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EL DESARROLLO ESPIRITUAL

Y LAS ENFERMEDADES NERVIOSAS

Roberto Assagioli (Venecia, 27 de febrero de 1888 – Capolona d’Arezzo, 23 de Agosto de 1974) fue un psiquiatra y pensador italiano, pionero de la psicología humanista y transpersonal, creador de la psicosíntesis,  la cual es un enfoque integral para el desarrollo humano, un método de autoformación y una escuela de psicología y psicoterapia. La Psicosíntesis constituye un enfoque de carácter holístico cuyo objetivo es el desarrollo de la persona en forma dinámica y el progresivo establecimiento de la armonía, la integración y transformación de los distintos elementos de la personalidad.

El siguiente texto es la trascripción de una conferencia dada por el Dr. Roberto Assagioli en la Tercera Sesión de Verano en el Centro Internacional de Investigación Espiritual en Ascona, Suiza, en Agosto de 1932. Traducción de la Revista Beacon, que publica Lucis Trust .


El desarrollo espiritual del hombre es una larga y ardua aventura. Un viaje a través de tierras extrañas, llena de sorpresas, dificultades y hasta de peligros. En realidad, no es nada menos que pasar del reino humano al reino espiritual.

Involucra una purificación drástica y la completa transmutación de todos los elementos normales y puramente “humanos” de la personalidad, el despertar de una serie de facultades que antes yacían dormidas, la elevación de la conciencia a un nuevo reino y el funcionamiento en una nueva dimensión interna.

En efecto, deberíamos comparar al hombre, tal como era antes de iniciar esta conquista, con el que llega a ser cuando ha alcanzado la cima de la perfección espiritual y no encontramos prácticamente nada de la anterior personalidad porque son dos seres completamente diferentes. No nos debería sorprender, por lo tanto, que un cambio tan completo, que una transformación tan fundamental esté marcada por diversas etapas críticas y que no sea raro que vayan acompañadas por varios problemas nerviosos, emocionales y mentales.

Estos desórdenes nerviosos, aunque puedan aparecer, ante la observación clínica objetiva del doctor, como una presentación de los mismos síntomas debidos a otras causas, realmente tienen otro significado y valor y necesitan un tratamiento muy diferente.

Las enfermedades, debidas a causas espirituales, se están presentando con mayor frecuencia en la actualidad y a medida que el número de personas que se encaminan, consciente o inconscientemente , hacia una vida superior, es mucho mayor que antes. Es más, debido al gran desarrollo y complejidad de la personalidad y, específicamente, a una mente más crítica del hombre moderno, el desarrollo espiritual ha llegado a ser un proceso más difícil y complejo. En muchos casos, en el pasado, una conversión moral o una simple devoción completamente entregada a un maestro divino o salvador, o rendirse completa y amorosamente a Dios, era suficiente para abrir las puertas que conducían a la conciencia y unión divina.

Por otro lado, el reajuste del hombre moderno es más completo y bien equilibrado, pues requiere de la regeneración de toda la personalidad, que incluya una mente bien desarrollada y alerta, evitando así la parcialidad de un desarrollo puramente devocional.

Por estas razones, pienso que hacer un repaso general al desarrollo de las condiciones nerviosas que aparecen en las diferentes etapas de la realización espiritual , puede ser de interés y servir de utilidad y dar algunas claves para su tratamiento apropiado.

Podríamos clasificar, para mayor claridad, cinco puntos críticos en el sendero interno:Las crisis que preceden al despertar espiritual.

1.- Las crisis que preceden al despertar espiritual.

2.-Las crisis provocadas por el despertar espiritual.

3.-Las reacciones al despertar espiritual.

4.- Las etapas del proceso de transmutación.

5.- La “Noche Oscura del Alma”.

Pasemos ahora a examinarlas brevemente:

1.- Para entender completamente, las extrañas experiencias que generalmente preceden al despertar del alma , debemos repasar algunas de las características del hombre común.

Uno podría decir que éste “se deja vivir”, en lugar de vivir. Toma la vida como llega y no se preocupa con el problema del significado, valor y objetivo. Si pertenece al tipo común sin evolución, se dedica a la satisfacción de sus deseos personales, busca el placer de los sentidos, volverse rico y satisfacer sus ambiciones. Si está más desarrollado, subordina su satisfacción personal al cumplimiento de los deberes familiares y sociales que se le asignan, sin molestarse en comprender sobre qué base reposan esas obligaciones, o de qué origen proceden. Se puede considerar a sí mismo como una persona “religiosa” y creyente en Dios, pero su religión es meramente exterior y convencional y cuando se ajusta a los preceptos de su iglesia y toma parte en sus ritos, siente que ha cumplido con todo lo que se le pide. En pocas palabras, implícitamente cree en la realidad absoluta de la vida ordinaria y está fuertemente apegado a los bienes terrenales, a los que atribuye un valor positivo; de este modo, prácticamente considera esta vida como “un fin en sí mismo .” Aunque crea en un futuro cielo, dicha creencia es completamente teórica y académica, como se comprueba por el hecho de que se esfuerza al máximo para merecer el disfrute de ese maravilloso cielo.

Pero puede suceder que este “hombre común” sea sorprendido y perturbado por un repentino o lento cambio en su vida interior. Esto puede ocurrir después de una serie de disgustos; frecuentemente después de un choque emocional, como la pérdida de un pariente amado o un amigo muy querido. Pero algunas veces ocurre sin una causa aparente y en medio del gozo de completa salud y prosperidad. A menudo, el cambio comienza con un sentido de descontento, de vacío, de carencia de algo no material y definido; es algo vago y evasivo, imposible de describir.

A esto se agrega, en diferentes grados, un sentido de la irrealidad, de la vanidad de la vida común: todos los asuntos personales, que antes absorbieron gran parte de su atención e interés, parecen retraerse a un segundo plano, hasta perder su importancia y valor. Surgen nuevos problemas; el individuo comienza a preguntarse sobre el origen y el propósito de la vida; y sobre la razón de muchas cosas que antes tomaba como algo casual, como el significado de su propio sufrimiento y del de los demás y de qué justificación hay para tanta desigualdad en el destino de los hombres.

Cuando se alcanza este punto, comienzan a aparecer los malentendidos y errores. Muchos, que no comprenden la importancia de estos nuevos estados mentales, les miran como caprichos anormales estúpidos y extravagancias mentales. El temor a convertirse en un desequilibrado, le hace luchar combatiéndolos de varias maneras. Hacen esfuerzos para readaptarse a la realidad de la vida ordinaria que parece escaparse de ellos. A menudo se meten en un torbellino de actividad externa, buscando nuevas ocupaciones, estímulos y sensaciones. Por estos y otros medios, logran aliviar su condición perturbada por cierto tiempo, pero son incapaces de librarse completamente. Aquello continúa fermentándose en el interior de su ser, socavando las bases de su existencia ordinaria y, fácilmente, irrumpe de nuevo, quizás después de un largo tiempo, con intensidad renovada. El estado de agitación se torna más y más doloroso y la sensación de vacío interior más intolerable. El individuo se siente aniquilado. Todo lo que constituyó su vida, ahora le parece un sueño; se desvanece como una sombra, en tanto que la nueva vida aún no llega. En realidad, ignora que esa luz existe, o no cree que pueda ser posible poseerla.

Frecuentemente sucede que, en este estado de perturbación, sobreviene una crisis moral más definida: la conciencia despierta y se vuelve más sensible ; aparece en el individuo un nuevo sentido de responsabilidad y se siente oprimido por un denso sentido de culpa, de remordimiento por el mal cometido y se juzga a sí mismo con severidad, volviéndose presa de un profundo desaliento.

En este punto, no es extraño que la mente contemple la idea del suicidio. Para el hombre mismo, pareciera que la aniquilación física fuera la única conclusión lógica para este derrumbe y desintegración.

La anterior descripción constituye, únicamente, un delineamiento general de dichas experiencias. En realidad existen amplias y profundas experiencias entre los diversos individuos. Hay muchos que no alcanzan la fase más aguda, mientras que otros llegan a ella rápidamente. Algunos son asaltados por las dudas intelectuales y problemas metafísicos; en otros la depresión emocional o la crisis moral es el rasgo más pronunciado.

Las diferentes manifestaciones de la crisis espiritual tienen mucha semejanza con algunos síntomas que los doctores consideran característicos de las enfermedades nerviosas llamadas neurastenia y psicastenia. En realidad, una de las principales características de esta última, es lo que el profesor Pierre Yanet, acertadamente, llama “la pérdida de la función de la realidad” y a otra la

llama “ despersonalización ”. La semejanza se hace aún mayor por el hecho de que la tensión de la crisis espiritual produce también fácilmente síntomas físicos como tensión nerviosa, insomnio y varios problemas digestivos y circulatorios.

2.- La apertura del canal entre la personalidad y el alma y el flujo de luz, alegría y energía que la acompaña, a menudo produce una maravillosa liberación. Los conflictos y el sufrimiento precedentes se desvanecen y desaparecen los síntomas nerviosos y físicos que produjeron, a veces con sorprendente rapidez, confirmando así el hecho de que no se debían a causas orgánicas, sino que eran el producto directo de un conflicto interno. En tales casos, el despertar espiritual significa una cura real. Pero en los casos donde la personalidad es más defectuosa en ciertos aspectos, pueden sobrevenir diferentes incidentes y hasta verdaderas enfermedades. Esto sucede, por ejemplo, cuando la mente no está bien equilibrada, o las emociones son incontroladas, cuando la naturaleza síquica está sobre-desarrollada o el sistema nervioso demasiado sensible. En casos donde la afluencia de energía espiritual es sobrecogedora por su rapidez y fuerza.

Cuando la mente es demasiado débil para aguantar la iluminación, o cuando hay una tendencia al egoísmo y la vanidad, la experiencia se interpreta erróneamente y hay, por decir, “ una confusión de planos ”. La distinción entre la verdad absoluta y relativa, entre el alma y la personalidad, es borrosa y la fuerza espiritual tiende a alimentar e inflar el ego personal.

Yo conocí un ejemplo impactante de dicho efecto desastroso hace algunos años en el Hospital Psiquiátrico de Ancona. Uno de los internos, un hombrecito corriente, antiguo fotógrafo, suave y persistentemente declaraba que él era “Dios”. Alrededor de esta idea central, construyó una serie de fantásticos engaños, acerca de huestes celestiales bajo su mando. Aparte de esto, era el tipo más pacífico, bondadoso y considerado que uno pudiera imaginar, siempre listo para ayudar a los doctores y pacientes. Era tan confiable y coordinado en sus actos, que el asistente de la farmacia le confiaba la preparación de las medicinas y las llaves de la farmacia. El único lapso en su comportamiento perfecto era que algunas veces robaba azúcar para darle placer a alguno de los internos del asilo.

Un doctor materialista probablemente lo consideraría como un caso común de ilusión, pero yo pienso que existe una interpretación más verdadera y profunda de la locura de este hombre. Desde el punto de vista metafísico puramente, su afirmación básica es muy correcta; a la luz de la filosofía Vedanta no existe otra realidad que el “Absoluto”. Brahma, y cada pupilo de los instructores de Vedanta se vincula con el Absoluto y se une intrépidamente en la afirmación: Aham evam param Brahmán (verdaderamente soy el supremo Brama). El error fatal del hombre era que atribuía los atributos de Dios a su yo personal no regenerado y sacaba fantásticas e infantiles consecuencias de este hecho. Filosóficamente hablando, su error podría ser descrito como una confusión entre la verdad Absoluta y relativa, entre el punto de vista metafísico y personal.

Este es un caso extremo, pero ejemplos más o menos pronunciados de dicha confusión no son escasos entre personas que son deslumbradas por el contacto con una verdad espiritual, que es demasiado grande para captarla y asimilarla de manera adecuada, con su poder mental.

Probablemente todos conocemos algunos casos de estos y que se pueden encontrar en todos los cultos y movimientos espirituales.

Esta “confusión de planos” a menudo podría ser evitada, creo, si las doctrinas metafísicas se presentaran con mayor calidad y sabias advertencias . Cuando el error se infiltra, es inútil tratar de convencer al individuo de que está completamente equivocado o ridiculizar su ilusión; esto sólo despierta su oposición y resentimiento. La mejor manera es simpatizar con él, admitiendo la verdad final de su creencia, pero luego señalarle donde reside el error y entrenar su mente para hacer las distinciones necesarias. En otros casos, la súbita irrupción de la iluminación produce un trastorno que se expresa en reacciones intensas y desordenadas: llantos y gritos, cantos y toda clase de explosiones histéricas.

Quienes pertenecen al tipo activo y agresivo, frecuentemente son impulsados a desempeñar el papel de profeta o salvador, por la excitación del despertar y a fundar una nueva secta caracterizada a menudo por el fanatismo y el proselitismo.

En algunos tipos desequilibrados y neuróticos, existe un despertar del psiquismo. Tienen visiones, generalmente de seres exaltados, o pueden escuchar voces, o empiezan a escribir automáticamente, tomando los mensajes literalmente y obedeciéndolos sin reserva. La calidad de dichos mensajes es muy diversa. Algunas veces contienen hermosas enseñanzas, pero siempre deben ser examinadas con máxima discriminación y cuidado, sin considerar su origen anormal o las demandas del transmisor. Se debe ejercer reserva especial con los mensajes que contienen órdenes y ordenan ciega obediencia, o los que tienden a exaltar la personalidad de quien los recibe. Los verdaderos maestros espirituales nunca usan esos métodos.

Aparte de la autenticidad y el valor de los mensajes, permitir tales actividades psíquicas ocasiona daño a la salud y perjudica el control emocional y mental. Existen otra clase de poderes superiores que son el resultado de un desarrollo y realización espiritual, los cuales son ejercidos concientemente y totalmente controlados por el alma.

3.- Las reacciones que nos ocuparán en esta sección se desarrollan y generalmente ocurren después de cierto tiempo de haber despertado.

Como dije, un despertar espiritual armónico se caracteriza por una sensación de gozo e iluminación mental que trae consigo la visión interna del significado y propósito de la vida. Desecha muchas dudas, ofrece la solución a muchos problemas y proporciona un sentido de seguridad interior. Al mismo tiempo se percibe que la Vida es Una y un gran aflujo de amor espiritual penetra en el individuo despierto hacia sus semejantes y a toda la creación. En realidad, no hay nada más refrescante y delicioso que la contemplación de un neófito revelando tal “estado de gracia”. La antigua personalidad, con sus aristas y características desagradables, pareciera haberse desvanecido y un nuevo amoroso y adorable individuo nos sonríe y también al mundo, lleno de anhelo por complacer, servir y de compartir sus riquezas espirituales recién adquiridas, pues le es casi imposible contener tanta abundancia. Tal estado de beatitud tiene diversa duración, pero está sujeto a pasar. El yo inferior sólo estaba temporalmente subyugado y aturdido, pero no muerto ni transformado. El flujo de luz y amor espiritual es rítmico, como todo lo demás en el universo y,después de cierto tiempo, disminuye o cesa, el reflujo sigue al flujo.

Esta es una experiencia muy dolorosa para el neófito y es apta, en algunos casos, para producir reacciones fuertes y ocasionar serios problemas. El yo inferior vuelve a despertar y se afirma con fuerza renovada. Todas las rocas y desechos que habían sido cubiertos y disimulados por la marea alta, surgen nuevamente.

El hombre, cuya conciencia moral se ha vuelto más refinada y exigente, cuya sed de perfección se ha vuelto más intensa, juzga a su personalidad con mayor severidad y se condena con renovada vehemencia, siendo propenso a alimentar la errónea creencia de haber caído más bajo que antes . Algunas veces sucede que las tendencias e impulsos inferiores, que yacían dormidos en el subconsciente, son vitalizados por la irrupción de la energía superior, o agitados en una fuerte oposición, por la consagración espiritual del alma que despierta, porque constituyen una amenaza y un reto para ella. (Esto corresponde a lo que H. Blavatsky describe en la Doctrina Secreta como “la fiebre del voto”, que afecta a muchos aspirantes).

En ocasiones la reacción llega tan lejos que, el individuo llega a negar la realidad y el valor de su reciente experiencia espiritual. Las dudas y la crítica penetran en su mente y es tentado a considerar toda la situación como una ilusión, fantasía o una embriaguez sentimental. Se vuelve amargado y sarcástico, se ridiculiza a sí mismo y a los demás y hasta llega a dar la espalda a sus ideales y aspiraciones espirituales. Pero, no importa cuán duro se trate, ya no regresa a su antiguo estado; “ ha contemplado la visión” y su belleza y atractivo permanece con él, a pesar de sus esfuerzos para suprimirlo. No puede aceptar la vida corriente de antes, o satisfacerse con ella. Una nostalgia divina lo asedia y no le deja en paz.

Algunas veces la reacción ofrece un carácter más patológico; los arranques de depresión, desespero y tentaciones de suicidio pueden constituir un verdadero problema . El tratamiento apropiado, en dicha crisis, consiste en impartir una comprensión clara de su naturaleza y explicarle que la única salida es superarla . Debemos aclararle al “paciente” que ese estado de gracia que experimentó, no puede durar para siempre y que la reacción era inevitable. Es como si hubiese realizado un enorme vuelo a las iluminadas cimas de las montañas y allí hubiera entendido su gloria y vastedad y la belleza del panorama que se extiende abajo pero, después del viaje, uno regresa al lugar de partida y se tiene que ascender, paso a paso, el empinado sendero que conduce a las alturas.

La realización de que este descenso o “caída” es un hecho natural, proporciona un gran alivio a la mente y anima al peregrino a asumir la ardua tarea que tiene frente a sí, en el sendero hacia la Realidad.

4.- Ahora nos ocuparemos de la fase en la cual el aspirante reconoce que las condiciones necesarias que se deben cumplir y el precio a pagar para el elevado logro de la unión con la Realidad Divina, son la transmutación y total regeneración de la personalidad.

Es un proceso largo y de muchas facetas, que incluye etapas de purificación activa, con el fin de remover los obstáculos para el flujo y actuación de las fuerzas espirituales; las etapas del desarrollo y la construcción de las facultades que moran dormidas o sin desarrollar y las fases en las cuales, el yo personal, tiene que permanecer quieto, dejando actuar al espíritu, soportando la presión y el dolor inevitable del proceso.

Es un período extraordinario, lleno de cambios o alteraciones entre la luz y la oscuridad, entre la alegría y el sufrimiento.

Las energías y la atención del aspirante, a menudo, están enfocadas en su tarea, que es poder arreglárselas con los problemas y actividades, para que la vida normal no sea perjudicada, que observada desde afuera y medida en términos de la eficiencia común, parece haberse deteriorado y estar menos capacitado que antes. Los juicios superficiales e injustos de los bien intencionados, pero no iluminados amigos y médicos, no le perdonan, y se constituye en el blanco de comentarios sarcásticos y espinosos, acerca de los resultados “maravillosos” de los ideales y aspiraciones espirituales, que lo hacen débil e ineficaz en la vida práctica. Dichos comentarios, a veces son muy dolorosos para el sensible aspirante. A veces llega a ser influido por ellos y se convierte en presa de la duda y el desaliento.

Este proceso llega a ser una de las pruebas del Sendero y una lección para transformar la susceptibilidad personal en estabilidad, independencia de juicio y desapego. Los aspirantes deberían aceptarlo alegremente y aprovecharlo como una oportunidad para adquirir fortaleza. Si, de otro lado, las personas que rodean al aspirante son iluminadas y comprenden, pueden ser de gran ayuda y protegerlo de la fricción y el sufrimiento innecesario.

En realidad, es un período de transición. Un paso de un antiguo estado, sin haber alcanzado el nuevo; una etapa intermedia en la cual, como adecuadamente lo ha expresado un maestro, “ uno está viendo doble ”. Esta condición es similar a la de la oruga que pasa por el proceso de transformación hacia la alada mariposa; el insecto ha de pasar por la etapa de crisálida, que es una condición de desintegración e impotencia. Pero el aspirante, generalmente, no tiene el privilegio del capullo protector, para pasar el proceso de transformación en soledad y paz. Particularmente y en la actualidad, ha de permanecer donde está y continuar desempeñando sus obligaciones familiares, profesionales y sociales, tan bien como le sea posible, como si nada estuviera ocurriendo. Su problema es similar al que se enfrentaron los expertos ingenieros encargados de reconstruir y ampliar una estación muy congestionada de Londres, sin interrumpir el tráfico ni por una hora.

No es de sorprender, entonces, que tal trabajo, difícil y complicado, pudiera producir ciertos problemas mentales y nerviosos, en forma de cansancio nervioso, insomnio, depresión emocional, aridez, agitación mental e inquietud. Estos a su vez, debido a la gran influencia que tiene la mente sobre el cuerpo emocional, fácilmente pueden producir los más variados síntomas y desórdenes físicos.

En el tratamiento de esos casos, se debe reconocer la verdadera causa y dirigirse a ella, porque todos los remedios externos y meramente físicos pueden ayudar a aliviar los síntomas, neutralizando los peores resultados pero, obviamente, no pueden curar radicalmente la condición.

Algunas veces el problema es ocasionado o agravado por un esfuerzo personal exagerado para forzar el desarrollo superior, produciendo represión en lugar de transformación de los elementos inferiores, con la indebida intensificación del conflicto y la tensión nerviosa y mental consecuente.

El aspirante debe comprender que el trabajo fundamental siempre es realizado por el alma y sus energías y que su principal tarea es atraer esas energías mediante la aspiración, meditación y correcta actitud, y luego permitirles realizar el trabajo de purificación y adaptación dentro de él. Él necesita captar el profundo significado del sabio mandato contenido en La Luz en el Sendero, Segunda Parte:

1.- Permanece a un lado cuando te aproximes a la batalla y, aunque luches, no seas el guerrero.

2.- Busca al Guerrero y déjalo batallar en ti.

3.- Toma sus órdenes y obedécelas.

4.- Obedécele, no como si fuera un general, sino como si fueras tú mismo y sus palabras fueran la declaración de tus deseos secretos; por que él eres tú mismo, pero más sabio y más fuerte que tú mismo. Búscale, más en la fiebre y la prisa de la batalla puedes pasar de largo; y él no te reconocerá a menos que tú le conozcas. Si tu clamor alcanza a su oído, entonces él peleará en ti, y llenará el profundo vacío interno. Y si esto ocurre, entonces puedes ir de principio a fin y batallar sereno y sin enfado, permaneciendo a un lado y dejándole batallar por ti. Luego será imposible que asestes un golpe erróneamente. Pero si no lo buscas, si pasas de lado, entonces no habrá salvación para ti. Tu cerebro vacilará, tu corazón dudará y en el polvo del campo de batalla, tu vista y tus sentidos fallarán y no distinguirás tus amigos de tus enemigos. Él eres tú mismo. Y aún así, eres finito y propenso a errar; él es eterno y está asegurado. Él es la eterna verdad. Una vez haya entrado en ti y llegue a ser tu Guerrero, nunca jamás te abandonará; y en el día de la gran paz llegará a ser uno contigo”.

Una dificultad diferente y, en cierto sentido, opuesta, confronta al aspirante durante los períodos en los cuales, el flujo de fuerza espiritual procedente del alma es fácil y abundante. Si no se controla sabiamente, se puede dispersar en febril excitación y actividad . O, por lo contrario, se puede tener en mucha expectativa y quedar inexpresado, de modo que se acumula y a través de su fuerte presión y alto voltaje puede dañar los cuerpos sutiles y el físico, así como una corriente muy fuerte puede producir un cortocircuito, quemando los fusibles y derritiendo los alambres.

La verdadera solución es utilizar las energías espirituales constructiva y armónicamente en el trabajo de la regeneración interna, por medio de la expresión creativa y el servicio fructífero, de acuerdo con las condiciones y oportunidades del individuo.

Pueden surgir otras dificultades a partir de las diferentes cualidades de las fuerzas que entran en juego. La cualidad de la energía del alma (técnicamente denominada el Rayo del Ego, puede ser diferente de aquel predominante en la personalidad). Frecuentemente esto produce un período de conflicto entre ambos y puede ocasionar diversas enfermedades nerviosas, hasta el momento en que se efectúa una adaptación.

5.- Cuando el proceso de transformación alcanza su clímax, su etapa decisiva, está marcado por un período de intenso sufrimiento y oscuridad, llamado por los místicos cristianos, “la noche oscura del alma”. La angustia mental y la gran depresión que le acompañan, tiene gran semejanza a los síntomas de la enfermedad mental que los siquiatras llaman “psicosis depresiva” o “melancolía”. Estos síntomas son, principalmente: un estado emocional de desesperación, un agudo sentido de inutilidad, una auto- desaprobación y auto-acusación sistemática, la impresión de estar cruzando el infierno llega a ser tan vívida que produce la ilusión de estar eternamente condenado, un agudo y doloroso sentido de impotencia intelectual, pérdida del poder de voluntad y autocontrol e incapacidad y disgusto para la acción.

Algunos de estos síntomas pueden aparecer en forma moderada durante las primeras etapas, pero no se deben confundir con la verdadera “noche oscura del alma”.

Como lo expresó Adela Curtis en su vívido estilo:

“ Sientes como si no fueras nada más que un hueco; un inmenso e insondable vacío de dolor, en el cual se hubiera vertido toda la creación y aún continuara vacío, clamando por Dios. Por supuesto, todos creemos que estamos en esta etapa mucho antes de que tengamos una verdadera visión de ella. Cualquier estado de insatisfacción se puede interpretar como fuera ella, como lo descubriremos cuando estemos en presencia de la cosa real y recordemos las innumerables imitaciones absurdas que nos engañaron, con el cuestionamiento: ¡cómo Dios podría descuidar una sed y un hambre como la nuestra!”

Esta extraña y terrible experiencia interna no es solamente un estado patológico; tiene una causa espiritual específica y un gran propósito espiritual. La causa ha sido explicada por Platón y por San Juan de la Cruz mediante la misma analogía.

Platon , en su famosa alegoría de la “caverna oscura”, contenida en el Séptimo Libro de su República, compara a los hombres no iluminados con los prisioneros en una caverna o cueva oscura, y dice:

“En un principio, cuando ninguno de ellos está liberado, es impulsado súbitamente a pararse, volver la cabeza y caminar hacia la luz, él sufrirá terribles dolores; el brillo le molestará y será incapaz de ver las realidades de la cuales, en su anterior estado, había percibido las sombras .”

San Juan de la Cruz utiliza palabras curiosamente similares. “El yo está en la oscuridad, porque está enceguecido por una Luz mayor que la que puede soportar. Entre más clara sea la luz, más enceguece los ojos del búho, y entre más fuertes los rayos del sol, más enceguece los órganos visuales; venciéndolos por razón de su debilidad y privándolos de su facultad de ver. De igual modo, la Luz Divina de la contemplación, al impactar sobre el alma aún no perfectamente iluminada, ocasiona oscuridad espiritual; no sólo porque sobrepasa su fuerza, sino por la enceguece y priva de sus percepciones naturales… Así como los ojos, debilitados y nublados por los humores, padecen dolor cuando la luz clara los impacta; así el alma, por razón de su impureza, sufre grandemente cuando la Luz Divina brilla sobre ella. Y cuando los rayos de esta luz pura brillan sobre el alma, para expulsar las impurezas, el alma se percibe tan poco limpia y tan miserable, que pareciera como si Dios Se hubiera puesto en su contra, y como si ella misma estuviera contra Dios. ¡Maravillosa y lastimosa visión! Tan grandes son las debilidades e impurezas del alma, que la mano de Dios, tan suave y gentil, se siente fuerte y opresiva, aunque no esté presionando ni asentándose sobre ella, sino sólo tocándola, y eso, también, de la manera más misericordiosa; porque Él toca al alma, no para castigarla, sino para recargarla con Sus gracias .”

Evelyn Underhill explicó muy claramente el propósito de la “noche oscura”:

“La función de este proceso, en el Sendero Místico, es curar al alma de la tendencia innata a buscar y reposar en los goces espirituales; confundir la Realidad con el gozo dado por la contemplación de la Realidad. Es en la consumación de ese ordenamiento de amores enfermizos, donde la translación de los valores, inició el Sendero del Purgatorio. El yo que asciende debe abandonar esas satisfacciones infantiles, hacer su amor totalmente desinteresado, fuerte y valiente y abandonar toda traza de glotonería espiritual. La suprema condición, para la participación del hombre en la Realidad, es un total abandono de los cánones personales, de esa búsqueda trivial y egoísta del éxito personal que pervierte el gran movimiento de la Luz Afluyente.

En la Iluminación, el alma, bañada por la Luz increada, identificó la Naturaleza Divina con la Luz Divina y la dulzura que disfrutó entonces. Su conciencia de lo trascendente se ha manifestado, principalmente, como un aumento de visión y goce personal. De esta manera, en ese estado de desprendimiento, “el Yo, el Mi, lo Mío”, aunque espiritualizados, aún permanecen intactos. La mortificación de los sentidos fue más que compensada por la rica y feliz vida que esta mortificación confirió al alma. Pero antes de que ocurra la unión real y permanente con el Absoluto; antes de que todo el yo aprenda a vivir en estos elevados niveles donde, estando totalmente entregado a la Infinita Voluntad, puede ser completamente transmutado en Dios y fusionado en la gran vida del Todo; esta vida separada, esta dependencia de los goces personales, deben ser desechadas…

Los diversos tormentos y desolaciones de la Noche Oscura constituyen esta última y drástica purgación del Espíritu; la eliminación de la separatividad, la aniquilación de la individualidad, aunque todo ese yo ahora reclame su derecho a ser el Amor de Dios.”

La “noche oscura del alma” en su última y más elevada etapa, corresponde a lo que ha sido denominado la “crucifixión mística”; la muerte y resurrección que realmente marca la desintegración de la personalidad, el “antiguo Adán” y el triunfo del alma, el “nuevo Cristo”.

Muchas dificultades serias que, a veces, llegan a ser enfermedades, se deben a una causa especial y tienen su origen fuera de la personalidad del sufriente. Esta causa es la “sustitución mística”, por medio de la cual un alma ardiente, amorosa y generosa, se atrae el sufrimiento interno y hasta los síntomas físicos de otra persona (transferencia). Esto puede sonar extraño y casi increíble en un principio, pero una investigación más cercana, mostrará que realmente es solo un ejemplo extremo de asumir, por medio de la simpatía, la condición de otra persona, que hemos experimentado muchos, algunas veces. La distinción importante es que en el caso de la “sustitución mística”, se puede lograr tanto en sentido personal como general. Los ejemplos de lo anterior no son raros en las vidas de los Místicos y Santos cristianos.

El caso más familiar probablemente es el de Santa Teresa de España , que dice en su autobiografía que asumió la intensa tentación de un sacerdote que, tan pronto como Santa Teresa comenzó a experimentar su tormento, inmediatamente quedó liberado de ella.

El caso más extremo y dramático es quizás el de Santa Lyduina de Schiedam, que logró atraerse una serie de graves enfermedades. Su historia extraordinaria ha sido gráficamente descrita por el novelista francés, Huysmans.

La “sustitución mística” general consiste en ofrecer compensación por medio del propio sufrimiento, por los sufrimientos y errores de la humanidad en general. Las órdenes religiosas más austeras y contemplativas, como los Trapenses y los Carmelitas, hacen esto regularmente.

Un experimento interesante de esta clase, hecho por un grupo de hombres profanos en colaboración con los Carmelitas de San Remo, ha sido relatado por Montague Summers en su artículo sobre la Sustitución Mística. Él describe los efectos así:

“Las experiencias síquicas de los místicos fueron muy notables. Entre otras cosas, todos sufrieron, durante el período de su oblación, de una intensa laxitud mental y aridez espiritual, lo cual era prueba segura de que la sustitución había sido aceptada y que aún continuaba. Es más, se puede notar que este estado psicológico empezó abruptamente en cada caso, después de haber realizado la oblación, incrementándose a cada hora la incomodidad interior y el dolor, sin tener alivio o una advertencia, hasta cuando la nube oscura se dispersaba repentinamente, y en un momento era seguida por la luz del sol de la paz interna y las consolaciones que eran más dulces que la desolación antecedente, por el contraste .”

En Oriente, esta actividad espiritual es realizada de manera diferente, pero con una abnegación, no menos incondicional y heroica. La encontramos expresada en el voto con el cual se consagra el mismo Bodhisatwa, o futuro Buda, a renunciar a la bendición del Nirvana y entrega todo Su Ser para el bien de la totalidad.

“Con el mérito de todos mis bienes, aspiro a aliviar los dolores de todas las criaturas, ser medicina, doctor, sirviente de todos aquellos que estén enfermos mientras exista la enfermedad, a ser yo mismo alimento y bebida durante la hambruna, a ser un tesoro inagotable para el pobre y el sirviente, quien los surta con todo lo que carecen. Renuncio, sin consideración a mí mismo, a la vida en todas sus reencarnaciones, todas mis pertenencias, todo el mérito logrado hasta ahora y en el futuro, para obtener la salvación de todas las criaturas… quiero ser protector de quienes no tienen a nadie, guía para los viajeros, para aquellos que desean alcanzar la otra orilla. Quiero ser un bote o un puente, una lámpara para quienes están en la oscuridad, un lecho para quienes quieran descansar, un armario para quienes necesiten uno… como los elementos: tierra, agua, aire y fuego están en cada forma al servicio de las innumerables criaturas que pueblan la vastedad del mundo, que así pueda Yo, en cada forma y en todo el mundo, contribuir a la vida de todo cuanto existe hasta que todas las criaturas hayan sido liberadas .”

Esto es lo que hacen los Grandes Seres que en Oriente son llamados Mahatmas, que renuncian a la gloria para aliviar, compartiendo, los dolores y sufrimientos de la humanidad.

“¡Ay de mí! Cuando una vez hayas llegado a ser como la nieve pura del valle de las montañas, frío e inerte al contacto, tibio y protector de la semilla que duerme en la profundidad de su seno, es ahora cuando la nieve que debe recibir la quemante helada, las ráfagas del norte, protegiendo así de su cruel y cortante diente a la tierra que contiene la cosecha prometida, la cosecha que alimentará a los hambrientos.

Recluido para vivir a través de los futuros Palpas, ignorado y sin la gratitud de los hombres, encajado como una piedra dentro de otras piedras incontables que forman el Muro de Protección -(se refiere a la enseñanza de que los esfuerzos acumulados de muchas generaciones de yoghis, santos, adeptos y especialmente de los nirmanakayas, han creado, por así decir, un muro de protección alrededor de la humanidad, que protege a la humanidad de males aún mayores)-, tal es tu futuro si pasas la séptima puerta. Construida con las manos de muchos Maestros de Compasión, elevado consus torturas, encementado con su sangre, protege a la humanidad, desde que el hombre es hombre, protegiéndolo de posterior y una miseria y dolor mucho mayor .”

Con las fuertes demandas, los sacrificios heroicos de la “sustitución mística” y el sufrimiento que involucra, puede desalentar a muchos aspirantes. Quiero aclarar que “la sustitución mística” es una vocación especial, un método particular de servicio, para ser utilizado sólo por aquellos que se sientan impulsados a ello y que sientan que tienen la suficiente entereza y resistencia para soportar sus pruebas. No todos los aspirantes tienen que utilizar este método, hay otras formas de servicio, menos extenuantes y exigentes, que son igual de útiles y necesarias para la elevación general de la humanidad. Le recomendaría, a quienes sientan el generoso impulso hacia la “sustitución mística”, que procedan con ella muy cuidadosa y gradualmente y probar muchas veces su fortaleza y el poder de resistir, para aguantar las reacciones intensas y casi insoportables.

El mismo Libro de los Preceptos de Oro que contiene las sublimes palabras que acabamos de citar, nos advierten muy sabiamente:

“Si no puedes ser el sol, entonces sé el humilde planeta. Siempre, si eres privado de brillar como el sol del medio día sobre los montes cubiertos de nieve y de pureza eterna, entonces elige, ¡Oh!, neófito, un curso más humilde.

 Señala el camino, aunque tenuemente, y perdido entre la hueste, como lo hace la estrella de la noche, a aquellos que huellan el camino en la oscuridad… Proporciona luz y consuelo a los peregrinos fatigados, y busca a quienes saben menos que tú; a quienes en su desolación lastimosa, se sienten privados del pan que alimenta la sombra, sin un Maestro, esperanza o consuelo, permíteles escuchar la Ley.”

El tema que elegí me ha obligado a tratar, casi exclusivamente, el lado más oscuro y doloroso del desarrollo espiritual, pero por ningún medio deseo dar énfasis indebido a su aspecto patológico, ni dar la impresión de que quienes están en el sendero de la realización espiritual, son más propensos a ser afectados por los problemas nerviosos que las personas comunes.

Por lo tanto, deseo establecer muy claramente los siguientes puntos:

1.- En muchos casos, el desarrollo espiritual es logrado de manera gradual y mucho más armónica que lo que he descrito anteriormente, y por lo tanto, las dificultades internas y las diversas etapas son superadas sin ocasionar reacción física severa o producir síntomas definidos.

2.- Los problemas nerviosos y mentales de la persona promedio, a menudo son más serios e intensos y más difícil para ellos aguantar y para los doctores curar, que los de los aspirantes. Ellos son ocasionados mayormente por los violentos conflictos entre sus bajas pasiones, o impulsos subconscientes y la personalidad conciente; o por la rebelión contra las condiciones y personas, debido a sus deseos egoístas.

Encontramos que algunos de ellos corresponden a la interpretación de Freud (que de ninguna manera es válida para todos); otros a la fórmula de Adler, etc. A menudo es difícil curarlos  satisfactoriamente, porque su lado superior todavía no ha despertado y hay poco a lo cual recurrir para inducirlos a realizar los sacrificios necesarios o someterlos a la necesaria disciplina para producir el requerido ajuste.

3.- Los problemas nerviosos y mentales del aspirante, no importa cuán serios puedan parecer, son reacciones temporales , sub-productos, por así decir, de un proceso orgánico de crecimiento interno y regeneración. Por eso, a menudo desaparecen espontáneamente cuando termina la crisis que los ha originado, o ceden más fácilmente al tratamiento adecuado.

4.- Los sufrimientos del místico, ocasionados por las oscilaciones descendentes, en el flujo de la marea espiritual, son bien compensados, no sólo por períodos de elevación interna, sino también por el recuerdo del gran Propósito y Meta de la búsqueda.

Esta visión de la gloria es una inspiración poderosa, un consuelo infalible y una fuente constante de fortaleza y valor. Por lo tanto, deberíamos afirmar este punto especial, recordando esa visión, tan vívida y frecuentemente como nos sea posible y uno de los mayores servicios que podemos prestar a nuestros compañeros de camino es ayudarles a hacer lo mismo.

Podemos visualizar la gloria y la beatitud del logro individual e imaginarnos el esplendor del hombre espiritual, del alma liberada, el conquistador de los tres mundos del esfuerzo humano, participando concientemente del conocimiento, el poder y la beatitud de la Vida una. Podemos contemplarlo en un sentido más amplio como la gloria del Reino de Dios cumplida en la tierra; la visión de la humanidad redimida, de toda la creación regenerada y regocijándose en la manifestación de las perfecciones de Dios.

Visiones como estas son las que han capacitado a los grandes místicos y santos a soportar sonrientes las torturas internas o el martirio físico y lo que hizo exclamar a San Francisco: “ tan grande es el bien que espero, que cada dolor es un gozo para mí ”.

Considerando ahora la cuestión más estrictamente, desde el punto de vista médico y psicológico , deberíamos comprender que, mientras los problemas que acompaña a las diversas etapas del desarrollo espiritual son en su apariencia externa muy similares y, algunas veces, idénticos a los que afectan a los pacientes comunes, sus causas e importancia son muy diferentes ; de hecho, en cierto sentido, son opuestos, y diferente el tratamiento correspondiente.

Los síntomas nerviosos del paciente común , generalmente tienen un carácter regresivo. El paciente logra hacer una de las adaptaciones internas y externas que hace parte del desarrollo normal de la personalidad. Puede que tenga éxito liberándose de un apego emocional a los padres, que persiste, más tarde en la vida, como dependencia infantil sobre ellos u otros individuos, que se vuelven un sustituto.

Algunas veces es la resistencia a suplir las necesidades de la familia común y la vida social, o la incapacidad de arreglárselas con las dificultades, lo que los hace buscar refugio inconcientemente en una enfermedad e invalidez nerviosa.

En otros casos, se debe a un choque emocional de alguna clase; a una desilusión o duelo que no pueden o no desean aceptar, a lo cual reaccionan con un colapso nervioso y síntomas mentales. En todos estos casos encontramos, como característica común, un conflicto entre la personalidad conciente y ciertas partes de sus elementos inferiores e subconscientes, con la victoria final de estos últimos.

Las dificultades producidas por la tensión y el conflicto del desarrollo espiritual tienen, por el contrario, un carácter progresivo específico . La descripción que hemos dado de ellos, indican claramente que son el resultado de conflictos y desajustes temporales entre la personalidad y las energías superiores que fluyen desde el alma. Es obvio que el tratamiento apropiado para las dos categorías debe ser diferente.

En la primera categoría, el problema terapéutico consiste en ayudar al paciente a alcanzar el estado normal de la persona común; eliminando las represiones e inhibiciones, los temores y apegos; ayudándoles a pasar del egocentrismo, del turbio estado de ensoñación y del punto de vista y evaluación distorsionada emocionalmente, hasta una consideración objetiva, sana y racional de la vida normal; un reconocimiento de sus deberes y una correcta apreciación de los demás individuos. Los elementos concientes y subconscientes contrastantes, parcialmente no desarrollados y no coordinados, han de ser armonizados e integrados en una psicosíntesis personal.

 La tarea terapéutica de la segunda categoría, en cambio, es llegar a un ajuste armónico, mediante la asimilación apropiada y una integración de las energías superiores afluyentes con los elementos normales pre-existentes ; esto es, de lograr un alineamiento entre el alma y la personalidad, una psicosíntesis espiritual alrededor de un centro superior.

De esto se deduce que el tratamiento apropiado para el primer grupo no sólo es inapropiado sino, a menudo, definitivamente dañino para el paciente del segundo grupo. Su parte es doblemente difícil si cae en las manos de un doctor que no entienda y aprecie la naturaleza espiritual del hombre, que ignore o niegue la posibilidad del desarrollo espiritual. (Esto aplica no solo al médico materialista, sino a los seguidores de algunas escuelas modernas muy difundidas de psicoterapia, como la de Freud). El médico ridiculizará las aspiraciones espirituales inciertas del paciente como si fueran meras fantasías, o puede interpretarlas de manera inferior y burda. De esta manera el paciente es persuadido de que hace bien endureciendo la coraza de su personalidad, cerrándola contra el insistente llamado del alma. Por supuesto, esto solo puede agravar la condición, intensificar el conflicto y retardar la solución correcta.

Por otro lado, un doctor que esté en el sendero espiritual o que, al menos, tenga claro entendimiento y actitud de simpatía hacia los logros y realidades espirituales, puede ser de gran ayuda para el paciente. Si, como a menudo es el caso, éste está en la etapa de insatisfacción, inquietud, si ha perdido su interés por la vida, si la existencia cotidiana ha perdido su atractivo y aún no vislumbra la realidad superior, si busca alivio en la dirección errónea, vagando de aquí para allá por avenidas ciegas, entonces la revelación de la verdadera causa de su problema y la indicación de la bella solución que espera, puede obrar milagros en producir el despertar interno, que en sí mismo constituye la curación. Este es uno de los resultados más gratificantes y felices para el doctor y el paciente.

Cuando el aspirante está en la segunda etapa, la del feliz baño en la luz espiritual y los gozosos vuelos hacia los niveles superiores de conciencia, se puede brindar gran asistencia explicándole la verdadera función y la naturaleza de este estado y advirtiéndole, con delicadeza, que necesariamente es una etapa temporal; describiéndole las vicisitudes de la búsqueda . Así, quedará preparado para el momento en que suceda la reacción y se puede evitar mucho sufrimiento debido a lo inesperado de la caída y a las dudas y desalientos consecuentes.

Cuando no se ha dado dicha advertencia y el paciente es tratado durante la reacción, se le puede explicar su naturaleza temporal y brindar mucho alivio y aliento, mostrándole ejemplos de personas que estuvieron en situación similar y salieron de ella.

En la cuarta etapa de los “incidentes del ascenso”, que es el más largo y complicado de todos, el trabajo del asistente es más complejo. Algunos de los puntos más importantes de este trabajo son:

  1. Iluminar al paciente sobre lo que está sucediendo y mostrarle la correcta actitud ante ello.

  2. Enseñarle a controlar , las tendencias inferiores que surjan del subconsciente.

  3. Iniciarlo en la técnica de la transmutación de las energías psicológicas.

  4. Ayudarle a utilizar apropiadamente las energías espirituales que afluyen desde el alma.

  5. Guiarlo y cooperar con él en el trabajo general de reconstrucción de su personalidad , de la psicosíntesis espiritual.

En la quinta etapa, “la noche oscura del alma”, es más difícil brindar cualquier asistencia por la misma naturaleza que envuelve al individuo en un manto de oscuridad y dolor que lo cierra a toda ayuda efectiva. Cuando se trata con este caso, la única manera de brindar ayuda es asegurarle incesantemente que ese estado es transitorio y que de ninguna forma puede ser permanente y sin esperanza, como el paciente tiende a creer. Asegurarle, con firme convicción, el inmenso y especial valor de la crisis, y que merece la pena soportarla, no importa cuán terrible sea; inducirlo a soportarla y aceptarla en su interior con calmada resignación y paciencia. Esta ayuda puede ser más efectiva, dándole con detalles, ejemplos y descripciones de otros que han atravesado esas experiencias, como Santa Teresa, Suso y el profundo análisis hecho por San Juan de la Cruz.

En todo este trabajo, el tratamiento psicológico y espiritual no excluye el tratamiento físico apropiado, que debe ser complementario, pero no puedo ahora entrar en esa parte del tema, excepto para indicar que debería consistir especialmente en prescribir una dieta apropiada, correcta cantidad y clase de descanso, relajación y contacto con la naturaleza y los medios médicos que puedan aliviar los dolores y fortalecer la resistencia nerviosa.

En algunos casos, el tratamiento es complicado por el hecho de que existe una mezcla de síntomas regresivos y progresivos. Estos son los casos de evolución interna irregular. Dichas personas pueden alcanzar un nivel espiritual con una parte de su personalidad y, aún así, quedar inválidas por otro lado, debido a ciertas fijaciones infantiles o por estar bajo el hechizo de un complejo subconsciente. Hasta se podría decir que, un análisis más exhaustivo muestra que la mayoría de quienes están hollando el sendero espiritual, muestran remanentes de este tipo. Esto no contradice nuestra aseveración anterior de que, en la mayoría de casos, se encuentra frecuentemente, una causa regresiva o progresiva que determina la condición. Sin embargo, se debe tener presente la posibilidad de cierta mezcla de las dos tendencias y hacer un examen e interpretación muy cuidadosa de cada síntoma, para acertar con la verdadera causa y el correcto tratamiento.

Por todo lo anteriormente dicho, es evidente que para tratar los problemas nerviosos y mentales que acompañan el desarrollo espiritual, se requiere tanto de entrenamiento como aptitud, es decir la capacidad del especialista nervioso y el psicólogo, como la del estudiante serio, o aún mejor, del viajero experimentado en el sendero espiritual . Este doble entrenamiento, en el presente, se combina raramente y, por esto, considerando el creciente número de individuos que requieren dicho tratamiento, se está volviendo urgente que muchos de los que desean servir a la humanidad remediando sus grandes necesidades, deban ser inducidos a calificar para esta tarea.

El trabajo debería ser facilitado, también formando a un cuerpo de enfermeros y asistentes entrenados, que pudieran colaborar inteligentemente, con estos servidores, en algunos detalles del tratamiento.

Sería de considerable beneficio también, que la parte más inteligente del público sea mejor informada de los hechos generales que se relacionan con este tema, para hacer más fácil la tarea del paciente y del doctor, en lugar de obstruir y volver el proceso aún más complicado por la ignorancia, el prejuicio y hasta la oposición activa, como generalmente ha sido el caso hasta ahora. Esto se refiere particularmente a la familia y parientes del paciente.

Cuando este triple trabajo de iluminación haya sido logrado entre los doctores, enfermeros y el público, se evitará una gran cantidad de sufrimiento y demoras innecesarias y muchos fervientes peregrinos alcanzarán más fácil y rápidamente la elevada meta de su esfuerzo: la unión con la Realidad Divina.

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Raymond Abellio, seudónimo del escritor francés Georges Soulès (1907-1986)

UN TESTIMONIO DEL ESTADO DE DESPIERTO

«Cuando, en la actitud natural que es propia de la totalidad de los que existen, “veo” una casa, mi percep­ción es espontánea; es la casa lo que percibo y no mi pro­pia percepción. Por el contrario, en la actitud “trascen­dental”, percibo mi percepción misma. Pero esta percepción de la percepción altera radicalmente el esta­do primitivo. El estado vivido, ingenuo en un principio, pierde su espontaneidad precisamente por el hecho de que la nueva reflexión toma por objeto lo que era primer estado y no objeto, y de que, entre los elementos de mi nueva percepción, figuran no solamente los de la casa como tal, sino también los de la percepción misma como flujo vivido. Y lo que importa esencialmente en esta “al­teración” es que la visión concomitante que tengo, en este estado birreflexivo o mejor, reflexionado-reflexivo de la casa que fue mi motivo original, lejos de perderse, alejarse o confundirse por esta interposición de “mi” percepción segunda ante “su” percepción primaria, se encuentra paradójicamente intensificada, más clara, más presente, más cargada de realidad objetiva que antes.

vida-espiritual

Nos encontramos aquí ante un hecho injustificable por el puro análisis especulativo: el de la transfiguración de la cosa como hecho de conciencia, el de su transforma­ción, como diremos más tarde, en «supercosa», el de su paso del estado de ciencia al estado de conciencia. Este hecho se desconoce generalmente, aunque sea el más chocante de toda experimentación fenomenológica real. Todas las dificultades con que tropieza la fenomenolo­gía vulgar y, desde luego, todas las teorías clásicas del “conocimiento”, residen en el hecho de que consideran la pareja conciencia-conocimiento (o más exactamente, conciencia-ciencia) como capaz de abarcar por sí sola la totalidad de lo vivido, siendo así que habría que consi­derar en realidad la trilogía conocimiento-conciencia-ciencia, que es la única que permite un arraigo realmente ontológico de la fenomenología. Ciertamente, nada puede poner de manifiesto esta transformación, salvo la experiencia directa y personal del mismo fenomenólogo. Nadie puede pretender haber comprendido la feno­menología realmente trascendental si no ha practicado con éxito este experimento y no se ha visto él mismo “iluminado” por aquél. El dialéctico más sutil, el lógico más agudo, si no han vivido aquella experiencia y no han visto, por tanto, otras cosas debajo de las cosas, sólo po­drá hilvanar discursos sobre la fenomenología, pero no asumir una actividad realmente fenomenológica.

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Tome­mos un ejemplo más preciso. Desde lo más remoto de mi recuerdo, siempre he sabido distinguir los colores: el azul, el rojo, el amarillo. Los veían mis ojos, tenía de ellos la experiencia latente. Ciertamente, “mis ojos” no se preguntaban sobre ellos, y, por lo demás, ¿cómo ha­brían podido formular preguntas? Su función es ver, no verse viendo; pero mi cerebro mismo estaba como adormecido, no era en absoluto el ojo del ojo, sino una simple prolongación de este órgano. Así, decía solamen­te y casi sin pensarlo: éste es un bello rojo, o un verde un poco apagado, o un blanco brillante. Un día, hace algu­nos años, paseando por los viñedos que se extienden en cornisa sobre el lago Leman y que constituyen uno de los más bellos escenarios del mundo, tan bello y tan vas­to como el “Yo”, que, a fuerza de dilatarse, se siente di­suelto en él y bruscamente se recupera y se exalta, se produjo un acontecimiento súbito y para mí extraordi­nario. Yo había visto cien veces el ocre de la vertiente abrupta, el azul del lago, el violeta de los montes de Saboya y, al fondo, los glaciares resplandecientes del Gran Combin. Supe por primera vez que jamás los ha­bía mirado. Sin embargo, vivía allí desde hacía tres me­ses. Desde el primer instante, ciertamente, este paisaje no había logrado disolverme, sino que lo que le respondía en mí no era más que una exaltación confusa. Cierto, el “Yo” del filósofo es más fuerte que todos los paisajes. El sentimiento punzante de la belleza no es más que la recuperación por el “Yo”, que se fortifica con ello, de la distancia infinita que le separa de aquélla. Pero aquel día supe, bruscamente, que yo mismo creaba aquel paisaje, que nada era sin mí: “Soy yo quien te veo, y que me veo verte, y que, al verme, te hago.” Este verdadero grito in­terior es el que lanza el demiurgo a raíz de “su” creación del mundo. No es sólo suspensión en un mundo “anti­guo”, sino proyección de uno “nuevo”. Y en aquel ins­tante, en efecto, el mundo fue de nuevo creado. Jamás había visto semejantes colores. Eran cien veces más in­tensos, más matizados, más “vivos”. Supe que acababa de adquirir el sentido de los colores, que había renacido a los colores, que jamás, hasta entonces, había visto real­mente un cuadro penetrado en el Universo de la pintu­ra. Pero supe también que, por esta llamada a sí de mi propia conciencia, por esta percepción de mi percep­ción, tenía la llave del mundo de la transfiguración, que no es un trasmundo misterioso, sino el mundo verdade­ro, aquel en que la Naturaleza nos tiene “exiliados”. Nada de común, por cierto, con la atención. La transfi­guración es plena, la atención no lo es. La transfigura­ción se conoce en su suficiencia cierta, la atención tiende a una suficiencia eventual. No puede decirse, entiéndase bien, que la atención sea vacía. Por el contrario, es no-vacía. Pero la no-vacuidad no es la plenitud. Cuando volví al pueblo aquel día, las gentes con quienes me cruzaba estaban en su mayoría “atentas” a su trabajo: sin embargo, todos me parecían sonámbulos.»

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FUENTE: Raymond Abellio, Cahiers du Cercle d’Etudes Métaphysiques. (Publicación interior, 1954),recogido por  Louis Pauwels en “El Retorno de los Brujos”.

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despertando

LA LLAVE QUE NOS HARÁ DUEÑOS

DE NUESTRA NATURALEZA INTERIOR

Por: Gustav Meyrink (1968 – 1932), de su novela «El Rostro Verde»

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La llave que nos hará dueños de la naturaleza inte­rior está oxidada desde el Diluvio.

Se llama: velar.1

Velar lo es todo.

El hombre está firmemente convencido de que está despierto; pero, en realidad, está preso en una red de sueño y de sueños que ha tejido él mismo. Cuanto más se aprie­ta la red, mejor impera el sueño. Los que están sujetos por sus mallas son los durmientes que caminan por la vida como rebaños de ganado llevados al matadero, in­diferentes y sin pensar.

Los soñadores sólo ven, a través de las mallas, un mundo enrejado, no perciben más que aberturas enga­ñosas, obran en consecuencia y no saben que estos cua­dros son simplemente los restos insensatos de un todo enorme. Estos soñadores no son, como tal vez tú crees, los fantasiosos y los poetas: son los trabajadores, los sin reposo del mundo, los que están roídos por la locu­ra de obrar. Se parecen a los torpes escarabajos laborio­sos que suben a lo largo de un tubo liso para hundirse en él de nuevo cuando han llegado arriba. Se imaginan que están despiertos, pero lo que creen que es vida no es en realidad más que un sueño, determinado anticipadamente hasta en sus menores detalles y sustraído a la influencia de su vo­luntad.

Ha habido y hay todavía algunos hombres que sa­bían que soñaban, pioneros que avanzaron hasta las murallas detrás de las cuales se ocultaba el yo eternamente despierto: videntes como Descartes, Schopenhauer y Kant. Pero no poseían las armas necesarias para el asalto de la fortaleza, y su llamada a combate no des­pertó a los durmientes.

Velar lo es todo.

El primer paso hacia este fin es tan sencillo que un niño puede darlo. Sólo el que tiene el espíritu falseado ha olvidado cómo se anda y permanece paralizado sobre sus dos pies, porque no quiere prescindir de las muletas que ha heredado de sus predecesores. Velar lo es todo.

¡Vela en todo lo que hagas! No te creas ya despier­to. No, tú duermes y sueñas.

Reúne todas tus fuerzas y haz que por un instante resplandezca en todo tu cuerpo este sentimiento: ¡aho­ra, estoy en vela!

Si esto te da resultado, reconocerás enseguida que el estado en que te encontrabas te parece ahora un em­botamiento y un sueño.

Éste es el primer paso vacilante del largo, larguísimo viaje que conduce de la servidumbre al todopoder. Avanza de esta manera, de despertar en despertar. No existe idea atormentadora que no puedas recha­zar de esta manera. Se queda atrás y ya no puede alcan­zarte. Te extiendes por encima de ella como la copa de un árbol se eleva sobre las ramas secas.

El dolor se aleja de ti como las hojas muertas cuan­do esta vela se apodera igualmente de tu cuerpo.

Los baños helados de los brahmanes, las noches de vigilia de los discípulos de Buda y de los ascetas cristia­nos, los suplicios de los faquires hindúes, no son más que ritos esculpidos que indican que allí se elevaba el templo de aquellos que se esforzaban en velar.

Lee las Escrituras santas de todos los pueblos de la Tierra. Por todas ellas se desliza, como un hilo rojo, la ciencia oculta de la vela. Es la escala de Jacob, que com­bate toda la «noche» con el ángel del Señor, hasta que llega el «día» y obtiene la victoria.

Tienes que subir uno tras otro los peldaños del des­pertar, si quieres vencer a la muerte. El escalón inferior se llama, ya, genio. ¿Cómo debemos llamar a los grados superiores?

Permanecen ignorados por la muchedumbre y son te­nidos por leyendas.

La historia de Troya fue tenida por leyenda, hasta que al fin un hombre tuvo el valor de excavar por sí mismo.

En este camino del despertar, el primer enemigo que encontrarás será tu propio cuerpo. Lucharás conti­go hasta el primer canto del gallo. Pero si percibes el día del despertar eterno que te aleja de los sonámbulos que creen ser hombres y que ignoran que son dioses dormi­dos, entonces el sueño de tu cuerpo desaparecerá tam­bién y dominarás el Universo.

Entonces podrás hacer milagros, si así lo quieres, y no te verás obligado a esperar, como un humilde escla­vo, que un cruel dios falso tenga la amabilidad de lle­narte de presentes o de cortarte la cabeza.

Naturalmente, la felicidad del perro fiel, servir a un dueño, no existirá ya para ti; pero, sé franco contigo mis­mo: ¿querrías incluso ahora, cambiarte con tu perro?

No te dejes asustar por el miedo de no alcanzar el fin de esta vida. El que ha encontrado este camino vuel­ve siempre al mundo con una madurez interior que le hace posible la continuación de su trabajo. Nace como «genio».

El sendero que te muestro está sembrado de acon­tecimientos extraños: ¡muertos que has conocido se le­vantarán y te hablarán! ¡No son más que imágenes! Se te aparecerán siluetas luminosas que te bendecirán. No son más que imágenes, formas exaltadas por tu cuerpo, el cual, bajo la influencia de la voluntad transformada, morirá de muerte magnífica y se convertirá en espíritu, como el hielo, alcanzado por el fuego, se disuelve en vapor.

Cuando te hayas desprendido del cadáver que hay en ti, sólo entonces podrás decir: ahora el sueño se ha alejado de mí para siempre.

Entonces se habrá cumplido el milagro en que los hombres no pueden creer —porque, engañados por sus sentidos, no comprenden que materia y fuerza son la misma cosa— y el milagro de que, aun si te entierran, no habrá cadáver en tu ataúd.

Sólo entonces podrás diferenciar lo que es realidad de lo que es apariencia. Sólo encontrarás a aquel que haya emprendido el camino antes que tú.

Todos los demás son sombras.

Hasta allí no sabes si eres la criatura más feliz o la más desgraciada. Pero no temes nada. Ni uno de los que han tomado el sendero de la vigilia, aunque se haya extraviado, ha sido nunca abandonado por sus guías.

Quiero darte una señal por la que podrás reconocer si una aparición es realidad o sólo imagen: si se acerca a ti, si tu conciencia se turba, si las cosas del mundo exte­rior son vagas o desaparecen, desconfía. ¡Mantente en guardia! La aparición no es más que una parte de ti mis­mo. Si no la comprendes, es sólo un espectro, sin con­sistencia, un ladrón que consume una parte de tu vida.

Los ladrones que roban la fuerza del alma son peo­res que los ladrones del mundo. Te atraen como fuegos fatuos al pantano de una esperanza engañosa, para de­jarte solo en las tinieblas y desaparecer para siempre.

No te dejes cegar por ningún milagro que parez­ca realizado en tu favor, por ningún nombre sagrado que se den, por ninguna profecía que formulen, aunque ésta se cumpla; son tus enemigos mortales, arrojados del infierno de tu propio cuerpo, y con los cuales lu­chas por el dominio.

Sabe que las fuerzas maravillosas que poseen son las tuyas propias desviadas por ellos para mantenerte en la esclavitud. No pueden vivir fuera de tu vida, pero, si los vences, se hundirán y se convertirán en instru­mentos mudos y dóciles que podrás emplear según tus necesidades.

Son innumerables las víctimas que han hecho entre los hombres. Lee la historia de los visionarios y de los sectarios y aprenderás que el sendero que sigues está sembrado de cráneos.

Inconscientemente, la Humanidad ha levantado contra ellos una muralla: el materialismo. Esta muralla es una defensa infalible; es una imagen del cuerpo, pe­ro es también un muro de prisión que te impide la vista, Hoy andan dispersos, y el fénix de la vida interior re­sucita de las cenizas en que ha estado largo tiempo acos­tado como muerto, pero los buitres de otro mundo em­piezan a batir las alas. Por esto te pones en guardia. La balanza en que deposites tu conciencia te mostrará cuán­do puedes tener confianza en las apariciones. Cuanto más despierta esté, tanto más pesará en tu favor.

Si un guía, un hermano de otro mundo espiritual, se te quiere aparecer, debe poder hacerlo sin despojar tu conciencia. Puedes acercar tu mano a su costado, como Tomás, el incrédulo.

Sería fácil evitar las apariciones y sus peligros. No tendrías que hacer más que comportarte como un hombre corriente. Pero, ¿qué ganarías con ello? Segui­rías siendo un prisionero en la cárcel de tu cuerpo hasta que el verdugo «Muerte» te llevase al patíbulo.

El deseo de los mortales de ver los seres sobrenatu­rales es un grito que despierta incluso a los fantasmas del infierno, porque este deseo no es puro…; porque es avi­dez más que deseo, porque quiere «asir» de un modo cualquiera en vez de gritar para aprender a «dar».

Todos los que consideran la Tierra como una cár­cel, todas las gentes piadosas que imploran la libera­ción, evocan sin darse cuenta el mundo de los espec­tros. Hazlo tú también. Pero conscientemente.

Para los que lo hacen inconscientemente, ¿existe una mano invisible que pueda sacarlos del pantano que los absorbe? Yo no lo creo así.

Cuando, en el camino del despertar, cruces el reino de los espectros, comprenderás poco a poco que son sencillamente ideas que puedes ver de pronto con tus ojos, porque el lenguaje de las formas es diferente al del cerebro.

Entonces llega el momento en que se cumple la transformación: los hombres que te rodean se converti­rán en espectros. Los que has amado se convertirán de golpe en larvas. Incluso tu propio cuerpo.

No se puede imaginar soledad más terrible que la del peregrino en el desierto, y quien no sabe encontrar el manantial de agua viva en él, se muere de sed.

Todo lo que te digo se encuentra en los libros de los hombres piadosos de todos los pueblos: el advenimien­to de un nuevo pueblo, la vigilia, la victoria sobre el cuerpo y la soledad. Y, sin embargo, un abismo infran­queable nos separa de esas gentes piadosas: creen que se acerca el día en que los buenos entrarán en el paraíso y los malos serán arrojados en el infierno. Nosotros sabe­mos que llegará un tiempo en que muchos se desperta­rán y serán separados de los durmientes, que no pueden comprender lo que significa estar despiertos. Sabemos que no existe el bien ni el mal, sino sólo la “verdad” y el “error”. Creen que velar significa mantener los sentidos lú­cidos y los ojos abiertos durante la noche, de modo que el hombre pueda hacer sus oraciones. Nosotros sabe­mos que la vigilia es el despertar del Yo inmortal y que el insomnio del cuerpo es una consecuencia natural. Creen que el cuerpo debería ser abandonado y despreciado porque es pecador. Nosotros sabemos que no hay peca­do; el cuerpo es el principio de nuestra obra, y hemos bajado a la Tierra para convertirlo en espíritu. Creen que deberíamos vivir en la soledad con nuestro cuerpo para purificar el espíritu. Nosotros sabemos que nues­tro espíritu debe ante todo ir a la soledad para transfigu­rar el cuerpo.

Tú debes elegir el camino a tomar: el nuestro o el suyo. Debes obrar según tu propia voluntad.

No tengo derecho a aconsejarte. Es más saludable coger por propia decisión el fruto amargo de un árbol que ver colgado un fruto dulce aconsejado por otro.

Pero no hagas como muchos que a pesar de saber muy que está es­crito “examinarlo todo y conservar sólo lo mejor”, no examinan nada y retienen lo primero que viene.

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NOTA:

1) En el sentido de observar algo con plena atención.

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la-mirada-nueva

Por: Idafe

Introito

Ni promocionamos cielos ni excavamos infiernos, ni alzamos dioses ni expulsamos demonios. No concebimos dioses ni demonios porque no creemos en las usinas donde se funden y crean tanto unos como otros al calor del combustible de los juicios y de las opiniones. Sencillamente sentimos, intuimos y vibramos con ejemplos que nos parecen contener las semillas de la luz, con testimonios que dibujan en  los mapas del entendimiento y la comprensión, las rutas de la libertad sobre el terreno de la espiritualidad, es decir los caminos del espíritu que se mantiene en permanente actualización.

Desde esta posición iniciamos en este blog una serie de aportes bajo el título genérico de LA HERMANDAD DEL ESPÍRITU en los que compartiremos diferentes textos, testimonios, o creaciones de seres humanos que han sido y siguen siendo estandartes  adelantados en la senda del progreso y evolución para hombres y mujeres, atemporales faros orientadores para el resto de su congéneres. Y decimos “hermandad” porque entendemos que por encima de épocas, culturas, razas o cualquier otra división artificiosa que se cree en el seno de la humanidad, todos ellos están inextricablemente enlazados por una misma  energía que les hace partícipes de una UNIDAD substancial, aquella que algún autor denominó la de los “grandes despiertos”, de la cual todos formaremos parte algún día cuando nuestra conciencia se expanda  hasta el punto de permitirnos salir de la ilusión de la separatividad.

Y comenzamos con un breve pero esencial texto de la autoría de Nelson Mandela (1918 – 2013), el gran liberador del pueblo sudafricano, que dejó este plano físico el pasado día 5 de diciembre. Sirva el mismo como un pequeñísimo homenaje a quien se convirtió con su vida en  un jalón ético imperecedero para el género humano, que continuará contribuyendo a guiarnos hacia el horizonte de nuestro destino.

Nelson Mandela

Dejar que nuestra Luz brille

Nuestro miedo más profundo no es el que somos débiles. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos. Más allá de toda medida.

Es nuestra Luz, no nuestra obscuridad, la que más nos aterra.

Nos preguntamos, ¿quién soy yo para ser tan luminoso, bello, talentoso y fabuloso?

Ciertamente, ¿quiénes somos para NO serlo?

Ustedes son hijos de Dios.

Su juego de sentirse pequeños no sirve al mundo. No hay nada iluminado en el encogerse para que los demás no se sientan inseguros a su lado.

Hemos nacido para hacer manifestar la gloria de Dios quien reside en nuestro interior.

No está sólo en algunos de nosotros; está en todos y en cada uno.

Al dejar que nuestra Luz brille, inconscientemente damos el permiso para que los demás brillen también.

Al liberarnos de nuestro propio miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás.

 Nelson Mandela – Discurso Inaugural, 1994

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