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DESDE LA UNIDAD

Sin hacer, sin logros, careciendo de metas, la radical espontaneidad del ACTO como condición inherente del Ser.

Convertido en orden, quien a ese estado llega es un atractor generador de Cosmos en el seno del Caos.

Terminada la ilusión de la dualidad y recuperada la Unidad, deja de haber separación, ya no hay fuera ni dentro, todo es lo mismo.

El siguiente escrito anónimo recogido en internet, resume de manera muy acertada un asunto sutil pero esencial en el avance de la comprensión espiritual: la enseñanza de la no acción, el Wu Wei.

                                                                                                                                  Idafe

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WU WEI: EL ARTE DE HACER DESDE LA NO-ACCIÓN

***

A propósito de la presencia

Desde tiempos inmemoriales, algunos antiguos sabios chinos acuñaron un concepto cuya sola enunciación representa un inmenso logro en la historia del conocimiento filosófico a la par que la expresión del método de conducta más sutil y poderoso que existe.

Frente a los habituales y manidos valores del voluntarismo, la acción desbordante, la energía frenética, o el dinamismo de la excitación, la propuesta de este paradójico hacer sin acción, se revela tan seductora como inaprensible si se trata de comprender desde una perspectiva limitada o reduccionista. Es evidente que nuestra educación occidental ha sido cimentada precisamente en la exaltación de esos principios, y hemos sido formados en la cultura de que por encima de los medios está la consecución de los objetivos, y que son los logros los que determinan ese apreciado valor social llamado éxito, que a veces de manera lastimosa tratamos de alcanzar incluso a costa de las conductas más destructoras tanto con uno mismo como con los demás. Tal vez por ello, el Wu Wei sea para nosotros, los occidentales, más difícil de comprender que para los pueblos de Oriente aunque, en realidad, el factor educacional es mucho menos condicionante que el deseo sincero que cada persona tenga de orientar su vida hacia la conquista de la paz interior.

Pero, ¿es este concepto algo más que una reflexión ingeniosa fruto de alguna mente extravagante? Y, lo que es más importante: ¿es susceptible de ser aplicado en el ámbito de lo concreto, en el mundo de lo práctico?, ¿cómo es posible hacer desde el no-hacer?, ¿no son ambas ideas antagónicas? Veamos ahora las tres pautas principales sobre las que es posible desarrollar el Wu Wei y cuyo aprendizaje crea un modelo de escenario idóneo donde el arte del no-hacer puede manifestarse.

La tranquilidad

Si la definimos como la virtud de no desasosegarse con facilidad y el dominio en la eliminación de los movimientos –tanto físicos, como emocionales y mentales-, la brusquedad y la violencia, con su obtención lograremos un elemento imprescindible para la acción correcta en todos los órdenes de la vida.

Si bien es cierto que la tranquilidad es un fruto que crece a la luz de la madurez y la experiencia, no es menos cierto que se trata de una actitud asumible y adaptable a nuestra conducta a través de un aprendizaje consciente.

La ligereza

Dentro de la enseñanza taoísta, podemos definir la ligereza como la virtud de no cargar de contenidos densos el significado de los sucesos en los que somos

protagonistas –tanto si son felices como si son funestos-, así como el dominio de discernir adecuadamente entre aquello que es importante y lo que no lo es o, dicho en palabras de los antiguos sabios, separar lo fundamental de lo accesorio.

Es obvio que esta separación, realizada desde un cierto nivel de consciencia, invita necesariamente a ser liviano ya que, en realidad, aquello que es realmente importante “un hombre de verdad es capaz de llevarlo dentro de sí mismo”.

La sencillez

Aplicando una somera observación a la conducta humana, se evidencia de inmediato la enorme tendencia que tiene el hombre a complicar las cosas, lo cual está íntimamente ligado a su asombrosa capacidad para perjudicarse a sí mismo.

Si definimos la sencillez como la virtud de gestionar la vida con la menor inversión de tiempo, esfuerzo, energía y medios posibles, podremos observar que el beneficio se multiplica en proporción directa a la reducción de la complejidad.

Además, si en la virtud de la sencillez está presente la calidad intrínseca a la falta de artificio y la carencia de ostentación, encontraremos en esta conducta ante la vida una de las más queridas por los aspirantes a la maestría del Wu Wei.

Antes de continuar debemos aclarar que el Wu Wei no tiene nada que ver, ni con la pasividad, ni mucho menos con la inactividad. Muy al contrario, siendo como es el arte de “permitir que las cosas sucedan siguiendo el flujo natural de la existencia”, podemos afirmar que el no-hacer es la máxima expresión de la acción. Y, en este mismo orden de definiciones, podemos citar a Blofeld cuando habla de “escapar de la acción artificiosa, calculada e interesada” y de la “acción siempre espontánea y de acuerdo al momento presente”. A estas afortunadas expresiones podemos añadir la falta de ansiedad, tensión, cálculo y, sobre todo, de interés respecto a los resultados. Es decir, una acción auténtica y que brota de lo más profundo del ser, dejando al margen todas las artificiosas necesidades del ego.

Dentro de los factores que envuelven al Wu Wei, lo que se define como la “acción libre de objetivos” representa su eje nuclear. Hemos dicho que todos los elementos de previsión, deseo, necesidad, cálculo y manipulación parten directamente del ego, y toda la catarata de intenciones y objetivos que éste convoca tiene como misión el dar respuesta al complejo e irreal mundo que habita.

Los antiguos maestros se dieron cuenta de que si se le sustraía al ego la posibilidad de “hacer”, esa inactividad iba debilitándolo paulatinamente.

Asimismo, siendo conscientes de que la inactividad es nociva en sí misma por la nula capacidad de aprendizaje que supone y por las secuelas que produce la

paralización de la energía, desarrollaron la estrategia de la “acción libre de objetivos”, cuya clave es que la energía no esté al servicio del ego para disfrazar sus carencias, satisfacer sus necesidades o proteger de sus miedos, sino ponerla al servicio del ser. Y es en este momento cuando es posible que se establezca el tránsito mágico que va desde el hacer al no-hacer, pues el ser no hace, es.

Ni que decir tiene que en esa identificación total del ser humano con la vida ya no existen ataduras. Además, representa una conquista monumental, la posibilidad de transformarse en una manifestación profunda del poder superior, cuyos actos, por su propia naturaleza, estarán ya siempre al servicio del diseño divino.

Otro aspecto importante a considerar asociado al Wu Wei es el de la no-excitación.

Habitualmente, la excitación es el punto de partida de la mayoría de nuestros actos: excitación sensorial, sexual, emocional, mental, intelectual, etcétera. De hecho, una de las causas principales de la infelicidad humana reside, según los antiguos maestros, en la búsqueda incesante de nuevas fuentes de excitación, es decir, de estímulos exteriores susceptibles de crear reacciones en nosotros. Pero esta facultad reactiva, si bien supone una enorme fuente de aprendizaje necesaria, es capaz de convertirse, incorrectamente utilizada, en la mayor responsable de nuestra falta de libertad. Recuerdo una ocasión en la cual, un maestro Zen que estaba de visita en España ilustró esta enseñanza señalando al toro bravo, perennemente “excitado” por la muleta del torero, como símbolo de la enorme capacidad de manipulación que la excitación es capaz de provocar en el ser humano.

Los mejores argumentos y herramientas que podemos manejar para huir de la terrible servidumbre que supone la excitación son la indiferencia y desafectación frente a lo superfluo, lo estúpido o las múltiples y variadas “muletas” que la vida diaria nos presenta como excitantes engaños que nos conducen de un lado a otro, creyendo además que ejercemos nuestra voluntad, cuando en realidad sólo respondemos mecánicamente a un juego de reacciones que nos abocarán la mayoría de las veces hacia el dolor.

Este breve cuento hindú puede ilustrar este punto, principalmente en lo que se refiere a las servidumbres emocionales:

Un buscador espiritual con una fuerte tendencia a dejarse manipular por factores externos fue a visitar a un maestro para plantearle el siguiente problema:

-Maestro, no soy capaz de encontrar la paz interior.

-¿Cuál es el motivo?- interrogó el maestro.

-Lo ignoro. Por eso estoy aquí, buscando tu sabiduría y consejo.

El maestro quedo pensativo unos instantes y dijo:

-Vas a ir ahora mismo al cementerio. Allí te sentarás en medio de las tumbas y pasarás la mañana elevando toda suerte de elogios a los muertos.

El discípulo obedeció y, una vez que hubo cumplido la tarea, regresó.

-¿Has hecho lo que te dije?- preguntó el maestro.

-Así lo he hecho- respondió el estudiante.

-Bien; pues ahora volverás al cementerio y pasarás la tarde vertiendo insultos e injurias a los muertos.

El discípulo volvió a cumplir la orden del maestro.

Llegada la noche, regresó de nuevo.

-Maestro, durante la mañana he ensalzado las virtudes de los muertos con toda clase de elogios, pero por la tarde he ofendido gravemente a esos mismos muertos con grandes insultos. ¿Puedes decirme ahora el objetivo de tus mandatos?

-¿Qué te contestaron los muertos?- preguntó a su vez el maestro- ¿No se mostraron satisfechos y se vanagloriaron con tus alabanzas?, ¿tal vez se volvieron indignados y coléricos con tus insultos?

-Pero maestro, eso no es posible. ¿Cómo van a reaccionar si están muertos?

-Pues eso es exactamente lo que has de esperar de ti mismo: la ausencia de reacciones, tanto ante las ofensas como ante las alabanzas. Si alguien te insulta y enciende tu cólera, ¿no ves el poder que tiene sobre ti? Si alguien te alaba e inflama tu vanidad, ¿no ves el poder que tiene sobre ti? Tu paz interior la tienes ahora en manos de los demás o en poder de los acontecimientos que te rodean.

Ve y rompe esas cadenas, recupera tu libertad y entonces encontrarás la paz interior.

Volvamos al Wu Wei. Posiblemente no sea mala propuesta el ejercitarse en el aprendizaje de esta acción sin-hacer, y aunque si bien la aspiración que nos deja la frase de Chuang-Tse “La alegría y la felicidad perfectas sólo pueden encontrarse en la no-acción” sea un poco elevada, si que podremos reencontrarnos, aunque sea en un tono más modesto, con algunos valores un tanto olvidados como los mencionados de la sencillez, tranquilidad, ligereza y anonimato.

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HSIN-HSIN-MING
Poema de la Confianza en la Mente Pura

♣ ♣ ♣ ♣ ♣ ♣

INTRODUCCIÓN

Seng Tsan (también conocido como Kanchi Sosán en Japón) es el autor de un antiguo poema titulado Hsin Sin Ming. De su vida y obra no se conoce casi nada. Lo que sabemos, conforme a los relatos conservados por la tradición, que el Zen (Chan) llegó a China en torno a la primera mitad del siglo VI, de la mano de un monje hindú llamado Bodhidharma. Era el 28º sucesor en una línea de transmisión de la enseñanza que se remontaba hasta Kasyapa, discípulo del propio Buda. A partir ahí, el Zen fue echando raíces en China, abriéndose un linaje espiritual de seis patriarcas o maestros, siendo precisamente Seng Tsan el tercero de ellos. En esos primeros tiempos, se produjo un bello encuentro entre el Zen y el taoísmo chino, surgiendo una de las tradiciones antiguas más ricas de significados en la que inscribe el poema Hsin Sin Ming, claramente impregnado de aromas taoístas.

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Por: Seng-Ts’an (Tercer Patriarca Chan)

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El Gran Camino no es difícil
para aquellos que no tienen preferencias.
Cuando ambos, amor y odio, están ausentes
todo se vuelve claro y diáfano.
Sin embargo, haz la más mínima distinción,
y el cielo y la tierra se distancian infinitamente.
Si quieres ver la verdad,
no mantengas ninguna opinión a favor o en contra.
La lucha entre lo que a uno le gusta
y lo que le disgusta
es la enfermedad de la mente.

Cuando no se entiende el significado
profundo de las cosas,
se perturba en vano la paz esencial de la mente.
El Camino es perfecto, como el espacio infinito
donde nada falta y nada sobra.
De hecho, es debido a nuestra elección
de aceptar o rechazar que no vemos
la verdadera naturaleza de las cosas.
No vivas en los enredos de las cosas externas
ni en los sentimientos internos de vacío.
Mantente sereno, sin hacer esfuerzos,
en la unidad de las cosas,
y tales falsos conceptos desaparecerán por sí solos.

Cuando tratas de parar la actividad
para alcanzar la pasividad,
el propio esfuerzo te llena de actividad.
Mientras estés en un extremo o en el otro,
nunca conocerás la Unidad.
Aquellos que no viven en el Camino único
fracasan en ambas: actividad y pasividad,
afirmación y negación.

Negar la realidad de las cosas
es no ver su realidad;
afirmar el vacío de las cosas
es no ver su realidad.
Cuanto más hablas y piensas acerca de ello,
más te alejas de la verdad.
Deja de hablar y de pensar,
y no habrá nada
que no puedas saber.

Volver a las raíces es encontrar el significado,
pero perseguir apariencias es alejarse del origen.
En el momento de la iluminación interior
se transcienden las apariencias y el vacío.
A los cambios que parecen ocurrir en el mundo vacío
los llamamos reales solamente debido
a nuestra ignorancia.
No busques la verdad;
tan sólo deja de mantener opiniones.

No permanezcas en el estado de dualidad;
evita cuidadosamente esas búsquedas.
Si queda rastro de esto o aquello,
de lo correcto o lo incorrecto,
la esencia de la Mente se perderá en la confusión.
Aunque todas las dualidades proceden del Uno,
no te apegues ni siquiera a este Uno.

Cuando la mente existe imperturbable en el Camino,
nada en el mundo puede ofender,
y cuando una cosa ya no puede ofender,
deja de existir el viejo modo.

Cuando no surgen pensamientos discriminativos,
la vieja mente deja de existir.
Cuando los objetos del pensamiento se desvanecen,
el sujeto pensante se desvanece;
y cuando la mente se desvanece, los objetos se desvanecen.
Las cosas son objetos debido al sujeto,
y la mente es tal debido a las cosas.
Entiende la relatividad de ambos,
así como la realidad básica: la unidad del vacío.
En este Vacío ambos son indistinguibles
y cada uno contiene en sí mismo el mundo entero.
Si no haces ninguna discriminación
entre burdo y sutil,
no te tentarán
el prejuicio y la opinión.

Vivir en el Gran Camino
no es ni fácil ni difícil,
pero aquellos que tienen una visión limitada
son miedosos e indecisos:
cuanto más se apresuran, más lentos van,
y el apego no tiene límites;
estar apegado, aunque sea a la idea de la iluminación,
es desviarse.
Deja que las cosas sean a su manera
y no habrá ni ir ni venir.

Obedece a la naturaleza de las cosas (tu propia naturaleza)
y andarás libre y tranquilo.
Cuando el pensamiento está cautivo, la verdad se oculta,
pues todo es oscuro y confuso,
y la gravosa práctica de juzgar
trae consigo irritación y hastío.
¿Qué beneficio se puede sacar
de las distinciones y las separaciones?

Si deseas ir por el Camino único,
no desprecies ni siquiera el mundo
de los sentidos y las ideas.
En realidad, aceptarlo plenamente
es idéntico a la verdadera Iluminación.
El hombre sabio no persigue ninguna meta,
pero el tonto se encadena a sí mismo.
Hay un Dharma, una verdad, una ley, no varias;
las distinciones surgen
por las tenaces necesidades del ignorante.
Buscar la Mente con la mente discriminatoria
es el mayor de los errores.

Actividad y descanso derivan de la ilusión;
en la iluminación no hay agrado ni desagrado.
Todas las dualidades proceden de ignorantes deducciones.
Son como sueños o flores en el aire:
es estúpido intentar atraparlas.
Ganancia o pérdida, correcto o incorrecto:
tales pensamientos tienen que ser finalmente
abolidos de una vez por todas.

Si el ojo nunca duerme,
todos los sueños cesarán naturalmente.
Si la mente no hace discriminaciones,
las diez mil cosas
son como son: de la misma esencia.
Entender el misterio de la única esencia
es liberarse de todos los enredos.
Cuando todas las cosas se ven por igual,
se alcanza la esencia intemporal del Ser.
Ninguna comparación o analogía es posible
en este estado sin causas ni relaciones.

Considera inmóvil el movimiento
y en movimiento lo inmóvil,
y ambos, estado de movimiento
y estado de reposo, desaparecen.
Cuando tales dualidades dejan de existir
la propia Unidad no puede existir.
Ninguna ley o descripción
es aplicable a esta finalidad suprema.

Para la mente unificada, en armonía con el Camino,
cesan todos los esfuerzos enfocados hacia uno mismo.
Las dudas y las vacilaciones se desvanecen,
y vivir en la fe verdadera se vuelve posible.
De un solo golpe somos liberados del cautiverio;
nada se aferra a nosotros y
nosotros no nos aferramos a nada.
Todo está vacío, claro, autoiluminado,
sin el empleo del poder de la mente.
Aquí, el pensamiento, el sentimiento,
el conocimiento y la imaginación no tienen ningún valor.

En este mundo de Esencialidad
no existe ni el yo ni nada que no sea yo.

Para entrar directamente en armonía con esta realidad,
cuando las dudas surjan simplemente di: «No dos».
En este «no dos» nada está separado,
nada está excluido.
No importa cuándo ni dónde:
iluminación significa entrar en esta verdad.
Y esta verdad está más allá del aumento o
la disminución en el tiempo o el espacio:
en ella, un solo pensamiento dura diez mil años.

Vacío acá, vacío allá,
y sin embargo, el Universo infinito está
siempre delante de tus ojos.
Infinitamente grande e infinitamente pequeño;
no hay diferencia, porque las definiciones han desaparecido
y no se ven límites.
Lo mismo pasa con el Ser y el no-Ser.
No malgastes el tiempo con dudas y argumentos
que no tienen nada que ver con esto.
Una cosa, todas las cosas:
van juntas y entremezcladas,
sin distinción.
Vivir en esta comprensión
es no estar inquieto a causa de la no perfección.
Vivir en esta fe es el camino hacia la no-dualidad,
porque lo no-dual es uno
con la mente que confía.
¡Palabras!
El Camino está más allá del lenguaje,
porque en él no hay
ni ayer
ni mañana
ni hoy.

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Cabecera cuentos zen II

Le ha llegado el momento

Ikkyu, el maestro Zen, era muy listo incluso de joven. Su maestro tenía una valiosa taza de té, una rara antigüedad. Sucedió que Ikkyu rompió esta taza. Al oír los pasos de su maestro, escondió los trozos detrás de su espalda con una mano. Cuando el maestro apareció, Ikkyu le preguntó: ¿Por qué tiene que morir la gente?

“Es natural,” explicaba el maestro, “todas las cosas tienen que morir, pues son finitas.”

Ikkyu le mostró a su maestro los trozos de la valiosa taza, añadiendo: “Le ha llegado el momento a tu taza”.

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El noble cabezahueca

Dos maestros Zen, Daigu y Gudo, fueron invitados a visitar a un señor feudal. Al llegar, Gudo le dijo al noble: “Se ve que eres de naturaleza sabia, y tienes una habilidad innata para aprender Zen.”

“Tonterías,” dijo Daigu, “¿por qué adulas a este cabezahueca?” Quizás sea un noble, pero no tiene ni idea de Zen.

De este modo, en lugar de construir un templo para Gudo, el señor feudal lo construyó para Daigu, y estudió Zen con él.

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No trabajo, no comida

Hyakujo, el maestro Zen chino, solía trabajar con sus alumnos incluso cuando llego a los ochenta. Podaba los jardines, barría los patios y realizaba otras tareas necesarias.

Los alumnos sentían ver trabajar tan duramente a su ya anciano maestro. Pero ellos sabían que él no escucharía sus consejos y no dejaría de trabajar, así que le escondieron sus herramientas.

Aquel día, el maestro no comió. Al siguiente día, tampoco, ni al siguiente a éste. “Quizás se haya enfadado porque le escondimos las herramientas”, pensaron los alumnos, “será mejor que las pongamos en su sitio de nuevo”.

Al día siguiente, el maestro trabajó y comió igual que antes. Por la tarde, les dio una lección: “No trabajo, no comida”

buda dorado

El ladrón que se convirtió en discípulo

Una tarde, mientras Shichiri Kojun estaba recitando sutras, entró un ladrón con una afilada espada y le pidió su dinero o su vida.

Shichiri le dijo: “No me distraigas, puedes encontrar dinero en ese cajón”, y continuo con sus rezos.

Un momento más tarde paró y dijo: “No lo cojas todo, necesito un poco para ir a pagar unos impuestos mañana.”

El ladrón lo cogió casi todo y se dispuso a marcharse.

“Dale las gracias a quien te hace un regalo”, añadió Shichiri. El hombre le dio las gracias y se fue.

Unos días mas tarde detuvieron al ladrón, y entre otras cosas confesó la ofensa que le hizo a Shichiri. Cuando este fue llamado a testificar, dijo:

“Este hombre no es ningún ladrón, al menos en lo que a mí me toca. Yo le di a él el dinero, y él me dio las gracias.”

Cuando el ladrón cumplió su sentencia y salió de la cárcel, fue a ver a Shichiri y se convirtió en su discípulo.

Letras japonesas

La mano de mokusen

Mokunsen Hiki vivía en un templo en la provincia de Tamba. Uno de sus seguidores le visitó, quejándose de lo derrochadora que era su esposa.

Mokusen visitó a la esposa y le mostró su puño cerrado.

“¿Qué quieres decir?”, preguntó la sorprendida mujer.

“Supón que mi puño estuviese siempre así, ¿cómo lo llamarías?”

“Deforme”, contestó la mujer

Entonces Mokunsen abrió la palma de la mano, bien extendida, y de nuevo pregunto:

“¿Y ahora?”

“Otro tipo de deformidad”, respondió la mujer

“Si eres capaz de entender eso”, dijo finalmente Mokusen, “entonces eres una buena esposa”. Y dicho esto se marchó.

Desde entonces, la esposa ayudo a su marido tanto a gastar como a ahorrar

buda rayos

Aprender a callar

Los estudiantes de las escuelas Tendai, solían estudiar la meditación antes de que el Zen llegase a Japón. Cuatro de ellos, que eran íntimos amigos, se prometieron observar siete días de silencio.

El primer día, todos permanecieron en silencio. Su meditación empezaba con buen pie, pero al caer la noche las lámparas de aceite se estaban apagando, y uno de los estudiantes no pudo reprimir decirle a un sirviente: “Arregla esas lámparas”. Un segundo estudiante, sorprendido de oír al primero dijo: “Se supone que no podemos decir palabra alguna”.

“Los dos sois idiotas, ¿Por qué habéis hablado?”, preguntó el tercero.

“Soy el único que no ha hablado”, concluyó el cuarto.

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Tarjeta de visita

Keichu, el gran maestro Zen de la era Meiji, era el cabeza de Tofuku, una catedral en Kyoto. Un día el gobernador de Kyoto fue a visitarle por primera vez.

Su ayudante le trajo la tarjeta del gobernador, en la que se podía leer:

-Kitagki, Gobernador de Kyoto

“No tengo nada que hablar con esta persona,” dijo Keishu a su ayudante, “dile que se vaya de aquí.”

El ayudante devolvió de nuevo la tarjeta al gobernador entre disculpas. “Ha sido culpa mía”, dijo el gobernador, y con un bolígrafo tachó las palabas ‘Gobernador de Kyoto’. “Pregúntale de nuevo a tu maestro.”

“¿Oh es Kitagaki?”, exclamó el maestro al ver la tarjeta por segunda vez. “Me gustaría verle”.

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Una parábola

Buddha narro una parábola en sutra:

Un hombre que viajaba por el campo se encontró con un tigre. Corrió, y el tigre detrás. Acercándose a un precipicio, se agarró a la raíz de una viña que allí crecía y comenzó a descender por el precipicio. El tigre lo observaba desde el borde. El hombre miró al fondo del precipicio y descubrió otro tigre acechando para comerle. Solo la viña lo sujetaba.

Dos ratones, uno negro y otro blanco, poco a poco empezaron a roer la viña. El hombre vio una apetitosa fresa cerca de él. Sujetándose a la viña con una sola mano, cogió la fresa. ¡Qué dulce estaba!

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Lluvia de flores

Subhuti era el discípulo de Buddha. El era capaz entender la potencia de la nada, el punto de vista en el cual nada existe sino en su relación entre objetividad y subjetividad.

Un día, Subhuti, en un ánimo de sublime vacío, estaba sentado bajo un árbol. Flores empezaron a caer a su alrededor.

“Te alabamos por tu discurso sobre la nada”, le susurraron los dioses.

“Pero yo no he dicho una palabra sobre la nada.”, contestó Subhuti.

“No has hablado de la nada, y no hemos oído nada”, respondieron los dioses.

“Este es el verdadero vacío.” Y llovieron flores sobre Subhuti.

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El fantasma

Una joven esposa cayó enferma y estaba a punto de morir. “Te amo tanto”, le dijo a su marido, “no quiero dejarte. Si yo falto, no quiero que busques a ninguna otra mujer. Si lo haces, volveré como un fantasma y te hare la vida imposible”.

La mujer no tardó en fallecer. El marido respeto su voluntad los tres primeros meses, pero luego conoció otra mujer y cayó profundamente enamorado. Se prometieron en matrimonio.

Inmediatamente después de comprometerse, el fantasma de la mujer se le apareció cada noche al hombre, echándole en cara el no haber cumplido su promesa. El fantasma era muy listo. Ella podía decirle con exactitud todo lo que había entre él y su nuevo amor. Si él le hacia un regalo a su amada, el fantasma lo podía describir con detalle. Podía repetir conversaciones enteras una y otra vez durante toda la noche, impidiéndole conciliar el sueño. Le aconsejaron preguntar a un maestro Zen que vivía cerca de la aldea. Al final, desesperado, acudió al maestro en busca de ayuda.

“Tu antigua mujer se ha convertido en un fantasma y sabe todo lo que haces.”, comentaba el maestro. “Hagas lo que hagas y digas lo que digas, ella lo sabe. Cualquier regalo que le hagas a tu nuevo amor, ella lo conoce. Debe de ser un fantasma muy sabio. Deberías admirarla. La próxima vez que se te aparezca, dile que ella sabe tanto que no puedes esconderle nada, y que si te responde a una sola pregunta, romperás tu compromiso y permanecerás soltero.”

“¿Qué pregunta debo hacerle?”, preguntó el hombre.

El maestro contestó: “Mete la mano en un saco de lentejas y saca un buen puñado. Entonces pregúntale cuantas lentejas tienes en tu puño. Si no es capaz de contestarte, sabrás que ella no es más que una imaginación tuya, y no te molestará más.”

La siguiente noche, cuando el fantasma se le volvió a aparecer, el hombre le dijo que ella sabía tanto que no podía esconderle nada.

“Claro que si,”, respondió el fantasma, “de hecho sé que fuiste a ver a ese maestro zen hoy.”

“Y ya que sabes tanto,” dijo el hombre, “¡dime cuantas lentejas tengo en mi mano!

Y ya no hubo fantasma para responder la pregunta.

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Gudo y el emperador

El emperador Goyozei estudiaba Zen con el maestro Gudo. Un día le pregunto:

“En el Zen, esta mente es Buda, ¿correcto?”

“Si digo que si, creerás que lo entiendes sin entenderlo. Pero si digo que no, contradeciría un hecho que otros conocen muy bien.”

Otro día, el emperador le preguntó:

“¿A dónde va un hombre iluminado cuando muere?”

Gudo le respondió: “No lo sé.”

“¿Por qué no lo sabes?”, le preguntó de nuevo el emperador.

“Porque todavía no he muerto”, respondió Gudo.

El emperador dejó de preguntar cosas que su mente no podía alcanzar a comprender. Así, Gudo golpeó el suelo con su mano, como para despertarlo, ¡y el emperador se iluminó!

Después de iluminarse, el emperador respetó el Zen y al viejo Gudo más que nunca, e incluso le permitió vestir su gorro en los días de invierno dentro de palacio. Cuando Gudo llegó a los ochenta, solía quedarse dormido en mitad de una clase, y entonces el emperador salía silenciosamente de la habitación, para dejar que el viejo cuerpo de su querido maestro obtuviese el descanso que necesitaba.

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El verdadero milagro

Cuando Bankei estaba enseñando en el templo de Trymon, un monje Shinshu, que creía en la salvación a través de la repetición del nombre del Buddha del amor, estaba celoso de su gran audiencia y quería tener un debate con él.

Bankei estaba en el medio de un sermón cuando el monje apareció, pero creo tanto revuelo que Bankei dejó su discurso y preguntó a qué se debía todo aquel ruido.

“El fundador de nuestra secta”, empezó el monje, “tiene tales poderes milagrosos que puede mover un pincel a un lado del río, y escribir el sagrado nombre de Amida sobre un papel sujetado por un ayudante en la otra orilla. ¿Puedes tú hacer semejantes cosas?”

Bankei respondió tranquilamente: “Quizás tu lince sea capaz de hacer semejante truco, pero ese no es el camino del Zen. Mi milagro es que cuando tengo hambre, como, y cuando tengo sed, bebo.”

Té

Miso fresco

El monje y cocinero Dairyo, del monasterio de Bankei, decidió un día que debería velar por la salud del maestro, y darlo solamente miso freso, una pasta hecha con semillas de soja y trigo, que solía pudrirse con facilidad. Bankei, al darse cuenta de que su miso era más fresco que el de sus alumnos preguntó: “¿Quien es el cocinero hoy?”

Dairyo fue enviado a ver al maestro. Una vez delante de él, le dijo que acorde con su edad y posición, su comida debería de ser la mejor y debería comer solo miso muy fresco. Bankei dijo al cocinero: “Así que piensas que no debería comer en absoluto”. Al decir esto, se levantó y se encerró en su habitación.

Dairyo se sentó fuera de la puerta de su maestro, pidiéndole su perdón. Bankei no contestó ni una vez. Siete días pasaron, y maestro y alumno no se movieron.

Finalmente, desesperado, otro alumno le gritó: “Quizás usted esté muy bien ahí dentro maestro, pero este joven discípulo tiene que comer algo, ¡No puede estar sin comer eternamente!”

Al oír esto, Bankei abrió la puerta. Estaba sonriendo. Le dijo a Dairyo: “Insisto en comer lo mismo que el último de mis seguidores. Cuando te conviertas en maestro, no quiero que olvides esto.”

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Tragarse la culpa

Sucedió un día que se retrasaron los preparativos para la cena del maestro de Zen Soto, llamado Fungai, y sus seguidores. Con las prisas, el cocinero salió al jardín y cortó algunas verduras para hacer unas sopas, sin darse cuenta de que también había cortado parte de una serpiente.

Los seguidores de Fungai encontraron la sopa deliciosa. Pero cuando el maestro encontró la cabeza de serpiente en su bol, hizo llamar al cocinero. “¿Qué es esto?”, demandó el maestro sosteniendo la cabeza de serpiente en su mano.

“Oh, gracias maestro”, respondió el cocinero, tomando la cabeza y tragándosela rápidamente

Buda cuadrículas

El sudor de Kasan

Le pidieron a Kasan que oficiase el funeral de un señor feudal.

El nunca antes había conocido a señores y nobles, y estaba nervioso. Cuando la ceremonia comenzó, Kasan sudaba profusamente.

Al terminar esta, volvió a su templo y reunió a todos sus alumnos. Kasan confesó que no estaba cualificado para ser maestro, pues no era capaz de mantener su Zen frente a un distinguido público al igual que lo hacía en el templo. Kasan dejó su posición y se convirtió en alumno de otro maestro. Después de ocho años, volvió con sus alumnos, iluminado.

cerezo japonés

La Luna no puede ser robada

Ryokan, el maestro Zen, llevaba la vida más sencilla posible en su pequeño refugio en la montaña. Una tarde, un ladrón entro en su refugio y no encontró absolutamente nada de valor.

Ryokan volvió y lo pillo. “Has caminado mucho para visitarme”, le dijo al ladrón, “y no deberías irte con las manos vacías. Por favor toma mis ropas como regalo.”

El ladrón estaba perplejo. Tomo las ropas y se marchó de allí.

Ryokan se sentó desnudo a contemplar la Luna.”Pobre amigo”, musitó, “ojala pudiera haberle dado esta preciosa luna.”

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Cabecera cuentos Zen

En manos del destino

Un gran guerrero japonés llamado Nobunaga, decidió atacar al enemigo pese a tener solo una décima parte de los hombres de que disponía éste. El sabía que la victoria sería suya, pero sus soldados dudaban.

De camino, hicieron una parada en una ermita Shinto, y dijo a sus hombres: “Después de visitar el altar, lanzaré una moneda. Si sale cara, ganaremos. Si sale cruz, perderemos. El destino nos tiene en su mano.”

Nobunaga entro al altar y ofreció una silenciosa plegaria. Después salió y lanzó una moneda al aire delante de sus hombres. Salió cara. Sus hombres tenían tantas ganas de luchar que ganaron la batalla fácilmente.

“Nadie puede cambiar el destino”, le dijo su ayudante después de la batalla.

“Desde luego que no”, dijo Nobunaga, mostrándole una moneda trucada, que tenía cara a ambos lados.

Piedras y flor

Ama abiertamente

Veinte monjes y una monja meditaban con cierto maestro Zen.

Eshun era muy hermosa aunque tuviese la cabeza afeitada y vistiese de forma muy sencilla. Varios monjes se enamoraron secretamente de ella. Uno de ellos llegó a escribirle una carta de amor, insistiendo en que tuviesen una cita

Eshun no contestó. Al día siguiente el maestro dio una clase al grupo y una vez hubo acabado, Eshun se levantó. Dirigiéndose a quien le había escrito la carta, dijo: “Si de verdad me amas tanto, ven y dímelo aquí y ahora.”

Flores y fondo rojo

El bien y el mal

Cuando Bankei celebraba su semana de reclusión y meditación, muchos alumnos de todo Japón acudían. Durante una de esas semanas, un alumno fue sorprendido robando. Bankei fue informado del asunto con la petición de que el alumno debía de ser expulsado, pero Bankei lo ignoró.

Por segunda vez sorprendieron al mismo alumno robando, y de nuevo lo llevaron ante Bankei, quien volvió a dejarlo pasar por alto. Esto enfadó mucho al resto de alumnos, que firmaron una petición para que el ladrón fuera castigado con la expulsión. Si el maestro no lo hacía, amenazaban con irse todos en bloque.

Cuando Bankei leyó la petición llamó a todos los alumnos delante suya. “Sois alumnos inteligentes”, les dijo, “sabéis lo que está bien y lo que está mal. Podéis ir a otro sitio a estudiar si así lo deseáis. Pero este pobre alumno mío ni siquiera distingue el bien del mal. Si yo no le enseño, ¿quién lo hará? Voy a dejarle permanecer aquí aunque todos los demás os marchéis.”

Un torrente de lágrimas broto de los ojos del alumno que había robado. Todo deseo de volverlo a hacer había desaparecido.

Geisha

Lo más valioso del mundo

Sozan, un maestro Zen chino, se encontró una vez con esta pregunta de un estudiante: “¿Qué es lo más valioso del mundo?”

El maestro respondió: “La cabeza de un gato muerto”.

“¿Porqué es la cabeza de un gato muerto la cosa más valiosa del mundo?”, preguntó el estudiante.

Sozan respondió: “Porque nadie puede ponerle precio”.

Monje en meditación

Un golpe de Zen

Hakuin solía hablarles a sus discípulos sobre una mujer mayor que tenía una tienda de té, alabando su entendimiento del Zen. Los estudiantes se negaban a creerle, y solían ir a la tienda a comprobarlo por ellos mismos.

Cuando la mujer los veía entrar, podía saber de un vistazo si venían a por té o a fisgonear sobre su entendimiento del Zen. En el primer caso, los atendía con gusto. En el segundo, les pedía a los alumnos que les siguiesen a la trastienda. En el instante en que les obedecía, los golpeaba con un hierro para atizar el fuego.

Nueve de cada diez no escapaban sin un golpe.

Cañas

La voz de la felicidad

Después de que Bankei dejase este mundo, un ciego que vivía cerca del templo del maestro le dijo a un amigo:

“Como soy ciego, no puedo ver la expresión de una persona al hablar, y por lo tanto tengo que juzgar la personalidad por el tono de voz. Normalmente, cuando oigo a alguien felicitar a otro por algún éxito, también oigo un secreto tono de envidia. Cuando oigo palabras de condolencia, también oigo un pequeño tono de satisfacción en la desgracia ajena.”

“Pero en toda mi vida, la voz que oí de Bankei siempre fue sincera. Si él expresaba su alegría, alegría era todo lo que oía, si expresaba tristeza, tristeza era todo lo que oía.”

Monje

Recitando sutras

Un granjero le pidió a un monje Tendai que recitase sutras por su mujer, que acababa de fallecer. Cuando hubo terminado, le preguntó el granjero: “¿Cree que mi mujer se beneficiará de esto?”

“No solo tu mujer, sino todos los seres se benefician cuando se recitan sutras.”, contestó el monje.

“Si dices que todos los seres se benefician,” dijo el granjero, “mi mujer podría estar débil y otros se aprovecharían de ella, llevándose lo que le corresponde. Por favor, recite sutras solo para ella.”

El monje le explicó que el deseo de los budistas era ofrecer bendiciones y buenos deseos para todos los seres vivos.

“Esas son buenas enseñanzas,” dijo el granjero, “pero, por favor, haga una excepción. Tengo un mal vecino que me trata injustamente. Por favor exclúyale de todos esos seres vivos.”

bUDA FLOTANTE

Zen en cada minuto

Los estudiantes de Zen permanecen con su maestro al menos diez años antes de poder enseñar a otros. Nan-in fue visitado por Tenno, el cual tras haber superado su periodo de aprendizaje, se había convertido en profesor. El día estaba lluvioso, así que Tenno calzaba zuecos y llevaba paraguas. Después de darle la bienvenida, Nan-in le dijo: “Supongo que has dejado tus zuecos en la entrada. Me gustaría saber si tu paraguas esta a la izquierda o a la derecha de los zuecos.”

Tenno, confundido, no supo que decir. Se dio cuenta de que no podía mantener su Zen consigo cada minuto. Se hizo alumno de Nan-in y estudió seis años más para alcanzar su Zen-en-cada-minuto.

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Tres tipos de discípulos

Un maestro Zen llamado Gettan, vivió al final de la era Tokugawa. El solía decir: “Hay tres tipos de discípulos: los que imparten Zen a otros, los que cuidan de los templos y altares, y por ultimo están los sacos de arroz y las perchas andantes.”

Gasan expresó la misma idea. Cuando estudiaba Tekisui, su maestro era muy severo. A veces incluso le pegaba. Otros estudiantes no toleraban semejantes métodos y abandonaban.

Gasan se quedó, pensando: un mal discípulo utiliza la influencia del maestro. Un discípulo justo admira la amabilidad del maestro. Un buen discípulo crece fuerte bajo la disciplina del maestro.

Pájaro y flores

Mal genio

Un estudiante de Zen fue a ver a Bankei: “Maestro, tengo un mal genio incontrolable. ¿Cómo podría curarme?”

“Tienes algo muy raro”, contesto Bankei, “déjame verlo”.

“Ahora mismo no puedo mostrártelo”, respondió el alumno.

“¿Cuando me lo podrás mostrar?”, pregunto Bankei.

“Me sale de repente”, respondió el estudiante.

“Entonces,” concluyo Bankei, “no debe de ser tu verdadera naturaleza. Si lo fuera, podrías mostrármelo en cualquier momento. Cuando naciste no lo tenías, y tus padres no te lo dieron. Piensa en eso.”

arco zen

El farol

Hace mucho tiempo en Japón, solían usarse faroles hechos con bambú y papel, llevando dentro una vela. Un hombre ciego, al acabar de visitar a un amigo, este le ofreció llevar consigo un farol de vuelta a casa.

“No me hace falta ningún farol,” dijo, “oscuridad o luz es lo mismo para mí.”

“Ya sé que no necesitan un farol para encontrar tu camino,” respondió el amigo, “pero si no llevas uno, alguien podría chocarse contigo, así que debes llevar uno.”

De este modo el ciego tomo el farol y partió hacia su casa. No había andado mucho cuando alguien se chocó de frente con él.

“¡Mira por dónde vas!”, exclamó el ciego, “¿Acaso no ves este farol?”

“Tu farol se ha apagado, hermano”, respondió el extraño.

BONSAI DIBUJO

Soldados de la humanidad

Una vez, una división del ejército japonés se enzarzó en una batalla con una guerrilla, y algunos de los oficiales consideraron necesario establecer un campamento en el templo de Gasan.

Gasan le dijo al cocinero: “Los oficiales comerán la misma comida sencilla que comemos nosotros”.

Esto enfadó mucho a los militares, pues estaban acostumbrados a un trato preferente. Uno fue a ver a Gasan y le dijo: “¿Quién te crees que somos? Somos soldados, sacrificamos nuestras vidas por nuestro país. ¿Por qué no nos tratas con respeto?”

Gasan le respondió tranquilamente: “¿Quién te crees que somos? Somos soldados de la humanidad, nuestro objetivo es salvar a todos los seres vivos.”

Koan

Arrestar al Buda de piedra

Un comerciante que llevaba cincuenta rollos de algodón sobre sus hombros paró a descansar del caluroso día bajo un techado. Sobre él se encontraba una gran estatua de un Buda. Allí se quedo dormido, y cuando despertó sus mercancías habían desaparecido. Inmediatamente informo a la policía.

Un juez llamado O-oka inició una investigación. “Ese Buda de piedra debe de haberte robado tus mercancías”, concluyo el juez. “Se supone que debe de velar por el bienestar de la gente, pero no ha cumplido su sagrada tarea. Arréstenlo.”

La policía arresto al Buda de piedra y lo llevaron a juicio. Un numeroso grupo de curiosos siguió a la policía y al Buda de piedra para conocer que sentencia le impondría el juez.

Cuando O-oka subió a su estrado, grito encolerizado a la multitud: “¿Pero qué derecho tenéis para entrar a unos tribunales riendo y haciendo burla de esta manera? Habéis interrumpido un juicio, y por lo tanto seréis multados y puede que arrestados.”

El gentío se disculpó discretamente. “Entonces deberé imponeros una sanción”, dijo el juez, “pero la anularé en caso de que traigáis un rollo de algodón aquí cada uno. Cualquiera que no lo haga antes de tres días, será arrestado.”

El comerciante reconoció fácilmente uno de los rollos como suyo, y de esta manera pudieron arrestar al ladrón. El mercader recuperó su mercancía, y el juez devolvió a los ciudadanos las suyas.

Templo Zen

El Buda de la nariz negra

Una monja que buscaba la iluminación, hizo una estatua de Buda y la cubrió con pan de oro. A cualquier sitio que fuera, llevaba su Buda dorado consigo.

Pasaron los años, y siguió llevando el Buda. La monja fue a vivir a un pequeño templo en el campo, donde había muchos Budas, cada uno en su altar particular.

La monja quería quemar incienso para su Buda particular. Pero la idea de que el perfume se extendiese a los otros Budas no le gustaba. Se creó una pequeña mampara, tal que el incienso ascendería solo para su estatua. Esto hizo que la nariz del Buda dorado se ennegreciese, haciéndolo particularmente feo.

Buda dorado acostado

Prosperar de verdad

Un hombre rico le pidió una vez a Sengai que escribiese unos versos para la prosperidad de su familia. Un símbolo que pudiera ser pasado de generación en generación.

Sengai tomo una gran hoja de papel y escribió:

“El padre muere, el hijo muere, el nieto muere.”

El hombre rico se enfado muchísimo: “¡Te he pedido que escribas algo para la felicidad de mi familia! ¿Por qué te ríes de mi?”

“No pretendía reírme de ti”, explicó Sengai, “Si antes que tu mueras lo hiciese tu hijo, esto te causaría gran dolor. Si tu nieto muriese antes que tú y tu hijo, a ambos os partiría el corazón. Si en tu familia, generación tras generación muriesen en el orden que he escrito, seguirían el curso natural de la vida. Yo a esto lo llamo, prosperar de verdad.”

Casa japonesa

Carta a un moribundo

Bassui escribió la siguiente carta a uno de sus discípulos que estaba a punto de morir.

“La esencia de tu mente no nació, y por esto no podrá nunca morir. No es una existencia que pueda caducar. No es un vacío ni un hueco. No tiene forma ni color. No disfruta de placeres y no sufre dolores.”

“Sé que estás muy enfermo. Como un buen estudiante de Zen, estas afrontando tu enfermedad de frente. Quizás no sepas exactamente quien está sufriendo, pero pregúntate esto: ¿cuál es la esencia de esta mente? Piensa solo en esto. No necesitaras nada más. Tu final, que nunca acaba, es como un copo de nieve disolviéndose en aire puro.

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