, porque a la percepción visual de tal fenómeno, le corresponde un disparo de imagen visual, y correlativamente un disparo de imágenes cenestésicas y táctiles de las cuales, además, tengo una nueva sensación que termina provocando en mí el registro del corte del otro. No será bueno que trate yo a los demás de mala manera, porque al efectuar este tipo de actividad tengo el correspondiente registro.

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Hablaremos casi técnicamente. Para ello vamos a simular el funcionamiento de circuitos por pasos aun cuando sabemos que la estructura de la conciencia procede como una totalidad. Bien, una cosa es el primer circuito que corresponde a la percepción, representación, nueva toma de la representación y sensación interna. Y otra cosa es el segundo circuito, que tiene que ver con la acción y que significa algo así: de toda acción que lanzo hacia el mundo, tengo también registro interno. Esa toma de realimentación es, por ejemplo, la que me permite aprender haciendo cosas. Si no hubiera en mí una toma de realimentación de los movimientos que estoy haciendo, jamás podría perfeccionarlos. Yo aprendo a escribir a máquina por repetición, es decir, voy grabando actos entre acierto y error. Pero puedo grabar actos únicamente si los realizo. De tal modo que es desde el hacer, desde donde tengo registro. Permítanme esta digresión: hay un prejuicio grande que a veces ha invadido el campo de la pedagogía. Según esta creencia se aprende por pensar en lugar de hacer. Ciertamente, se aprende porque se tiene la recepción del dato, pero tal dato no queda simplemente memorizado sino que siempre se corresponde con una imagen que, a su vez, moviliza una nueva actividad: coteja, rechaza, etc., y esto muestra la continua actividad de la conciencia y no una supuesta pasividad en la cual se aloja simplemente el dato. Esta realimentación es la que nos permite decir: “me equivoqué de tecla”. Así voy registrando la sensación del acierto y del error; así voy perfeccionando el registro del acierto, así se va fluidificando, y así se va automatizando la correcta acción del escribir a máquina. Estamos hablando de un segundo circuito. El primero se refería al dolor en el otro que yo registro en mí; el segundo circuito habla del registro que tengo de la acción que produzco.

Ustedes conocen las diferencias que existen entre los actos llamados catárticos y los actos transferenciales. Los actos catárticos se refieren básicamente a las descargas de tensiones y ahí quedan. Los actos transferenciales, diversamente, permiten trasladar cargas internas, integrar contenidos, y facilitar el buen funcionamiento psíquico. Sabemos que allí donde hay islas de contenidos mentales, contenidos que no se comunican entre sí, hay dificultades para la conciencia. Si se piensa en una dirección, por ejemplo, pero se siente en otra, y finalmente se actúa en otra diferente, comprendemos que esto no encaja y que el registro no es pleno. Parece que únicamente cuando tendemos puentes entre los contenidos internos, el funcionamiento psíquico se integra y permite avanzar unos pasos más. Se conocen técnicas transferenciales muy útiles que movilizan y transforman a determinadas imágenes problemáticas. Un ejemplo de esa técnica está presentado en forma literaria en las “Experiencias guiadas” (2) Pero también sabemos que la acción, y no solo el trabajo de las imágenes, puede operar fenómenos transferenciales y fenómenos auto-transferenciales. No será lo mismo un tipo de acción que otra. Habrá acciones que permitan integrar contenidos internos y habrá acciones tremendamente desintegradoras. Determinadas acciones producen en el ser humano tal carga de pesar, tal arrepentimiento y división interna, tal profundo desasosiego, que esta persona jamás quisiera volver a repetirlas. Y, desafortunadamente, han quedado tales acciones fuertemente ligadas al pasado. Aunque no se repitieran tales acciones en el futuro, seguirían presionando desde el pasado sin resolverse, sin entregarse, sin permitir que la conciencia traslade, transfiera, integre sus contenidos, y permita al sujeto esa sensación de crecimiento interno de la que hemos hablado anteriormente.

No es indiferente la acción que se realiza en el mundo. Hay acciones de las que se tiene registro de unidad, y acciones que dan registro de contradicción, de desintegración. Si se estudia esto cuidadosamente y a la luz de lo que se sabe en materia de fenómenos catárticos y transferenciales, este asunto (de la acción en el mundo, en lo que hace a la integración y desarrollo de los contenidos), quedará mucho más claro. Pero, desde luego, toda esta simulación de los circuitos para comprender el significado de la acción válida es un tema complicado. Entre tanto, nuestro amigo sigue diciendo: “¿Y yo qué hago?” Nosotros registramos como unitivo y valioso llevar a ese que está sentado en la acera (sin referencia en su vida), estas cosas que mínimamente conocemos, pero en palabras y en hechos sencillos. Si nadie hace esto por él, nosotros lo haremos (como tantas otras cosas que permitirán superar el dolor y el sufrimiento). Al proceder así, trabajaremos también para nosotros mismos.

******

NOTAS:
1) Nos hemos permitido la libertad de introducir un antetítulo a este artículo, fin de hacer más clarificador para el lector desde el comienzo la intención del texto.
2) Título de una obra con ejercicios prácticos de la que es autor Silo.

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lago

INTRODUCCIÓN: A la inmensa minoría

Todo sirve a la Verdad, al Bien, así es hoy, lo ha sido antes, lo será mañana, y siempre así será. Hasta los que quieren destruirla la jalonan sin querer con su misma aversión descubriéndola, cual blanco sobre negro, ante quienes están preparados para ver.

El amor conduce directamente a ella, y el sufrimiento, su eterno aliado, nos lleva hasta su misma puerta, la que sólo podrá ser abierta con la llave de la aceptación. Nada se pierde, aunque tardemos en comprenderlo. No podemos dudarlo, existe una gigantesca y eterna confabulación a nuestro favor.

Ante la visión de los inconscientes, el mundo es un ominoso escenario preñado de amenazas y peligros. Para los ignorantes todo parece abstruso y oscuro cual impenetrable arcano. Con la mirada de los sabios, la existencia se siente tan diáfana como el agua clara bajo la luz del sol, aunque persista el misterio.

El universo respira, late, vibra, para llegar a hacer ostensible su infinito potencial oculto en forma de poder creador y magnificente belleza.

Que amanezca definitivamente la era de la confianza, es nuestro deseo más preciado.

Que cada cual cumpla su papel conforme a su estado de consciencia, es lo máximo que puede esperarse.

♣  ♣  ♣ 

Agradecemos a un amigo y visitante de este blog, que nos haya recordado el excelente texto que en 1945 escribiera Lanza del Vasto para prefacio del libro “El Mensaje Reencontrado”, de su amigo Louis Cattiaux. La mayor parte de dicho texto lo compartimos con todos mediante esta nueva entrada. Nos hemos permitido la licencia de asignarle como título “La Conjura contra la Verdad”.

Además, incluimos al final una selección de pensamientos y reflexiones que entresacamos de las páginas de la mencionada obra.

Idafe

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LA CONJURA CONTRA LA VERDAD

Por: Lanza del Vasto (Noviembre 1945)

Extracto del Prefacio escrito para la obra «El Mensaje Reencontrado»,

de Louis Cattiaux

♣  ♣  ♣ 

La conjura de los imbéciles, de los charlatanes y de los Sabios ha tenido un éxito perfecto.

Esta conjura tenía por objeto esconder la verdad.

Unos y otros han servido a esta gran causa, cada uno según sus medios: los imbéciles por medio de la ignorancia, los charlatanes por medio de la mentira, los Sabios mediante el secreto.

Los imbéciles no quieren que se descubra la verdad. Sospechan, instintivamente, que les molestaría. Si les fuera mostrada, apartarían la mirada; si se les pusiera en la mano, la dejarían caer; si se les forzara a mirarla cara a cara, gritarían horrorizados y correrían a esconderse bajo tierra.

Los charlatanes no quieren que se descubra la verdad, porque arruinaría sus artificios, impediría su provecho y mostraría su vergüenza.

Los Sabios que poseen la verdad no quieren que se descubra. Siempre la han tenido oculta por cuatro razones.

La primera: saben que Saber es poder y quieren apartar de él a los indignos. Porque el Saber en el indigno se vuelve malicia y el Poder, peligro público y plaga. Por esto, las reservas de conocimiento acumuladas durante milenios en los templos de Egipto permanecían inaccesibles a quien no había pasado por todos los grados de purificaciones y pruebas. Más tarde, los filósofos desconocidos, los nobles viajeros, los Alquimistas, se transmitieron de la misma manera los restos de la misteriosa herencia, es decir, de boca a oreja o, más bien, por la presencia y el ejemplo, en símbolos y enigmas; siempre bajo el sello del secreto. Si vivieron en la intimidad de las formidables fuerzas de la naturaleza, se guardaron mucho de hacer partícipes de ellas a los atolondrados.

¡Oh, Sabios que sabéis callar! ¿Dónde estáis? Merecéis que todos los seres vivos os proclamen su gratitud, ¡oh, Sabios!

¡Oh, Sabios que sabéis callar!, ahora hemos aprendido el valor de vuestra prudencia, la grandeza de vuestra humildad, la profundidad de vuestra caridad.

Ahora que a los profanos se les ha ocurrido adquirir y propagar tanta ciencia como pueden, ahora que se vanaglorian de sus descubrimientos con el mismo celo que vosotros habéis puesto en esconder los vuestros, hemos visto su resultado.

Sin embargo, ¡cuan pequeña es su ciencia, exterior, superficial, precaria y limitada!, y ya vemos su resultado.

Así, han envenenado las fuentes, minado la tierra, salpicado el cielo, trastornado y pervertido a los pueblos, corrompido la paz, deshonrado la guerra, y han suministrado al hombre de la calle tantos instrumentos de destrucción y de opresión que toda la familia de los seres vivos se ve amenazada, mientras continúa el progreso de este chancro.

La segunda razón de los Sabios para mantener oculta la Verdad, es que conocer es una operación de vida y una manera de nacer. Y nada puede nacer fuera de una envoltura. Una envoltura de carne o de corteza, de tierra o de misterio. Si abrís una semilla, ya no germinará; si abrís un lagarto para ver lo que hay dentro, sólo encontraréis el resto del cadáver y no lo de dentro del lagarto, su interior se ha ido, ya que el lagarto está muerto. De igual modo, la ciencia abierta, propagada y vulgarizada es ciencia muerta y fruto de muerte. Es un desierto de arena y no un puñado de simiente. Al permanecer exterior no puede ser profundizada, sino sólo extendida, y la vida se le escapa. No puede conducir a la conciencia, que es nacimiento a uno mismo, ni a la vida interior. En cambio, el conocimiento de los Sabios es una gaya ciencia que tiene sabor de alegría y soplo de espíritu. Y como todo ser vivo, aunque sea una mosca, defiende su forma y rehúsa exhibirse.

La tercera razón de los Sabios para mantener oculta la verdad es su respeto por la dignidad del conocimiento. Ellos saben que ésta es la vía real que lleva al Dios de verdad. Ella ha de conducir a la contemplación, a la admiración de la naturaleza y a la adoración del creador.

Debe aportar la luz a las almas, la exactitud a los pensamientos y la justicia a los actos. Debe dar salud y salvación. Los Sabios la han defendido tanto como han podido contra los hombres vulgares, por temor a que fuera apartada de su fin, desnaturalizada y envilecida, cosa que no han dejado de hacer los hombres vulgares desde que le pusieron la mano encima. Le han dado la vuelta utilizándola. Se han servido de ella en lugar de servirla. Estaba aquí para librarles de sus deseos y ellos la han uncido al yugo de sus tareas, la han forzado a aumentar sus posesiones. Estaba aquí para darles la conciencia y de ella han sacado la máquina. Han cogido el cáliz para hacerse una hucha y el crucifijo para hacerse una maza. Han enganchado la ciencia a sus motores, la han aprisionado en sus bombas. Pero, demasiado astutos, han caído en su propia trampa, dejándose atrapar por el engranaje de la máquina. Ahora, ella les roe poco a poco en tiempo de paz y los devora a grandes bocados en tiempo de guerra. Los Sabios han hecho todo lo posible por evitarlo.

La cuarta razón de los Sabios para mantener oculta la Verdad es que aman la Verdad, y no hay amor sin pudor, es decir, sin velo de belleza. He aquí por qué no quieren descubrirla sino revelarla, es decir, recubrirla de un velo luminoso. Por esto sólo han enseñado con parábolas, para que quienes tienen oídos para no oír permanezcan apartados; pero también para que quienes lo merecen aprendan los tonos y las claves de la música total. Pues sus alegorías, sus fábulas y sus blasones no explican el encadenamiento mecánico de las apariencias, sino las afinidades secretas y las analogías de las potencias y las virtudes, las correspondencias del número con el sonido, de las figuras con las leyes, del agua con la planta, con la mujer y con el alma, del fuego con el león, el hombre armado y el espíritu, de los astros con los ojos, las flores y los cristales de los metales y de las gemas, de la germinación del oro en las minas con la de la verdad en el corazón del hombre. En sus oscuros textos, donde las recetas del Gran Arte están salpicadas de advertencias piadosas, las solemnes sentencias de alabanzas y plegarias, lucen los hilos que tejen el manto del Rey de Reyes.

Al ocultar los Sabios su saber por escrúpulo, los charlatanes se aprovecharon para esconder su ignorancia bajo los mismos signos misteriosos. Los imbéciles los han confundido largo tiempo creyendo tanto en unos como en otros.

Ahora, a medio camino entre los charlatanes y los imbéciles, ha surgido una nueva especie que asegura el triunfo definitivo de la conjura.

Esta nueva especie es la de los universitarios y sabios oficiales, que el día de su advenimiento declararon nulo y sin valor el misterio filosofal, quimera la búsqueda de los antiguos maestros, juego de niños su ciencia, engañabobos su arte. Los imbéciles instruidos por los nuevos sabios, han confundido una vez más a los sabios con los charlatanes, pero esta vez para no creer ni en unos ni en otros.

Sólo creen en la ciencia de los recién llegados, quienes simplemente enseñan que la verdad está en su ciencia y que todo lo que no pueden descubrir ni demostrar no existe.

Ahora bien, no han enseñado, ni descubierto, ni demostrado nada acerca de la vida y de la muerte, del pecado y del juicio. Nada acerca del amor, del dolor y del rescate, acerca de la conducta del hombre y del destino del alma, acerca del sentido, la esencia y la salvación. A medida que descubren nuevas nebulosas o nuevos electrones, nuevas vitaminas o nuevos explosivos, se alejan y nos desvían de lo esencial. Y ahora la verdad está tan bien escondida que ya no se la busca.

Incluso estaría totalmente perdida si no sobrevivieran algunos sencillos de espíritu para quienes la verdad existe. No pueden resignarse a pensar que nadie la tenga o la haya tenido. Recorren el mundo interrogando a la gente, los astros y las hierbas, interrogando el gran libro de la naturaleza y hojeando los textos olvidados, interrogando su corazón y a Dios en la plegaria. Saben que no tienen la verdad, pero saben que ella es. Están tan hambrientos y sedientos de ella que saben seguirla por el rastro y reconocerla por el olor. Ante un hombre difamado, un acontecimiento absurdo, un grimorio ilegible, se paran en seco y exclaman: ¡Aquí está!

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SELECCIÓN DE REFLEXIONES SACADAS DE  

«EL MENSAJE REENCONTRADO»

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Por: Louis Cattiaux (1904 – 1953)

 

El que está en el error intenta imponerlo a los demás.

El que posee la verdad se esfuerza en aplicarla a sí mismo.

Esta es la señal que no engaña.

El hombre superior evita a los demás el mal que ha vencido.

El hombre inferior inflige a todos el mal que le ha sometido.

Se puede perjudicar a alguien a pesar suyo.

No se le podría hacer bien en contra de su voluntad.

Quien nada tiene que defender a nadie tiene que combatir.

Los muertos se reúnen para orar.

Los vivos se aíslan para conversar con Dios.

Lo más fácil de enseñar es lo más difícil de comprender.

El que es estricto consigo mismo es indulgente con los demás.

La confusión y la contradicción del espíritu son la imagen misma de la muerte.

«Espectador inmóvil, atento y sin pasión; tal es el que está despierto».

El loco interroga a los demás.

El Sabio, dicen, se interroga a sí mismo.

Ambos están cerca de Dios, pero sólo uno lo sabe.

El Sabio vela la verdad poniéndola en evidencia.

La intuición asociada a la buena voluntad engendra el poder del amor, que conduce a la perfección de la unión en la paz.

Los perros ladran a lo que les domina o a lo que se les escapa.

La condición esencial de toda curación es la voluntad de curarse; no se puede salvar a los que han escogido la muerte y se mantienen en ella voluntariamente.

Quien desprecia la enseñanza de los antiguos Sabios se condena a la ignorancia para siempre.

El inteligente compara minuciosamente las palabras de los Sabios para descubrir el lugar donde todos concuerdan.

Todo es espíritu; todo es materia; según que el Único se dilate o se condense.

Los hombres vivos inspiran tanto miedo a los muertos que se espera su desaparición para anunciar que existen.

Lo que se considera una locura, lo que se asemeja a un sueño, lo que parece increíble: he aquí lo que el Sabio estudia con amor.

Quien se cree fuerte entre los hombres es el ser más débil en la soledad.

Cuando rechazamos a un Sabio, un santo, un artista o un poeta, aumentamos su gloria y multiplicamos nuestros males.

Lo propio de la verdad es que se basta a sí misma, quien la posee no intenta convencer a nadie.

El ignorante pretende instruir a los que no piden nada.

El hombre Sabio calla y espera que le pregunten.

Honrado o despreciado, el Sabio permanece igual a sí mismo.

La mayor recompensa es iluminar a otro hombre después de haber descubierto la luz en uno mismo.

Dios permite la tentación a fin de que seamos juzgados equitativamente por nosotros mismos.

Es una justicia tal que toda discrepancia aumenta nuestro pesar.

El signo de la mentira es el cambio, el de la verdad es la inmutabilidad.

La mayor voluntad es la mayor paciencia.

La mayor paciencia es la mayor aceptación.

La mayor aceptación es la mayor sabiduría.

La mayor sabiduría es la voluntad y la vía de Dios.

¿Quién es lo bastante grande como para permanecer oculto?

¿Quién es lo bastante conocido como para quedar en el anonimato?

¿Quién es lo bastante generoso como para poseerlo todo?

¿Quién es lo bastante poderoso como para no exigir nada?

Discutir con un ignorante es volverse más débil que él.

Los hombres groseros nunca se sorprenden ante la pasmosa creación de Dios.

No ven nada, no admiran nada, no aman nada, no comprenden nada y no encuentran nada.

La más ínfima parte del Universo es una imagen del todo y se basta a sí misma.

Quien lo sabe todo es como quien no sabe nada.

Sin embargo, uno reposa y el otro se agita, uno se conoce y el otro es conocido, uno crea y el otro es creado.

Quien lo sabe todo no discute nada.

Quien lo tiene todo no deniega nada.

Quien lo puede todo no alardea de nada.

Quien posee el amor no desprecia nada.

Quien hace el bien no se preocupa por el mal que se hace a su alrededor.

El hombre superior lo realiza todo en solitario.

Los hombres inferiores lo corrompen todo en común.

El hombre impaciente muestra su ignorancia, el que sabe esperar ve su deseo realizarse.

Es mejor actuar con el ejemplo sin querer convencer a nadie, así todos pueden convertirse sin que parezca que ceden ante nadie.

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INTRODUCCIÓN

En la época gloriosa del Espiritismo español anterior al drama de la guerra civil de 1936, mucho se publicó para hacer llegar al pueblo el ideario liberador, los principios de sabiduría y los horizontes de progreso que la doctrina de los espíritus proponía a la consideración del entendimiento de hombres y mujeres de buena voluntad. Fue muy frecuente, entre estas publicaciones que vieron la luz en aquellas décadas, la aparición de hojas volanderas y folletos varios con declaraciones y alternativas del movimiento espírita ante las diversas problemáticas sociales, así como textos de discursos, conferencias y, en ocasiones, de comunicaciones mediúmnicas que por la importancia de su contenido, merecieron el esfuerzo de aparecer impresas.

Muchas de estas sencillas publicaciones, en buena medida directamente conectadas a la actualidad de entonces, han llegado hasta nosotros, otras, desgraciadamente, no. Entre las primeras figuran las dos comunicaciones complementarias que reproducimos seguidamente.

Atribuidas a los espíritus de Marieta y Cervantes, fueron recibidas por intermedio del conocido médium Daniel Suárez Artazu en la Sociedad Progreso Espiritista de Zaragoza, una de las más importantes de aquella época, y publicadas en forma de folleto por la misma Sociedad en 1873, en la editorial Juan Torrents, de Barcelona, con el título “Ventajas del Espiritismo, por los espíritus de Marietta y Cervantes”. En años posteriores se volvió a reeditar, como, por ejemplo, lo hizo la editorial Maucci (Barcelona, 1900).

Sin dejar de reconocer que algunas expresiones tienen el gusto y el tono de la época, su contenido sigue plenamente vigente y merecen una lectura detenida en este siglo XXI, a lo que invitamos a nuestros amigos y visitantes.

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Retratos mediúmnicos de Cervantes yMarietta

I

Oíd y sabréis, tal cual os podré decir y tal cual podréis comprender las ventajas del Espiritismo.

En el infinito lleno de materia y espíritu, nada muere.

Lo que en la encarnación llamáis muerte en la materia, no es más que la descomposición de un Ser perfecto, para perfeccionarse más

Lo que en la erraticidad llamamos muerte, en el espíritu no es más que su inmersión en la materia para depurarse mejor.

Cuando los encarnados decís que la materia muere, no os apercibís de que un espíritu recobra su libertad; cuando los desencarnados decimos que un espíritu muere, apenas recordamos que a la materia anima.

La descomposición de la materia da vida al espíritu y la encarnación del espíritu en la materia da vida a ésta.

Y de esta acción y reacción de materia y espíritu, resulta la verdadera vida, la mejor manera de ser, la perfección y el progreso.

Los mundos, el hombre y todos los demás seres mueren al parecer; el espíritu sujeto a la materia parece que se asfixia en ella. No. La materia y el espíritu se necesitan, se buscan, se combinan, salen de sí mismos, y se separan para buscar sus centros y llegar a ellos más depurados, más perfectos.

El espíritu perfeccionado busca materia perfeccionada a su altura.

El ser orgánico que se llama hombre, tiene espíritu perfecto, que responde a la perfección de su organismo.

El espíritu que en el hombre vive, encuentra en él condiciones para desarrollar y poner en actividad la idea que de Dios tiene.

Rudo fue el hombre en su principio, pero de generación en generación se perfecciona. Rudas fueron también sus ideas, ruda la idea de Dios; pero como de siglo en siglo más y más se perfeccionan, hoy la idea de Dios en el hombre es más verdadera, más digna, más elevada.

A tal idea de Dios, tal culto y tal religión.

La idea ruda y mezquina de Dios, produjo dioses rudos y mezquinos que se codeaban con los hombres, dioses a la altura del hombre, dioses que veía y tocaba, y que siendo hechura de sus propias manos, tenían para su desgracia todas sus pasiones y ninguna de sus virtudes.

Pero perfeccionándose el hombre y elevando su pensamiento más y más, su Dios también fue subiendo, hasta sentarse en el cielo.

II

Ese cielo del que apenas percibís algunos puntos luminosos, todo es materia.

Y si adquiriendo la extraordinaria velocidad del rayo de luz, os fuera fácil salvar sus distancias inmensas, por mucho que os remontarais, siempre veríais un cielo suspendido a incalculable distancia: materia sobre vuestras cabezas, materia y materia bajo vuestros pies.

El cielo de vuestros ojos materiales, materia es. La materia es una verdad que sentís latir en vosotros mismos y que veis girar en el infinito.

El espíritu es otra verdad que sentís pensar en vosotros y que presentís en la eternidad.

Pero no basta presentir: es preciso ver.

Si sentís la materia en vosotros y en el infinito la veis, al espíritu lo sentís, pero en la eternidad no lo veis.

Lo que se siente y no se ve, no satisface a la comprensión; no basta, pues, presentir: es preciso ver.

El Espiritismo tiende a enseñar el cielo del espíritu con su luz esencial, que es la inteligencia, como Ia luz esencial de la materia os enseña el cielo material que os cubre.

Por eso eI Espiritismo es luz.

Luz que ilumina un cielo, en el que por mucho que se remonte el pensamiento, siempre encontrará cielo eternamente encima y abajo eternamente cielo.

Sentís, pero no veis el cielo del espíritu; el Espiritismo os lo enseñará y lo veréis.

Pero veréis, no como los ojos materiales ven lo que sólo pueden alcanzar: veréis, como la inteligencia ve, lo que sabe penetrar.

Tenéis inteligencia, es decir, luz; aplicadla y veréis.

III

Todas las religiones han creído decir su última y primera palabra; el Espiritismo dijo su primera y sabe que jamás dirá la última.

Todas las religiones salvan o condenan; el Espiritismo salva siempre.

Todas las religiones vengan y castigan el mal; el Espiritismo no lo venga ni castiga; lo corrige y enmienda.

Todas las religiones tienen hijos privilegiados; para eI Espiritismo no hay ser que no lo sea.

Todas Ias religiones tienen cielos, más allá de los cuales nada mejor existe; el Espiritismo tiene un cielo para cada cielo.

Todas las religiones son exclusivas: ninguna otra creencia cabe dentro de las suyas; el Espiritismo no rechaza ninguna para corregirlas.

Muchas religiones castigan la materia como despreciable; el Espiritismo enseña a conservarla como cosa digna.

Muchas religiones, con la ciencia riñen; el Espiritismo se asienta en ella.

Todas las religiones no dan al espíritu más morada que la tierra entre dos límites: uno de placer y otro de pena eterna; el Espiritismo le da por morada el universo sin límites de felicidad y gloria.

Todas las religiones maldicen a quien las daña y contradice; el Espiritismo no ha por qué, y asegura felicidad para todos.

Todas las religiones definen a su Dios, de lo que resulta un definido humano: el Espiritismo no lo define, porque nada humano puede definir lo que está fuera de humanidad.

Todas las religiones prometen; el Espiritismo promete y asegura a todos.

Las promesas de muchas reIigiones son limitadas; las del Espiritismo, no.

Los adeptos de muchas religiones, obedecen; los del Espiritismo, cumplen.

Muchas religiones castigan a quienes no obedecen sus mandatos, que, a pesar del castigo, pueden quedar no cumplidos; el Espiritismo obliga a cumplir, haciendo ver la falta.

Muchas religiones se hacen obedecer más bien por el terror; el Espiritismo, siempre por amor al bien.

Muchas religiones llenan; el Espiritismo rebosa.

Todas las religiones tienen vacíos dondequiera que lo desconocido está; el Espiritismo sólo ve llenos que algún día espera llegar a conocer.

Para abrazar muchas religiones es preciso cerrar los ojos y cruzar los brazos; para abrazar eI Espiritismo es preciso extender los brazos y abrir los ojos.

Para escuchar la verdad que entrañan muchas religiones, es necesario inclinar la frente y cegar la razón; para escuchar las verdades del Espiritismo, es necesario mirar al cielo y desplegar la inteligencia.

Muchas religiones hablan; el Espiritismo hace hablar.

Muchas religiones, al adorar, piden, porque creen en el bien y en el mal; en el Espiritismo, la adoración es gratitud, porque sólo cree en el bien.

Muchas religiones rechazan lo que no es obra suya; el Espiritismo recibe para corregir.

El paganismo embrutece; el judaísmo humaniza; el mahometismo embriaga; el cristianismo civiliza, y el Espiritismo eleva.

El pagano toca a su Dios; el judío le siente; el mahometano sueña en él; el cristiano le ama; el espiritista le ensalza.

Para el pagano cualquier cosa es Dios, para el judío es Señor; para el mahometano es Alá; para el cristiano es Padre; para el espiritista es Dios.

IV

Adiós.

Todo lo que decir pudiera, que es mucho, os lo dirá la ciencia, que busca la verdad en todas sus manifestaciones.

Decid a todos aquellos que no estén con vosotros, que si la virtud es su norte, vosotros estáis con ellos.

Decid a aquel que virtuoso sea, que aun cuando no nos reconozca, nosotros le reconocemos.

Decid, en fin, que amamos al bueno; que procuramos corregir al malo. Nada más.

Espíritus más elevados vendrán a convenceros mejor; yo sólo sé ofreceros esta prueba más de lo mucho que os amo.- MARIETTA.

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I

El hombre ve al hombre, le oye y le toca.

No puede dudar de que el hombre exista.

Aún cuando duda, aún cuando cierra sus ojos, tapa sus oídos y esconde sus manos, una voz interior se levanta y le dice: «Yo soy.»

El hombre no puede negarse, no puede negar al hombre.

El hombre sabe que cerca de él y fuera de él hay algo. Sabe que un mundo, del cual depende, le sostiene.

El hombre ve más allá del mundo que habita, millones de mundos, cuyos movimientos, revoluciones y leyes que los rigen estudia, y observa la gran armonía y la Influencia que con el suyo tienen. El hombre ve en el espacio un más allá grande, inmenso, y presiente un más allá más gigantesco e inconmensurable, y de más allá en más allá, presiente el infinito. El hombre ve en sí mismo algo verdadero; ve cerca algo, también, exacto, ve en el espacio mucho más verdadero, y presiente más allá y más allá mucho más exacto, que, a medida que se dilata, es más y más verdadero; y así, de verdad en verdad, presiente la única y exacta verdad. El hombre, en sí mismo, ve algo bello, ve bellezas que le rodean y ve en el espacio mucho más belleza y remontándose de belleza en beIleza, presiente más allá la gran belleza.

El hombre siente en sí algo grande, algo exacto y algo bello que le guía hacia ese más allá inmensamente grande, cumplidamente exacto y grandemente bello.

El hombre se ve obligado a marchar hacia ese más allá; impulsado con la fuerza de su inteligencia, hacia lo grande; con la medida de su razón, hacia lo exacto; y hacia lo bello, con los movimientos de su corazón.

Aún cuando el hombre se detenga un momento y dude, su inteligencia habla, su razón mide y su corazón late. Y es que lo grande, lo exacto y lo bello, que existen más allá fuera de la mirada del hombre, le atraen y le llaman; y la inteligencia, la razón y el sentimiento de lo bello, chispas despendidas de aquel gran todo, responden.

II

Todas las creencias han inventado un más allá absurdo, un más allá mezquino para la inteligencia, para la razón y el sentimiento.

Todas las creencias combatidas por la inteligencia, negadas por la razón y censuradas por el sentimiento, han intentado detener a la inteligencia que vuela, a la razón que discurre y al sentimiento que crea.

Todas las creencias, impulsadas también hacia ese más allá escondido antes y después del tiempo y del espacio, han dicho haberlo encontrado, siendo así que el más allá huye allá todavía, por más que la inteligencia se esfuerce y crea haberlo encontrado.

Ese más allá se nos presenta de algún modo: corremos a buscarlo, llegamos a encontrarlo y se nos presenta más allá todavía, a incalculable distancia.; corremos de nuevo, llegamos, y más allá lo vemos. Así, de más allá en más allá, el Universo camina. ¿A dónde? Dios lo sabe.

Dios, ¡ah!, cuanto más se piensa en Él, más inaccesible se hace a la inteligencia. Dios está más allá cuanto más allá se vaya.

Todas las creencias han dicho: «Dios está allí», Ha llegado el momento en que basta decir: «Por aquí se va a Dios». ¿Y quién lo dice? El Espiritismo.

Todas las creencias pensaron encontrar el fin, objeto y destino de la creación; el Espiritismo sólo intenta buscar el principio de la senda que hacia el todo grande, bello y verdadero, guía. Todas las creencias han sido audaces en sus investigaciones, que dieron por resultado limitados fines; el Espiritismo, modesto en sus principios, sus fines serán grandiosos, ilimitados. Todas las creencias han pretendido saber el principio; el Espiritismo pretende empezar y sabe que concluir no es dado. Todas las creencias llegaron un límite, más allá del cual, suponen, en un principio, a Dios, entre el principio y la nada, y en fin, a Dios, entre una creación limitada. El Espiritismo presiente a Dios, en el pasado, entre una obra sin principio, y en el porvenir, cada vez a mayor distancia, sobre lo más grande, más bello y más verdadero. Pretender de un solo golpe describir el pasado, tocar el presente y saber el objeto del provenir, es pretensión, tan sólo, de añejas preocupaciones.

El Espiritismo describe el pasado, por lo que ve con la inteligencia; toca el presente, por lo que alcanza con la razón, y sabe el objeto del porvenir, por lo que siente con el corazón.

La inteligencia, la razón y el sentimiento, unidos, ven a gran distancia y con mirada segura, en el tiempo y en el espacio.

Entender, razonar y sentir es preciso unirlos para ver con seguridad y claro. La inteligencia, sin la razón, se pierde; sin el sentimiento, se fatiga; la razón, sin la inteligencia, se tuerce; sin el sentimiento, desvaría; el sentimiento, sin la inteligencia, se confunde; sin la razón, se precipita.

Todas las creencias, por no haber unido estas tres grandes facultades del hombre, se han visto obligadas ha encerrarse en estrechos límites para detener su vuelo, que tiende a remontarse por todas partes; el Espiritismo, uniéndolas, no encuentra límites, y va midiendo la grandeza infinita de la obra de Dios, en razón del cuadrado de las distancias que va descubriendo.

III

Es la ley impuesta a todas las cosas, marchar por distinta vía, según sus funciones, hacia un mismo y grandioso fin.

Detenerse, es fácil; difícil, detenerse mucho; dejar de marchar, imposible.

Todas las creencias se han detenido, pero ya se han detenido demasiado, y ha llegado el momento en que es preciso marchar.

El Espiritismo es la avanzada de todas las creencias que la marcha rompen: la humanidad vendrá después.

El Espiritismo es la continuación del principio que al más allá conduce.

Quien dando vuelo a la inteligencia quiera ser obrero razonable de la continuación de un principio que desde el pasado trabajado viene, verá más pronto el más allá que se presiente.

La humanidad ha venido subiendo trabajosamente por la vertiente de los tiempos: Moisés, con la ley en la mano, la condujo a la falda de la gran montaña, sobre la cual se extiende la bóveda de lo desconocido. Jesús, con su moral inquebrantable, la condujo a la cima y Ie enseñó el cielo. Obedezca la humanidad su voz y siga su camino, lanzándose al espacio.

Adiós. No me propuse herir la inteligencia, es imposible: sólo intento moverla con la razón, ya que Marietta lo supo hacer tan admirablemente con el sentimiento. CERVANTES.

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LA FELICIDAD Y EL SUFRIMIENTO SON UNA ELECCIÓN

Por: djxhemary

Miguel Ruiz“No hay razón para sufrir. La única razón por la que sufres es porque así tú lo decides. Si observas tu vida encontrarás muchas excusas para sufrir, pero ninguna razón válida. Lo mismo es aplicable a la felicidad. La felicidad es una elección, como también lo es el sufrimiento”. (Miguel Ruiz).

La domesticación y el sueño del planeta

¿Son las cosas como las vemos, como las sentimos o, básicamente, interpretamos lo que nos han enseñado a interpretar?

Para la milenaria cultura tolteca (México) la “realidad” que asumimos socialmente no es más que un sueño colectivo, el sueño del planeta. Desde el momento mismo de nacer, interpretamos la realidad mediante acuerdos, y así acordamos con el mundo adulto lo que es una mesa y lo que es un vestido, pero también lo que “está bien” y lo que “está mal”, e incluso quiénes somos o cuál es nuestro lugar en el mundo (en la familia, en clase, en el trabajo). A este proceso el filósofo mexicano de origen tolteca Miguel Ruiz lo denomina domesticación.

“La domesticación es tan poderosa que, en un determinado momento de nuestra vida ya no necesitamos que nadie nos domestique. No necesitamos que mamá o papá, la escuela o la iglesia nos domestiquen. Estamos tan bien entrenados que somos nuestro propio domador. Somos un animal autodomesticado”.

El juez y la víctima

En el transcurso de este aprendizaje incorporamos en nuestra propia personalidad al juez y a la víctima.

El juez representa esa tendencia en nuestra mente que nos recuerda continuamente el libro de la ley que gobierna nuestra vida – lo que está bien y lo que está mal -, nos premia y, más frecuentemente, nos castiga. La víctima es esa parte en cada persona que sufre las exigencias de su propio juez interior. Sufrimos, nos arrepentimos, nos culpabilizamos, nos castigamos por la misma causa una y otra vez, cada vez que el recuerdo nos pasa factura.

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Y como consecuencia del propio sistema, el miedo se instaura en nuestra vida.

El miedo y las autoexigencias son los peores enemigos de nuestro pensamiento, y por ende, de nuestra vida. Durante el proceso de domesticación nos formamos una imagen mental de la perfección, lo cual no está mal como camino marcado a seguir. “El problema es que como no somos perfectos nos rechazamos a nosotros mismos. Y el grado de rechazo depende de lo efectivas que han sido las personas adultas para romper nuestra integridad”, según Miguel Ruiz.

Si el libro de la ley que gobierna nuestra vida (nuestra moral, nuestra lógica, nuestro “sentido común”) no cumple sus objetivos, que en su base fundamental consistiría en hacernos seres humanos felices y en armonía, es porque evidentemente éste no funciona. Y como no funciona hay que cambiarlo. Y ello lo hacemos revisando nuestros acuerdos (nuestra interpretación incuestionable, nuestro sistema de valores), desenmascarando los que no valen y sustituyéndolos por otros.

La filosofía tolteca nos propone cuatro acuerdos básicos:

1. Sé impecable con la palabra

Las palabras poseen una gran fuerza creadora, crean mundos, realidades y, sobre todo, emociones. Las palabras son mágicas: de la nada y sin materia alguna se puede transformar lo que sea. El que la utilicemos como magia blanca o como magia negra depende de cada cual. (1)

Con las palabras podemos salvar a alguien, hacerle sentirse bien, transmitirle nuestro apoyo, nuestro amor, nuestra admiración, nuestra aceptación, pero también podemos matar su autoestima, sus esperanzas, condenarle al fracaso, aniquilarle. Incluso con nuestra propia persona: las palabras que verbalizamos o las que pensamos nos están creando cada día. Las expresiones de queja nos convierten en víctimas; las crítica, en jueces prepotentes; un lenguaje machista nos mantienen en un mundo androcéntrico, donde el hombre es la medida y el centro de todas las cosas, y las descalificaciones autovictimistas (pobre de mí, todo lo hago mal, qué mala suerte tengo) nos derrotan de antemano.

Si somos conscientes del poder de nuestras palabras, de su enorme valor, las utilizaremos con cuidado, sabiendo que cada una de ellas está creando algo. La propuesta de Miguel Ruiz es, por tanto:

“Utiliza las palabras apropiadamente. Empléalas para compartir el amor. Usa la magia blanca empezando por ti. Se impecable con la palabra”.

2. No te tomes nada personalmente.

Cada cual vive su propia película, en la cual es protagonista. Cada cual afronta su propia odisea viviendo su vida y resolviendo sus conflictos y sus miserias personales. Cada cual quiere sobrevivir el sueño colectivo y ser feliz. Y cada cual lo hace lo mejor que puede dentro de sus circunstancias y sus limitaciones.

Las demás personas sólo somos figurantes en esa película que cada cual hace de su vida, o a lo sumo personajes secundarios. Si alguien me insulta por la calle (o yo lo percibo así) con casi toda seguridad no tiene nada o muy poco que ver conmigo; es simplemente su reacción a algo que está pasando fuera (un mal día con su pareja o en el trabajo, una discusión con su hija), o más probablemente dentro (preocupaciones, ansiedad, frustración, impaciencia, una gastritis o un dolor de cabeza).

La impaciencia o las exigencias de tu pareja, de la vecina del rellano o de la cajera del supermercado, las críticas de tu hijo o en el trabajo, nada de eso es personal. Cada cual está reaccionando a su propia película.

Hay mucha magia negra fuera, lo mismo que la hay dentro de ti mismo/a, o de mí. En cualquiera, en algún momento de su vida, en algún momento del día. Todo el mundo somos “depredadores emocionales” alguna que otra vez.

“Tomarse las cosas personalmente te convierte en una presa fácil para esos depredadores, los magos negros… Te comes toda su basura emocional y la conviertes en tu propia basura. Pero si no te tomas las cosas personalmente serás inmune a todo veneno aunque te encuentres en medio del infierno”, asegura Miguel Ruiz.

Comprender y asumir este acuerdo nos aporta una enorme libertad. “Cuando te acostumbres a no tomarte nada personalmente, no necesitarás depositar tu confianza en lo que hagan o digan sobre ti las demás personas. Nunca eres responsable de los actos o palabras de las demás personas, sólo de las tuyas propias. Dirás “te amo” sin miedo a que te rechacen o te ridiculicen”. Siempre puedes seguir a tu corazón.

Respecto a la opinión ajena, para bien o para mal, mejor no depender de ella. Ésa es otra película. No te tomes las cosas personalmente.

3. No hagas suposiciones

Tendemos a hacer suposiciones y a sacar conclusiones sobre todo. El problema es que al hacerlo creemos que lo que suponemos es cierto y montamos una realidad sobre ello. Y no siempre es positiva o está guiada por la confianza o el amor, sino más frecuentemente por el miedo y nuestra propia inseguridad.

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Deduzco que alguien se ha enfadado conmigo porque no respondió a mi saludo al cruzarnos y mi mente organiza toda una realidad sobre eso. Y se rompen puentes entre la otra persona y yo, difíciles de salvar. Lo mismo con nuestra pareja, con la vecina, con la escuela. Creamos realidades en base a comentarios o elementos sueltos (cuando no en base a chismes malintencionados).

“La manera de evitar las suposiciones es preguntar. Asegúrate de que las cosas te queden claras… e incluso entonces, no supongas que lo sabes todo sobre esa situación en particular”, insiste Miguel Ruiz. En última instancia y si te dejas guiar por la buena voluntad, siempre te queda la confianza… y la aceptación.

Nunca nada que pasa fuera es personal. Pero en cualquier caso, NO SAQUES CONCLUSIONES PRECIPITADAMENTE.

4. Haz siempre lo mejor que puedas

El cuarto y último acuerdo permite que los otros tres se conviertan en hábitos profundamente arraigados: haz siempre lo máximo y lo mejor que puedas. Siendo así, pase lo que pase aceptaremos las consecuencias de buen grado. Hacerlo lo mejor posible no significa que tú y yo tengamos que hacerlo de la misma manera, ni siquiera que mi respuesta en estos momentos sea la misma que en otro que me siento cansada, o no he dormido bien, o me siento llena de amor y confianza y tremendamente generosa. Se podría decir que en cada momento de nuestra vida somos diferentes, en unas circunstancias y con unas limitaciones concretas. A veces podemos responder a lo que interpretamos como una “provocación” con una sonrisa irónica o divertida, con sentido del humor, o con una carcajada retadora, o incluso a gritos. Pero siempre podemos intentar ser impecables con la palabra, no tomárnoslo personalmente y no sacar conclusiones precipitadas… dentro de nuestras limitaciones físicas, anímicas y en general, de cada momento. Si lo intentamos, de la mejor manera que podemos, ya es suficiente.

“Verdaderamente, para triunfar en el cumplimiento de estos acuerdos necesitamos utilizar todo el poder que tenemos. De modo que, si te caes, no te juzgues. No le des a tu juez interior la satisfacción de convertirte en una víctima. Simplemente, empieza otra vez desde el principio.”

Con la práctica será cada vez más fácil hasta que, sorpresa, la identificación es prácticamente completa y los cuatro acuerdos forman parte de nuestra manera de ser. Simplemente somos así.

Sin duda nuestra vida será más sencilla y satisfactoria, para nosotras mismas y para las demás personas que nos rodean.

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Fuente: Tomado de Omniverso fractal – http://djxhemary.wordpress.com/
NOTA ACLARATORIA DEL GRUPO ESPÍRITA DE LA PALMA:
1) No debe entenderse con las expresiones “magia negra” o ”magia blanca” nada que tenga que ver con concepciones supersticiosas; es, sencillamente, una alusión – en un lenguaje muy vinculado a lo cultural – a la dirección y sentido que toma nuestra capacidad creadora, la que unas veces, por ignorancia, va hacia el lado fragmentador y destructivo, y otras, cuando la conciencia está despierta, se orienta en sentido unificador y constructivo.

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