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NUESTRA PARTICIPACIÓN EN EL III ENCUENTRO ESPÍRITA IBEROAMERICANO

Recientemente hemos participado en el III ENCUENTRO ESPÍRITA IBEROAMERICANO, celebrado en la ciudad de Vigo (Galicia, España), entre los días 28, 29 y 30 del asado mes de abril 2018, organizado con gran solvencia y eficacia por AIPE (Asociación Internacional para el Progreso del Espiritismo) y CEPA Internacional. Pudimos allí  compartir con espíritas de toda España, y de países hermanos como Portugal, Brasil, Argentina, Venezuela y Puerto Rico, unas intensas jornadas de intercambio fraterno, de diálogo abierto sobre las grandes cuestiones, de orden interno y externo, que el Movimiento Espiritista enfrenta en estos comienzos del siglo XXI

Nos cupo el honor de aportar nuestro granito de arena a este importante encuentro con un tema cuyo título encabeza esta entrada. Para conocimiento de todos nuestros amigos y visitantes, queremos compartir con todos las reflexiones que en aquella asamblea vertimos. Aparte del texto de nuestrra conferencia que ponemos en esta entrada, el mismo, en formato PDF, también podéis descargarlo PINCHANDO AQUÍ.

                                                       Óscar García Rodríguez

REDIMENSIONANDO EL PARADIGMA ESPIRITISTA

 

INTRODUCCIÓN

Para empezar quiero traer aquí dos citas que, a mi entender, representan inequívocamente el carácter con el que Allan Kardec, a partir de su labor codificadora, impregnó al Espiritismo. La primera la encontramos en El Génesis (cap. I: ítem 55), y dice así:

“El Espiritismo, marchando con el progreso, nunca se verá arrollado ni quedará rezagado, porque si nuevos descubrimientos le demostraran que está en el error en determinado punto, se modificará en este punto, y si una nueva verdad se revelara, la aceptaría”.

¿Es posible una declaración más antidogmática que ésta?

La segunda proviene de Obras Póstumas (apartado: La Vida Póstuma), donde Kardec dejó escrito lo siguiente:

“Con el desarrollo de las ideas, todo debe progresar alrededor del hombre, porque todo se relaciona y es solidario en la naturaleza: ciencias, creencias, cultos, legislación, medios de acción. El movimiento hacia adelante es irresistible, porque es ley de la existencia de los seres. Cualquiera que se quede rezagado bajo el nivel social, es dejado a un lado, como el vestido que nos queda corto y acaba por ser arrastrado por el oleaje que sube.“

 

EL ESPIRITISMO A 161 AÑOS VISTA 

Transcurridos 161 años desde la publicación del “Libro de los Espíritus” el mundo ha cambiado mucho, reflejando la transformación interna del propio ser humano. A estas alturas es justo que nos preguntarnos, pues, si tal como el Espiritismo se presenta hoy a la sociedad, es capaz de responder a las demandas de la humanidad, si bajo su aspecto más tradicional puede aún ofrecer respuestas apropiadas a las inquietudes que surgen desde lo más profundo de la mente y el corazón de los humanos del s. XXI. Cabe preguntarse, en suma, si está el paradigma espiritista clásico en sintonía con nuestro tiempo o requiere de un ensanchamiento de sus horizontes referenciales.

No menos importante es examinar con exigente criterio, si los espíritas actuales somos dignos continuadores de aquellos que establecieron las bases de una ciencia de tantas implicaciones filosóficas y de tan profundas consecuencias morales, o si se necesita clarificación y actualización de las maneras, enfoques y metodologías  que adoptamos mayoritariamente sus partidarios.

Como movimiento el Espiritismo ha aportado a la humanidad hechos e investigaciones muy relevantes, explicado enigmas, desvelado principios y leyes, estructurado enseñazas y desarrollado técnicas de trabajo, conjugándolo todo para dar lugar a una visión de la realidad bajo el poder aglutinante de una mentalidad y de una actitud especiales que le confieren sentido, valor y proyección. Y es esa síntesis y su visión vertebradora lo que constituye, propiamente hablando, el Paradigma Espiritista, así como también el núcleo esencial del trabajo de Kardec.

Recordemos que un paradigma es una visión global del mundo cuyos límites son establecidos sólo por lo que consideramos posible, y que a medida que las antiguas maneras de ver las cosas son cuestionadas, nuestra visión comienza a expandirse hasta el punto que lo que antes se consideraba imposible se vuelve normal y con el paso del tiempo se experimenta como una nueva dimensión de la realidad.

Participando del movimiento colectivo, el Espiritismo se encuentra hoy justo en esa tesitura histórica en la que si bien sus fundamentos siguen vigentes, se percibe la necesidad de dar una vuelta de tuerca al entendimiento. La conciencia humana es como un foco de luz que aumenta su potencia lumínica según adquiere experiencia, expandiédose en círculos concéntricos progresivamente más abarcadores, de forma que cada nuevo diámetro iluminado revela elementos antes desconocidos, perspectivas previamente no consideradas y conexiones insospechadas.

Y es que como señaló Arthur Koestler la realidad estaría compuesta de totalidades/partes u «holones», término con el que designaba Koestler a aquello que siendo una totalidad en un determinado contexto era, simultáneamente, parte en otro contexto. Un “holón” es, por tanto, un “todo” que también es “parte” de otro “todo” de más alto rango, que a la vez que lo incluye lo trasciende. Algo así como las matroskas, esas tradicionales muñecas rusas que se contienen unas a otras.

Bajo la nueva mirada adquirida por un ser humano con una conciencia expandida, la realidad aparece diferente, más profunda, completa y armoniosa. Y al mismo tiempo eclosionan cualidades nuevas en el propio individuo, a veces muy sutiles. Esa nueva mirada no reniega de lo viejo, lo integra desde un ángulo de visión más amplio.

El redimensionamiento del Paradigma Espírita es consecuencia natural de una recontextualización acorde con el acrecentado grado de comprensión de los propios espíritas y del ser humano en general. Ese proceso se va formalizando a través de cuatro parámetros: profundización, desmitificación, simplificación y renovación.

SOBRE LA SIGNIFICACIÓN HISTÓRICA DEL ESPIRITISMO

El Espiritismo, visto como una enseñanza que incorpora principios atemporales más allá de una mera etiqueta, constituye uno de los diversos marcos con que cuenta la humanidad para trabajar en su autoconocimiento y ampliar el estado general de la conciencia de la especie hacia planos más elevados. Cuando esto se da de manera extensiva y alcanza cierta masa crítica, se va reflejando con la recreación en el plano humano de estructuras sociopolíticas, científicas, culturales y solidarias nuevas, que representan con mayor fidelidad modelos inspiradores que ya existen en dimensiones espirituales. En el seno de esas estructuras renovadas las relaciones interpersonales tienden a ser más humanas y fraternas e, igualmente, una más armónica convivencia con todo el escenario vital planetario se va haciendo patente.

Si el Espiritismo, como movimiento de ideas, desapareciese hoy, no pasaría nada. Pronto otra concepción equivalente ocuparía su lugar y desarrollaría su papel. Y si eso se produjera efectivamente alguna vez, sería porque los propios espíritas habrían incumplido su sentido histórico, clara evidencia de que como vehículo evolutivo el Espiritismo habría quedado obsoleto, manteniéndose su restos apenas como una reliquia agonizante, un simple andamiaje desarbolado de contenido, carente de función y objeto. A los espíritas nos compete, pues, llenar la firme estructura de ideas que se nos legó de maneras actualizadas, de enfoques renovados, encarnando el sentido que la alimenta desde su origen. Si esto no se hace, será irremediablemente superado por la historia, pues la vida no es sentimentalista y carece de apegos.

El aumento de comprensión de los propios espíritas y de la humanidad en general, precipita más pronto o más tarde, el imprescindible abordaje del redimensionamiento de su marco referencial. Al propio Kardec, cuando los espíritus le revelaron su cometido, se lo dejaron muy claro al decirle:

“No olvides que puedes triunfar como puedes sucumbir; en este último caso, otro te reemplazaría, porque los designios de Dios no descansan sobre la cabeza de ningún hombre.”

Tampoco la transformación humana está adscrita exclusivamente a ningún “ismo”, añadimos ahora nosotros.

EL PELIGRO DE LAS IDEOLOGÍAS

En la obra «El Mensaje Reencontrado», Louis Cattiaux nos recuerda tres principios muy importantes que de manera conjunta ofrecen el perfecto encuadre para la actitud que se precisa en el quehacer volcado hacia el exterior de cualquier espírita consciente:

1°) Que lo propio de la verdad es que se basta a sí misma y quien la posee no intenta convencer a nadie;

2°) Que el ignorante pretende instruir a los que no piden nada, en tanto el hombre Sabio calla y espera que le pregunten, y

 3°) Que es mejor actuar con el ejemplo sin querer convencer a nadie, porque así todos pueden convertirse sin que parezca que ceden ante nadie.

Tomemos como referencia estos tres pensamientos para abordar el problema de quienes desde las propias filas espíritas pretenden hacer del Espiritismo una ideología. Los que se aventuran por este camino sin salida, enraizado en la creencia y no en la propia experiencia, parten de una deformación básica en sus conciencias que les ha conducido  al inmovilismo cristalizado. Carecen, pues, de la libertad interior necesaria para aceptar la realidad tal como es y, lo sepan o no, albergan un íntimo e imposible deseo: que sea la realidad la que se someta a sus esquemas mentales predefinidos.

A los ojos de cualquier ideología – religiosa, filosófica, política o de cualquier otra índole – el universo está básicamente mal diseñado y el resto de la humanidad vive equivocada, por lo que a la vida se la ve y se la convierte tanto en el escenario de una batalla que hay que ganar, como en un territorio destinado a un sobresfuerzo titánico e indefinido a costa de innumerables autosacrificios.

Esta actitud conlleva generalmente – también en sectores del movimiento espiritista – una fiebre activista asentada en la creencia de que “hacer” es sinónimo de avanzar, cuando lo único que se logra en la mayoría de las ocasiones es complicarlo todo más y más, coadyuvar en el refuerzo y justificación de todo eso contra lo que se dice luchar y retrasar la necesaria renovación convencidos de que “se está haciendo algo”.

Quizás al ser herederos inconscientes de imágenes del propio pasado, hay quienes  mantienen la visión de que el camino del progreso espiritual es algo semejante a una cuesta inmensa, difícil y tortuosa, llena de dificultades y trampas, salvable sólo a base de enormes esfuerzos y sufrimientos sin cuento, donde hay que arrostrar inauditos retos y pruebas torturantes que superar. Triste y desalentadora perspectiva.

Nada de esto se desprende de lo que comunican los grandes despiertos a lo largo de la historia humana, de aquello que los espíritus superiores enseñan y de lo que muchos humanos han experimentado, cada cual a su nivel. Bien diferente es lo que unos y otros proclaman y lo que un número creciente de hombres y mujeres han atisbado en forma de experiencias transformadoras, esas que el psicólogo norteamericano Abraham Maslow denominó «experiencias cumbre». Todo ello, en conjunto, nos habla de progresivos saltos en los niveles de comprensión, aceptación,  amor, paz, unidad e iluminación, hasta más allá de lo descriptible

Por ello y a fin de ser más efectivos, lo primero a hacer sería, paradójicamente,  abandonar el hacer compulsivo pero sin tener como objetivo el no hacer, si se me permite expresarlo así. Y no, no es un trabalenguas; la mejora en la comprensión de las enseñanzas del Espiritismo lleva, primero, a replantearnos y, después, a abandonar, la pulsión automatizada del hacer, substituyéndola por el impulso espontáneo del acto.

INCOMPATIBILIDADES

La búsqueda insistente de referencias maximalistas que sirvan de guía e inspiración para la vida de los hombres y mujeres de este planeta, de perfectos y definitivos modelos a los que imitar, nos convierte en la práctica en ciegos autoinducidos. En el ámbito espírita es una contradicción irresoluble proponer a la humanidad  ciertas vidas como prototipos idealizados de comportamiento a cuyos protagonistas, al mismo tiempo se los sitúa fuera de los moldes estrictamente humanos en su nacimiento, vida, obra, muerte y significación histórica, asignándoles una supuesta naturaleza excepcionalísima. Si se acoge completamente esta visión, la consecuencia nos es otra que inutilizar e invalidar tales modelos. Estudiar a los maestros del espíritu es la mejor manera  de respetarlos y de respetarnos; seguirles incondicionalmente es la más segura forma de faltarles al respeto y la pérdida total del respeto por nosotros mismos.

También es incompatible con el carácter del Espiritismo, que sus adeptos desarrollen otras actitudes más propias de inmóviles creyentes. Es el caso de aquellos que asumen informaciones o indicaciones para la vida por mera vía de autoridad, sustentadas apenas en una especie de fe externalizada, la que en realidad oculta una huida de la propia responsabilidad.

La naturaleza de un espírita consciente es la de un estudioso permanente, un auscultador constante de su propia intimidad, un investigador de la realidad humana sin límites, sin condiciones, sin apriorismos de ningún tipo, dispuesto al libre examen de cualquier materia que llegue hasta él, provenga de donde provenga.

Con la dedicación y la experiencia, el espírita estudioso va adquiriendo en los asuntos del espíritu un olfato afinado, una intuición particular capaz de detectar rápidamente las falsas “humildades”, las poses seudomísticas, los “salvadores” con su cortejo de “fieles” aduladores, los elegidos autopromocionados, los “misioneros” de la confusión, los explotadores de la buena voluntad y los vendedores de fruslerías místicas. Ya no está dispuesto a perder más el tiempo “comulgando” con ruedas de molino y ha aprendido a decir en muchas ocasiones y sin sentimiento de culpa, un rotundo NO.

REIVINDICANDO EL PODER DE LAS PALABRAS

Khalil Gibrán, con su característica prosa poética, se expresa así en “Arena y Espuma”: “El primer pensamiento de Dios fue un ángel. La primera palabra de Dios fue un hombre.” De forma tan bella se refería el preclaro poeta libanés a las limitaciones del lenguaje para desvelar el significado total de las verdades inefables, esas que están más allá de cualquier lenguaje. No obstante, teniendo esto bien presente, no podemos menos de reconocer que hay un enorme poder de naturaleza espiritual en las palabras, porque cuando son bien empleadas por boca o mano de la integridad, se convierten en puentes que nos conducen hasta las mismas puertas de la trascendencia. Y, por el contrario, cuando son mal empleadas, alzan murallas que entorpecen hasta lo inconcebible la comprensión.

Desde hace largo tiempo grandes poderes establecidos mantienen una confabulación en marcha, a veces explícita y otras implícita, para hundirnos en la confusión. Esto es muy evidente y frecuente en el uso tendencioso del lenguaje, por lo que debemos estar continuamente alertas. Particularmente estoy muy harto de que nos roben las palabras, de que expolien el patrimonio común que nos permite comunicarnos. El término Espiritismo es un buen ejemplo de ello, pues ya supone, de entrada, tener que sortear tremendas resistencias para una correcta divulgación entre los neófitos. Pero hay infinidad de términos de alcance más universal, en las mismas circunstancias.

Cada vez que una nueva idea brota en el escenario social, en la que los entramados del poder establecido adviertan el más leve peligro para su predominio y privilegios, la recogen enseguida con el objeto de alterar su significado mediante asociaciones tendenciosas con contenidos con los que nada tiene que ver originalmente, en particular con todo tipo de entelequias arquetípicas que inspiren miedo, recelo y desconfianza. Para ello se aprovechan de los prejuicios hábilmente sembrados entre amplios sectores sociales durante generaciones al amparo de la ignorancia generalizada, a la que también han contribuido sistemáticamente. Estos prejuicios se activan de forma automática tal como esos programas maliciosos incrustados de incógnito en la memoria de un ordenador, y lo desnaturalizan todo.

EL «MÉTODO KARDECIANO» EN EL ESPIRITISMO ACTUAL

Kardec nunca buscó ser protagonista ni cabeza visible de ningún movimiento, su autoridad le vino sobrevenida como reflejo de un trabajo bien hecho. Decía que su única aspiración era la de “ser un trabajador”. Y fue un trabajador incansable.

¿Cuál era su secreto? ¿Cuál era su aliento? No fueron otros que su amor a la verdad y el compromiso con su propia conciencia. A ello unió preparación y carácter. Fue en ese alambique donde se destiló el «método kardeciano», quizás su más persistente herencia, porque es atemporal y porque aplicado al conocimiento de cualquier área, solo puede producir buenos frutos.

Hondas motivaciones éticas, acendrado sentido común, apertura mental, enorme capacidad de trabajo, sentido de la responsabilidad, profundidad conceptual y didactismo, fueron algunos de los principales hilos que conformaron la urdimbre con la que se tejió el «método kardeciano». ¿Qué queda de él en el Espiritismo actual?

SOBRE LA NECESIDAD DE ENTENDERNOS A NOSOTROS MISMOS

La conciencia humana se proyecta hacia mayores cotas de consciencia en una ruta que contempla las sucesivas fases del atender, entender, comprender, actuar y ser.

Desde la inatención hasta la atención nos suele llevar con frecuencia alguna crisis personal y el sufrimiento que le es concomitante, que tiene el poder de hacernos parar y reordenar las propias prioridades, obligándonos a fijarnos más allá de las apariencias y asumir importantes virajes en la dirección de nuestra vidas.

Entender supone detectar vínculos, relaciones, interdependencias y correspondencias que nos permiten entrever las líneas generales del entramado unificador que sostiene la realidad.

Comprender implica una visión total del asunto sometido a observación, tanto en su estructura general como en sus detalles, de modo que ese conocimiento pasa a formar parte integrante e inseparable de la conciencia individual bajo la forma de sabiduría.

La manifestación autónoma de la conciencia humana que alcanza cierto nivel, se exterioriza en forma de actos de carácter espontáneo, condición que forma la base de lo que Carl Gustav Jung llamó “sincronicidad”. Desde el momento en que entramos en sincronía el Ser Espiritual, no encontrando resistencias para verter su potencialidad inherente, se expresa como un poder convocador de la realidad hacia la existencia.

Nadie puede alcanzar un más elevado estado de consciencia solo a base de teorías e informaciones (intelectualismo), ni de chutes de emocionalina (sentimentalismo) o mediante una sobredosis de actividad (voluntarismo). La evolución humana es resultado de una síntesis integradora de experiencias vitales, que se resuelven en una nueva y más elevada condición interior.  Se comprende así que no hay que intentar cambiar el mundo sino cambiarnos a nosotros mismos. De esta forma todo alrededor cambiará subsiguientemente, pues no hay mundo sin observador.

Uno de los espejismos del voluntarismo es el causalismo. El pensamiento lineal voluntarista sostiene la ilusión de que podemos causar algo, cuando en realidad nada ocasionamos. Sólo adquirimos estados y entonces aquello que debajo de lo tangible ya es como potencialidad y reverbera en correspondencia, se revela por sí mismo en y a través de nosotros. Así es como vamos encarnando el propósito de la Creación.

La producción de cadenas inacabables de acciones es síntoma del tremor afiebrado del hacer, con el que intentamos imponer un curso a la existencia. Pero la sabiduría posee la capacidad de moverse por la línea de menor resistencia, en sintonía con el flujo existencial natural, forma de proceder que la sabiduría taoísta llamó «no-acción».

Los actos son las crestas irrepetidas e irrepetibles de una onda de flujo y, por lo mismo, de naturaleza caótica, en el sentido que lo entiende la física moderna, donde el caos representa un orden de tipo infinito. Los actos son, por su misma naturaleza esencial, desestabilizadores del inmovilismo, ya que responden a un equilibrio dinámico que no casa con rigideces y mentalidades cristalizadas. Suele ocurrir, pues, que las mentalidades ancladas no comprendiendo lo que pasa, interpreten aquello que ven en el comportamiento de un ser humano despierto espiritualmente que no responde a sus expectativas, como incoherencias.

Para todos los espíritas es un acto de responsabilidad y una necesidad, trabajar para y por el auto-entendimiento, abarcando esa labor la totalidad de los planos de la expresión humana, los que podemos reducir básicamente a tres: el mental, el volitivo y el emocional. Esta especie de triple polaridad constituye, fusionada en su base, la naturaleza indiferenciada del Ser Espiritual.

Entender en Plano Volitivo. La voluntad es el motor del espíritu, el principio movilizador. Y como impulso hacia la existencia, es la potencia “reveladora”.

La educación de la voluntad se realiza en base a la práctica, la que a la larga produce la familiaridad. Para eso se requiere la adquisición del ritmo que proporciona la disciplina. Bien saben los ingenieros que diseñan puentes, el poder de las ondas a las que se aplica un determinado ritmo: pueden llegar a derribarlos. Pero los ritmos también pueden ayudar a construir la forma geometrizando la substancia.

Entender el Plano Mental. La mente es el ojo del espíritu, por tanto identifica las formas que adopta la realidad y, desde ahí, se encarga de visualizar las metas a las que nos inclinamos.

Como regenta del mundo de las formas, la mente individual es una especie de terminal conectada a una gran base de datos universal en la que están codificados todos los tipos formales posibles y existibles. Actúa comparando, relacionando, induciendo, deduciendo e imaginando para revelar estructuras. Desarrolla la capacidad de distinguir, discriminar y delimitar. Reconoce patrones y significados, y al fijarlos proyecta el mundo a través del sistema perceptivo, pues aquello que la mente idealiza y mantiene, tiende a construir la configuración de la realidad percibida por los sentidos.

La educación de la mente se fundamenta en desarrollar la capacidad de abstracción mediante la concentración. Necesita el alimento de la información.

Entender el Plano Emocional. El mundo emocional (corazón) refleja el plano energético del ser humano, su fundamento está en los movimientos y fluctuaciones de nuestro campo de energía. El carácter de las emociones revela la condición interior del momento de cada ser humano e indica la dirección y el sentido de su vida.

Decía Erich Fromm que “vivir correctamente ya no es una demanda ética o religiosa. Por primera vez en la historia –añadía- la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano”. Las emociones constituyen el “disparador” de la mente, que ante ellas reacciona extrayendo de una especie de fondo universal prototípico al que está conectada, las formas mentales (ideas) que según el estado evolutivo individual, representan en su fuero interno eso que siente.

Disponer de un mapa contrastado de la escala de las emociones en relación a los estados evolutivos (y lo hay) es una herramienta muy útil para establecer un proceso encaminado a su educación y elevación. Y uno de los pasos a seguir para elevar las emociones es dotarlas también de contenido fiable. Las emociones, cuando son informadas, se convierten en sentimientos.

LOS CENTROS ESPÍRITAS HOY

Los centros espíritas son un reflejo de sus miembros y de las condiciones del medio en el que desenvuelven. Es inevitable, natural y necesario, que haya Centros Espíritas con un amplio espectro de características para responder a las necesidades de las sociedades en las que se insertan.

Básicamente todo Centro Espírita sería un espacio para aprender a aprender, para informarse e informar, para formarse y formar, para investigar, compartir y convivir. Los centros espíritas podrían ser ejemplos factibles de microsociedades anticipadoras de los ideales de la fraternidad.

PROPUESTA DE LÍNEAS DE TRABAJO PARA EL REDIMENSIONAMIENTO DEL PARADIGMA ESPÍRITA

1) Recuestionamiento conceptual permanente. Sano y útil es volver a hacernos periódicamente las mismas preguntas para revisar nuestras convicciones, incluso aquellos presupuestos que consideramos más asentados en nuestro interior, al objeto de dar cauce a una escalada en nuestra propia comprensión de cada asunto.

2) Estudio del patrimonio espiritual de la humanidad. Junto a las obras espiritistas clásicas y actuales, proponemos ahondar en paralelo en el conocimiento y la familiaridad con las grandes fuentes tradicionales del saber espiritual: hinduistas, taoistas, budistas, zen, misticismo cristiano, misticismo islámico, etc., así como estudios de autores contemporáneos o actuales que exploran estas mismas líneas.

Desde la metodología espírita, el estudio de este material ha de realizarse usando cualquier sistema que ayude a su mejor comprensión: exposiciones, diálogos, tertulias, uso de técnicas introspectivas, y, en general, toda forma de intercambio fraterno en un clima de participación respetuosa y escucha activa.

3) Seguimiento de los avances de la ciencia en áreas estratégicas. Recomendamos particularmente estar al tanto de los avances en las áreas que tocan los temas más vinculados con los preceptos espiritistas y de sus ámbitos colindantes.

4)  Conectarse a la realidad en transformación. Proponemos que se realice un seguimiento de las diferentes iniciativas transformadoras que han surgido o están surgiendo en el mundo como posibles alternativas superadoras del vigente paradigma general en crisis, en los contextos cultural, socioeconómico y humanitario.

5) Formación continua en el conocimiento de la propia lengua. Poponemos el estudio permanente del lenguaje, siendo conscientes cómo han sido construidas las palabras que usamos, de su origen y etimología. Esto redundará en una mejoría sensible del entendimiento y la comunicación.

6) Revisión de las nomenclatura usada por los espíritas. El Espiritismo no es un movimiento desconectado de la realidad circundante. En su nacimiento heredó una buena cantidad de términos que ya eran usados en otros contextos con significados bastante diferentes, en algunos casos desnaturalizados desde hacía largo tiempo. Como desde la época de Kardec y de sus más preclaros continuadores, algo ha avanzado la sociedad, parece pertinente plantearnos tanto si usamos con corrección la nomenclatura espírita y si, en algunos casos, ciertos términos representa bien nuestro actual nivel de comprensión y deberían cambiarse.

7) Simplificación de las prácticas mediúmnicas. En aras a eliminar cualquier práctica desfasada, supérflua o con tintes ritualistas, que se conserve por mera fidelidad, costumbre o que se haya quedado sin significado. Todo lo que realicemos en este ámbito sería útil que contribuyese a un clima de sencillez y autenticidad.

8) Superación del mito del esfuerzo ensalzando el valor del trabajo. Esto se consigue cuando nos llenamos de entusiasmo y se trabaja sin esfuerzo. Recordemos que, según su etimología, la palabra “entusiasmo” significa «Dios en nosotros». Y es que el entusiasmo es el resultado natural de la captación y vivencia del sentido.

9) Generalizar la práctica de la meditación. Recomendamos promover en los centros espíritas y fuera, la práctica habitual de la meditación por encima de esa colección sin sentido de técnicas y métodos contradictorios, en su forma más simple como incentivación del silencio interno para escuchar la voz interior, la voz del espíritu.

CONCLUSIÓN

El Espiritismo tiene que salir de los “claustros” de los centros espiritistas. Y no me refiero a diseminarse por calles y plazas a la “caza” de seguidores, repartiendo folletos y sermoneando a los transeuntes con ánimo “salvador”, como hacen ciertas sectas religiosas; hablo de que los propios espíritas se conviertan en su día a día, durante el desempeño de su normalidad, en los mejores ejemplos de la capacidad transformadora de las ideas, principios y enseñanzas que representan, al punto de inducir a preguntarse a muchos con los que se relacionan: “¿Qué razón hace a este ser humano así de profundo, optimista, entusiasta, creativo y divertido?” El horizonte de un espiritista consciente no es convertirse en un ser especial, sino en  ser ordinariamente humano al comprender a cabalidad la importancia de lo obvio.

Y aunque la tarea más importante tiene siempre por escenario la intimidad del propio ser humano, si el mantenimiento de nuestra integridad trae aparejado a veces el despertar del temor de los explotadores, el desconcierto de los sistemáticos, la rabia de los fanáticos, el escándalo de los moralistas o la incomodidad de los perezosos, sea todo ello bienvenido, no habrá mejor evidencia de que estamos siendo responsables y cumpliendo nuestro papel. El propio Jesús lo dijo y pocos lo entendieron: “Yo no he venido a traer la paz al mundo.”

Conviene que todos los espíritas recordemos un trabajo indispensable consistente en alentar nuestra renovación constante llenos de entusiasmo, alegría y compromiso, para inundar el mundo de la sana incoherencia que nos proporciona la libertad de crecer, pues como Ralph Waldo Emerson decía «Una necia coherencia es el duende de las mentes estrechas». No hablamos de ser fuente de excentricidades sino de recuperar la condición básica que nos hace verdaderamente humanos, que no otra es que la posibilidad de cambiar para reactualizarnos permanentemente, lo que suele abrumar y desarmar de justificaciones a los complicados, es decir, a los acomodados.

Y no olvidemos tampoco que la responsabilidad espiritual deriva directamente de la plena consciencia sobre la absoluta identidad que existe entre lo creído y lo creado.

                                                      Óscar M. García Rodríguez

                                                      GRUPO ESPÍRITA DE LA PALMA

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Fragility of a human creature conceptual body art on a woman

Por: Lorena S. Fuentes

De: http://energizate.net/2016/03/significado-de-la-enfermedad/

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«La enfermedad es el esfuerzo que hace la naturaleza

para curar al hombre». Carl G. Jung

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Comprender la enfermedad como la voy a plantear a continuación puede resultar incómodo para las personas que la utilizan como excusa para evitar enfrentarse con su origen.

Actualmente, la industria farmacéutica y la medicina alopática nos ofrecen soluciones que cada vez nos parecen más de ciencia ficción. Y no digo que esté absolutamente en contra de sus avances, pero si es verdad que cada vez somos más los que nos replanteamos las cosas, desconfiamos y buscamos en otros métodos, antiguos o modernos, lo que a la medicina tradicional le falta: comprender al ser humano desde todos sus aspectos.

Ya he hablado en ocasiones anteriores del Cuerpo (como cuerpo físico) y la Conciencia. Basándome en esos conceptos, trataré de explicar cómo entiendo yo la enfermedad:

Enfermedad significa la pérdida de una armonía o, también, el trastorno de un orden hasta ahora equilibrado (después veremos que, en realidad, contemplada desde otro punto de vista, la enfermedad es la instauración de un equilibrio).

“Ahora bien, la pérdida de armonía se produce en la conciencia, en el plano de la información, y en el cuerpo sólo se muestra (como síntoma o somatización). Por tanto, el cuerpo es el vehículo físico de la manifestación de todos los procesos y cambios que se producen en la conciencia. Si una persona sufre un desequilibrio en su conciencia, eso se manifestará en su cuerpo en forma de síntoma.”

La distinción entre «somático» y psíquico» se refiere al plano en el que el síntoma se manifiesta, pero no sirve para ubicar la enfermedad. En realidad se tratará exclusivamente de síntomas que se manifiestan en el plano psíquico, es decir, en la conciencia de la persona.

Un-elefante-atadoCuando en el cuerpo de una persona se manifiesta un síntoma, éste (más o menos) llama la atención interrumpiendo, con frecuencia de forma brusca, la continuidad de su vida diaria. Un síntoma es una señal que atrae atención e interés y suele impedir que tu vida continúe de forma “normal”.

El síntoma te reclama, lo quieras o no. Es molesto y nosotros no queremos ser molestados, enseguida tiramos de ibuprofeno:

-Me duele la cabeza

-Pues tómate “algo”.

La medicina, desde sus inicios, lo que ha hecho es convencer de que un síntoma es un hecho más o menos fortuito de origen meramente biológico. Siempre evitando la interpretación del síntoma.

Somatizar é viver1

Yo siempre pongo este ejemplo: imagina que se te enciende una luz de avería en el salpicadero del coche. Imagina que llevas el coche al taller y el mecánico levanta el panel y saca la bombilla. Pues esto es lo que hace la medicina tradicional. Acabar con el síntoma. Muerto el perro, se acabó la rabia. ¿Pero qué es lo que te estaba diciendo la luz?

Para poder comprender esto hay que dirigirse a zonas más profundas. La luz sólo quería avisarnos y hacer que nos preguntáramos qué ocurría. Pues eso es lo que sucede en nuestro cuerpo. Y esto es lo que contempla la medicina holística o medicina integrativa: comprender la enfermedad desde una perspectiva mucho más amplia. Comprender al ser en todas sus dimensiones: física, emocional y espiritual, o lo que es lo mismo: mente, cuerpo y espíritu. El ser humano no es una ecuación química. Es infinitamente más.

Lo que en nuestro cuerpo se manifiesta como síntoma es la expresión visible de un proceso invisible y con su señal pretende interrumpirnos, avisarnos de que algo no va bien y obligarnos a indagar. También en este caso, es una estupidez enfadarse con el síntoma y absurdo tratar de suprimirlo impidiendo su manifestación.

Lo que hay que eliminar no es el síntoma, sino la causa.

Tenemos que ir mucho más allá, pero la medicina es incapaz de dar este paso.  ¿De qué sirve acabar con el síntoma, si la causa que lo origina sigue ahí­? ¿Cuántos tratamientos farmacológicos funcionan mientras se toman, y los síntomas siguen o vuelven en cuanto se dejan? ¿Cuántas enfermedades, sencillamente, no se curan con ningún fármaco? La enfermedad no está en el cuerpo, aunque se manifiesta a través de él.

sombra

Aún con todos los avances científicos conseguidos hasta el momento, el número de enfermos no ha disminuido ni en una fracción del 1%. Ahora hay tantos enfermos como ha habido siempre ”aunque los síntomas sean otros”. Te lo pueden disfrazar como quieran, yo también se jugar con las estadísticas, me dedico a ello, pero esta es la cruda realidad. Investiga sobre ello tú mismo.

Resumiendo…

“La enfermedad es un estado, indica que la persona, en su conciencia, ha dejado de estar en orden o armonía. Esta pérdida del equilibrio interno se manifiesta en el cuerpo en forma de síntoma. El síntoma es la señal y porta información, nos dice que nosotros, como individuos, como seres dotados de alma, estamos enfermos, es decir, que hemos perdido el equilibrio de las fuerzas del alma. El síntoma nos informa que algo falla. Denota un defecto, una falta. La conciencia ha reparado en que, para estar sanos, nos falta algo. Esta carencia se manifiesta en el cuerpo como síntoma. El síntoma es, pues, el aviso de que algo falta.”

El síntoma puede decirnos qué es lo que nos falta ”pero para entenderlo tenemos que aprender su lenguaje. El lenguaje es psicosomático, es decir, sabe de la relación entre el cuerpo y la mente.

mujerconramas

A continuación extraigo algunos fragmentos de un libro que me pareció fascinante y que cito al final de la entrada (La enfermedad como camino):

“Polaridad

La curación se produce exclusivamente desde una enfermedad transmutada, nunca desde un síntoma derrotado o extirpado, ya que la curación significa que el ser humano se hace más sano, más completo. La curación se consigue incorporando lo que falta y no es posible sin una expansión de la conciencia. Enfermedad y curación son conceptos que pertenecen exclusivamente a la conciencia, por lo que no pueden aplicarse al cuerpo, pues un cuerpo no está enfermo ni sano. En él sólo se reflejan, en cada caso, estados de la conciencia.

La medicina se limita a adoptar medidas puramente funcionales que, como tales, no son ni buenas ni malas sino intervenciones viables en el plano material. En este plano la medicina puede ser asombrosamente buena; no se pueden condenar todos sus métodos.”

No se puede hablar de curación sin mencionar la polaridad y la sombra.

“La respiración da al ser humano la experiencia básica de polaridad. Inhalación y exhalación se alternan constante y rítmicamente. El ritmo que forman no es más que la continua alternancia de dos polos. El ritmo es el esquema básico de toda vida. Lo mismo nos dice la Física, que afirma que todos los fenómenos pueden reducirse a oscilaciones. Si se destruye el ritmo se destruye la vida. La vida es ritmo. El que se niega a exhalar el aire no puede volver a inhalar. La inhalación depende de la exhalación y, sin su polo opuesto, no es posible.

Un polo, para su existencia, depende del otro polo. Si quitamos uno, desaparece también el otro. La electricidad se genera de la tensión establecida entre dos polos, si quitamos un polo, la electricidad desaparece.”

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¿Para qué cuento todo esto? La enfermedad tiene mucho que ver con una pérdida de la polaridad, o mejor dicho, un desequilibrio entre la manifestación de ambos polos. Es importante comprender la interdependencia de los dos polos y la imposibilidad de conservar un polo y suprimir el otro. Y a este imposible se orientan la mayoría de las actividades humanas: el individuo quiere la salud y combate la enfermedad, quiere mantener la paz y suprimir la guerra, quiere vivir y, para ello, vencer a la muerte. Es impresionante ver que, al cabo de un par de miles de años de infructuosos esfuerzos, los humanos siguen aferrados a sus conceptos. Cuando tratamos de alimentar uno de los polos, el polo opuesto crece en la misma proporción, sin que nosotros nos demos cuenta.

Precisamente la medicina nos da un buen ejemplo de ello: cuanto más se trabaja por la salud más prolifera la enfermedad. Si queremos plantearnos este problema de una manera nueva, es necesario adoptar la óptica polar. En todas nuestras consideraciones, tenemos que aprender a ver simultáneamente el polo opuesto. Nuestra mirada interior tiene que oscilar constantemente para que podamos salir de la unilateralidad y adquirir la visión de conjunto.

¿Y qué es la sombra?

Todo lo que nosotros no queremos ser, lo que no queremos admitir en nuestra identidad, forma nuestro polo negativo, nuestra «sombra». Pero el repudio de la mitad de las posibilidades no las hace desaparecer sino que sólo las destierra de la identificación o de la conciencia. El «no» ha quitado de nuestra vista un polo, pero no lo ha eliminado. El polo descartado vive desde ahora en la sombra de nuestra conciencia.

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Llamamos sombra (en la acepción que da a la palabra C. G. Jung) a la suma de todas las facetas de la realidad que el individuo no reconoce o no quiere reconocer en sí­ y que, por consiguiente, descarta.

La sombra es el mayor enemigo del ser humano: la tiene y no sabe que la tiene, ni la conoce. La sombra hace que todos los propósitos y los afanes del ser humano le reporten, en última instancia, lo contrario de lo que él perseguía.

El ser humano proyecta en un mal anónimo que existe en el mundo todas las manifestaciones que salen de su sombra porque tiene miedo de encontrar en sí­ mismo la verdadera fuente de toda desgracia. Todo lo que el ser humano rechaza pasa a su sombra que es la suma de todo lo que él no quiere.

Ahora bien, esta negación, no afrontar y asumir una parte de la realidad, no conduce al éxito deseado. Por el contrario, el ser humano va a tener que ocuparse muy especialmente de los aspectos de la realidad que ha rechazado. Esto suele suceder a través de la proyección: cuando uno rechaza en su interior un principio determinado, cada vez que lo encuentre en el mundo exterior desencadenará en él una reacción de angustia y rechazo.

Proyección significa que con la mitad de todos los principios fabricamos un exterior, porque no los queremos en nuestro interior. Los principios rechazados que ahora aparentemente nos acometen desde el exterior, los combatimos en el exterior con el mismo encono con que los habíamos combatido dentro de nosotros. Insistimos en nuestro empeño de borrar del mundo los aspectos que valoramos negativamente. Pero esto es imposible (por la ley de la polaridad), este intento garantiza que nos ocupemos con especial intensidad de la parte de la realidad que rechazamos.

Esto entraña una irónica ley a la que nadie puede sustraerse: lo que más ocupa al ser humano es aquello que rechaza. Y de este modo se acerca al principio rechazado hasta llegar a vivirlo.

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Es conveniente no olvidar las dos últimas frases. El rechazo de cualquier principio es la forma más segura de que el sujeto llegue a vivir ese principio. Es la profecía autocumplida. Es resonancia.

A UN SER HUMANO SÓLO PUEDEN MOLESTARLE LOS PRINCIPIOS DEL EXTERIOR QUE NO HA ASUMIDO.

El entorno hace las veces de espejo en el que sólo nos vemos a nosotros mismos y también, desde luego y muy especialmente, a nuestra sombra, a la que no podemos ver en nosotros. De la misma manera que de nuestro propio cuerpo no podemos ver más que una parte, pues hay zonas que no podemos ver (los ojos, la cara, la espalda, etc.) y para poder hacerlo necesitamos del reflejo de un espejo, también para nuestra mente padecemos una ceguera parcial y sólo podemos reconocer la parte que nos es invisible (la sombra) a través de su proyección y reflejo en el llamado entorno o mundo exterior. El reconocimiento precisa de la polaridad.

El que vive en este mundo y no reconoce que todo lo que ve y lo que siente es él mismo, cae en el engaño y el espejismo. Hay que reconocer que el espejismo resulta increíblemente vívido y real (muchos dicen, incluso, demostrable), pero también el sueño nos parece auténtico y real, mientras dura. Hay que despertarse para descubrir que el sueño es sueño. Lo mismo cabe decir del gran océano de nuestra existencia.

HAY QUE DESPERTARSE PARA DESCUBRIR EL ESPEJISMO

Nuestra sombra nos angustia. No es de extrañar, está formada exclusivamente por todos los componentes de la realidad que hemos repudiado y rechazado, los que menos queremos asumir. Es la suma de todo lo que estamos firmemente convencidos que tendría que desterrarse del mundo, para que éste fuera santo y bueno. Pero lo que ocurre es todo lo contrario: la sombra contiene todo aquello que falta en el mundo, ”en nuestro mundo”, para que sea santo y bueno. La sombra nos hace enfermar, es decir, nos hace incompletos: para estar completos nos falta todo lo que hay en ella.

La Sombra como Maestra

La sombra produce la enfermedad, y encararse con ella, cura. Ésta es la clave para la comprensión de la enfermedad y la curación. Un síntoma siempre es una parte de sombra que se ha introducido en la materia. Por el síntoma se manifiesta aquello que falta al ser humano. Por el síntoma el ser humano experimenta aquello que no ha querido experimentar conscientemente. El síntoma, valiéndose del cuerpo, reintegra la plenitud al ser humano. Es el principio de complementariedad lo que, en última instancia, impide que el ser humano deje de estar sano. Si una persona se niega a asumir conscientemente un principio, este principio se introduce en el cuerpo y se manifiesta en forma de síntoma. Entonces el individuo no tiene más remedio que asumir el principio rechazado.

El síntoma indica lo que le «falta» al paciente, porque es el principio ausente que se hace material y visible en el cuerpo. No es de extrañar que nos gusten tan poco nuestros síntomas, ya que nos obligan a asumir aquellos principios que nosotros repudiamos. Y entonces proseguimos nuestra lucha contra los síntomas, sin aprovechar la oportunidad que se nos brinda de utilizarlos para completarnos. En el síntoma podemos aprender a reconocernos, podemos ver esas partes de nuestra alma que nunca descubriríamos en nosotros, porque están en la sombra.

Nuestro cuerpo es espejo de nuestra alma.

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La mayoría de la gente tiene dificultades para hablar de sus problemas más íntimos (suponiendo que los conozca siquiera) de forma franca y espontánea; los síntomas, por el contrario, los explican con todo detalle a la menor ocasión. Desde luego, es imposible descubrir con más detalle la propia personalidad. La enfermedad hace sincera a la gente y descubre implacablemente el fondo del alma que se mantenía escondido. Esta sinceridad (forzosa) es sin duda lo que provoca la simpatía que sentimos hacia el enfermo. La sinceridad lo hace simpático, porque en la enfermedad se es auténtico. La enfermedad deshace todos los sesgos y restituye al ser humano al centro de equilibrio. Entonces, bruscamente, se deshincha el ego, se abandonan las pretensiones de poder, se destruyen muchas ilusiones y se cuestionan formas de vida. La sinceridad posee su propia hermosura, que se refleja en el enfermo.

En resumen: el ser humano, como microcosmos, es réplica del universo y contiene latente en su conciencia la suma de todos los principios del ser.

La trayectoria del individuo a través de la polaridad, exige realizar con actos concretos estos principios que existen en él en estado latente, a fin de asumirlos gradualmente. Porque el discernimiento necesita de la polaridad y ésta, a su vez, constantemente impone en el ser humano la obligación de decidir. Cada decisión divide la polaridad en parte aceptada y polo rechazado. La parte aceptada se traduce en la conducta y es asumida conscientemente. El polo rechazado pasa a la sombra y reclama nuestra atención presentándosenos aparentemente procedente del exterior. Una forma frecuente y específica de esta ley general es la enfermedad, por la cual una parte de la sombra se proyecta en el físico y se manifiesta como síntoma. El síntoma nos obliga a asumir conscientemente el principio rechazado y con ello devuelve el equilibrio al ser humano. El síntoma es concreción somática de lo que nos falta en la conciencia. El síntoma, al hacer aflorar elementos reprimidos, hace sinceros a los seres humanos.

 Seguimos buscando.

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  • Lecturas que os recomiendo y que podéis adquirir a través de los enlaces que os dejo: “Psicogénesis de las enfermedades“, Carl Gustav Jung. “La enfermedad como camino“, Thorwald/Dahlke,Ruediger Dethlefsen. “Encuentro Con La Sombra“, Carl Gustav Jung y Otros.

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