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Posts Tagged ‘La Conquista del Templo’

Solar alchemist - Justin Totemical

«EL HOMBRE»

«¡Escuchad!», dijo en tono enérgico pero con una sonrisa, «Cuando hablo con alguien, yo soy sujeto y él es objeto.» «Cuando en cambio alguien me habla, él es el sujeto y yo el objeto.» «El objeto y el sujeto soy yo o es él cuando le hablo o me habla.»

«Eso es lo que se dice y así lo describo aunque la realidad sea un tanto distinta.»

«No existe ni sujeto, ni objeto y la prueba más indiscutible de ello es que yo mismo puedo ser objeto de mí mismo, siendo yo mismo sujeto, o bien puedo creer ser sujeto siendo sólo objeto.»

«Cuando alguien lo comprende sabe que el verdadero estado de conciencia es aquel en que el objeto y el sujeto desaparecen.»

La sala estaba cubierta de alfombras. Repartidos en ellas docenas de hombres y mujeres descalzos y en posición de loto. El intérprete se acercó al gran sillón blanco en el que un hombre moreno de anteojos dorados y pelo semiplateado estaba sentado.

La segunda pregunta fue traducida. El «hombre» rió antes de contestar, se arregló la barba canosa y dijo «Después del instante en que se comprende que nada es coincidencia, pueden suceder dos cosas.

»La primera consiste en dejar la búsqueda y empezar a saborear los casos particulares que ensenan y aclaran conexiones. La segunda consiste en seguir buscando lo que por ser búsqueda no se puede encontrar.»

Una mujer hacía ademanes con las manos, se las acercaba a la cara y colocando una en cada mejilla, oscilaba la cabeza de un lado a otro.

Los ojos del «hombre» miraron a la mujer y le preguntaron qué le sucedía. Esta se le acercó y postrándose delante suyo le comunicó a través del intérprete que no entendía por qué el que buscaba no encontraba.

«La razón es sencilla», explicó él, «el que busca cree saber lo que quiere encontrar y al no encontrarlo supone que no lo encuentra y sigue buscando. Lo que le rodea le responde pero no es capaz ni siquiera de oír esa respuesta… ¡tan ensordecido está por la otra, la que espera oír!»

Una vez que el intérprete tradujo la respuesta, la mujer sonrió como si hubiese entendido, pero volvió a preguntar qué es lo que se espera oír. El «hombre» se compadeció de ella y haciendo un esfuerzo enorme, le respondió.

«Lo que se espera oír es lo que se reconoce como objeto de la búsqueda, lo que se cree encontrar cuando se encuentre.»

La mujer volvió a sonreír, el «hombre» la miro fijamente a los ojos y se volvió a compadecer de ella. Le indicó un lugar sobre la alfombra y le pidió que dejara de hablar y escuchara.

El intérprete volvió a traducir. Por los gestos del «hombre» se podía saber que la pregunta recién planteada era simple.

«Cuando veo la frente de otro hombre, percibo una luz que surge de su centro. Cuando lo miro a los ojos, la luz cambia de color y adquiere formas fantásticas. Eso no lo puede lograr una máquina, por más compleja que sea.»

«Pero nosotros también somos máquinas»—dijo alguien.

El intérprete escuchó el comentario a la respuesta del «hombre» y se lo comunicó a éste. Sonriente el «hombre» dijo:

«Tienes razón, yo al ver la luz actúo como una máquina con súper-sensibilidad, aunque debo decirte que al ver, veo lo que veo y además sé que lo hago. Si tu máquina también puede hacerlo, dile que quiero platicar con ella.»

La sala estalló en risas, la persona que había planteado la pregunta se levantó y después de honrar al «hombre» con una inclinación de cabeza, se sentó de nuevo.

El «hombre» ordenó que apagaran las luces y empezó a cantar en tono profundo y melancólico.

«El que piensa en objetos sensibles, se adhiere a ellos. Al adherirse crea ilusiones. Las ilusiones engendran rabia. La rabia hace que se pierda la memoria. La pérdida de memoria, acaba con la razón. Al desaparecer la razón sobreviene la destrucción.»

Al terminar, calló y después apareció el silencio… sólo silencio.

♣ ♣ ♣

FUENTE: “La Conquista del Templo”, de Jacobo Grinberg Zylberbaum. Heptada Ediciones, Madrid (1990)

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«JANIOS Y OR»

Or era un jefe muy maduro y jamás había permitido que el pánico cundiera entre su gente, y no iba a empezar a hacerlo ahora. Era cierto que aquel resplandor, el ruido terrible y el calor, habían logrado alterar su característico estado de serenidad y la tranquilidad que por más de veinte años había logrado mantener en sus dominios. Pero todo eso había pasado ya, y ahora lo único importante era reconstruir las chozas destruidas y apagar los incendios.

La asamblea de ancianos, reunida en la cueva ceremonial, le pedía explicaciones: ¿Qué había causado la aparición de la luz, el maremoto, el calor? ¿Por qué el mar había cambiado de color? ¿Por qué si Or había dicho que todo había concluido, seguían apareciendo los peces muertos y caía aquella ceniza del cielo?

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