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UN CASO DE LOCURA CURADO POR CONVERSIÓN

DEL ESPÍRITU OBSESOR

Por: Dr. Humberto Torres

52ª Dr. Humberto Torres

Nada tan obscuro aún, como el capítulo interesante de las neurosis y de las psicosis. La medicina actual, todavía modelada por la concepción materialista del hombre, apenas ha progresado en este terreno, a pesar de los grandes perfeccionamientos en los medios de investigación. Nos hallamos, en neurología, como 50 años atrás, en el mismo sitio que la dejaron Charcot, Berheim y sus discípulos. Si en vez de buscar una lesión anatómica cerebral, la mayoría de las veces inexistente, se les acudiera pensar, a los neuro-patólogos, que siendo la locura una perturbación de la inteligencia, y siendo la inteligencia función del alma, en ésta, independientemente del cuerpo, puede encontrarse la causa de una vesania, a la vez que darían una prueba de buen sentido, les sería posible obtener un crecido número de éxitos en dolencia tan rebelde como la que nos ocupa.

Ya vendrá día en que tal ocurra, y bueno es consignar que recientemente se ha tratado con seriedad y documentación respetables, desde un punto de vista puramente médico (1), tema tan interesante. Queremos anticiparnos, aportando un caso personal, de entre muchos que poseemos, demostrativo de los grandes beneficios que con el tiempo ha de prestar el conocimiento del espiritismo a la medicina.

Se trata de un hombre sano, bien constituido, de buenas costumbres, propietario de tierras, de unos 35 años, residente en un pueblo de la provincia de Tarragona. Soltero, casó, a la edad antes mencionada, con una señorita de la provincia de Lérida, a la que conoció casualmente. Vivió el matrimonio completamente feliz durante sus primeros años, con dos hijos que completaron su dicha. A los cinco años, aproximadamente, de casados, el marido empezó a sufrir cambios de carácter inexplicables, pues ningún motivo familiar ni económico había para su constante irritación y excitabilidad. Volviose taciturno, agrio, agresivo, y en pocos meses su perturbación mental llegó a tal grado que, para su conveniencia y seguridad de la familia, especialmente de su esposa, a la que había aborrecido más que a nadie, hubo necesidad de recluirle en el manicomio de Nueva Belén, de Barcelona.

El enfermo seguía allí semanas y semanas sin mejora apreciable. Un día, con motivo de celebrar una reunión familiar espírita y pedir auxilio espiritual para el enfermo a sus protectores, uno de los médiums presentes se sintió bruscamente poseído de una agitación extrema, crispada la boca, apretados los puños en actitud amenazadora hacia nosotros. Estaba sulfurado, al ver que se comunicaba por el canal de dicho médium, porque le habíamos interrumpido en su trabajo de persecución del enfermo en cuestión, al que quería matar a toda costa, aun siendo pariente suyo, porque se había casado con una mujer hereje que no creía en la religión; pero siéndole imposible perseguir a la esposa, porque encontraba para ello dificultades inexplicables para él, se vengaba en el marido, más frágil, más dúctil a sus influencias, al que hacía responsable de haber llevado a aquella casa solariega tan católica, mujer tan enemiga de la religión como la esposa del enfermo, a la que, de este modo, hería y perjudicaba indirectamente. Nos dijo ser un sacerdote desencarnado años ha, tío del enfermo, que desde el espacio seguía velando por los fueros de su religión, y amenazando y chillando, hecho una fiera, nos prometió no parar hasta terminar su obra, o sea, matar al enfermo, al que tenía ya tan suyo que creía poderlo conseguir en poco tiempo.

Hicimos al desgraciado observar las reflexiones que son del caso, demostrándole que el mal no lo hacía al enfermo (a quien nada podía ocurrir más que lo que fuera justo) sino a sí mismo, que su alma cargaba con nuevas responsabilidades que habría de saldar en el día de mañana. A partir de aquel día empezó una lucha tenaz entre el espíritu obsesor y nosotros, llamándole con frecuencia, obligándole a meditar sobre su triste estado y haciéndole ver lo profundamente equivocado que andaba. Eran verdaderas luchas a brazo partido, las primeras de las cuales apenas dieron resultado alguno en el obsesor, que seguía fiero como nunca, ni en el enfermo de locura, que continuaba con sus exaltaciones y arrebatos intermitentes.

Por fin, gracias al auxilio de los guías del obsesor, que en algunas de las sesiones se incorporaron en otro médium e hicieron tales reflexiones al espíritu rebelde que llegaron a impresionarle visiblemente, pudimos atenuar su furia primero, hacerle dudar de sí mismo y de lo que hacía después y, en suma, provocar su arrepentimiento tan cordial y sentido, que, arrasado en lágrimas, arrodillose ante el médium de que se servía, pidió misericordia y perdón al Padre, en una escena enormemente dramática y conmovedora imposible de olvidar.

Pues bien, el enfermo en cuestión, recluido en Nueva Belén, siguió, en el estado de su enfermedad mental, un completo paralelismo con el estado moral del espíritu obsesor; arrebatado y plenamente loco, en el período de furia persecutoria; algo más tranquilo, al iniciarse un poco de calma en el alma de quien le perseguía, mejorando sensiblemente a medida que nuestras reflexiones hacían penetrar la luz en aquel pobre espíritu animado de malos instintos y, con notable curación completa del enfermo, súbita, inesperada, inexplicable para los médicos que asistían al internado en el manicomio, el mismo día y casi en la misma hora en que su desgraciado obsesor lloraba pidiendo perdón por el mal que en su extravío sectario había causado al enfermo, quien tras unos días de prudente observación, fue dado de alta por hallarse curado, restituyéndose al seno de su familia.

Tal es el caso, sumariamente expuesto, lleno de un gran interés médico y filosófico. Demuestra hasta qué grado pueden influir sobre nosotros los desencarnados, si no les oponemos las necesarias resistencias fluídicas; demuestra que el más allá es una continuación del más acá, a donde llevamos nuestro lastre, denso, fluido o etéreo, incluso con nuestros prejuicios más absurdos, que a primera vista parece habrían de desconocerse al traspasar la frontera; demuestra la utilidad práctica de la oración, que no es un sentimentalismo verbal, sino una fuerza real que actúa y puede modificar sensiblemente el estado de los seres a quienes se dirige; demuestra hasta qué punto la medicina, como las ciencias todas, se beneficiarán en el día de mañana, cuando sea práctica extendida y criterio generalmente aceptado, lo que hoy es sólo patrimonio de un reducido número de seres a quienes les ha cabido la inmensa fortuna de adelantarse a los tiempos que seguramente vendrán.

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FUENTE:  “La Luz del Porvenir” – Año XII (3ª época) Mayo de 1925 – Número 149.

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